a) En este libro de antropología se han expuesto una serie de conceptos e ideas que alguien pudiera tomar por religiosos: la inmortalidad de la persona humana, la pluralidad de personas divinas, el pecado original como motivo de la anomalía de la muerte, las postrimerías vinculadas con un Dios remunerador, etc. Pareciera, entonces, que en lugar de una antropología filosófica se ha propuesto una antropología religiosa, cristiana; o bien una antropología sólo para cristianos.
Siendo su autor lego y doctrino en teología religiosa, tiene sin embargo interés en mostrar su opinión contraria al respecto: este libro expone una antropología filosófica, que entiende bien distinta de la religión cristiana. A juicio del autor, en este libro se exponen sus opiniones e ideas, las cuales se sustentan por sí mismas, se sostienen razonablemente, y son discutibles por cualquier pensador, es decir, por lo que solemos llamar una razón pública; sólo algunas ideas del final del libro (sexta sección: F) dependen en alguna medida de lo que el autor cree y espera, como cristiano que se profesa.
Desde luego, se puede ser cristiano y pensar otras cosas sobre el ser humano que las aquí dichas; y a la inversa: lo que aquí se dice sobre el ser humano son ocurrencias y pensamientos que se defienden racionalmente, bien diferentes de la creencia religiosa del cristianismo.
La antropología filosófica es teológica, sí; pero no exactamente religiosa; salvo que se opine, claro está, que Dios mismo es un tema ya exclusivamente religioso. Pero eso no es cierto: Dios es un tema humano, antropológico, filosófico; lo religioso propiamente, quien requiere la fe, es Cristo (o, en su caso, Mahoma o Buda, etc.). Justamente, que Dios se encarnó en Jesucristo, o -a la inversa- que Cristo es Dios, éste es el contenido de la fe cristiana, ésa es la esencia del cristianismo (y no la que dijo Feuerbach: la sublimación de lo humano en Dios).
b) Concretamente, señalaré estas diferencias, que encuentro patentes, entre la antropología filosófica y el cristianismo:
- la primera se refiere al sujeto: la antropología filosófica tiene como sujeto a la persona humana, y ella estimo que puede buscar la réplica: el hijo de Dios (teología filosófica); en cambio, el cristianismo tiene como sujeto al hijo de Dios encarnado, a Jesucristo (religión); pues él es el quien busca al ser humano y sale a su encuentro asumiendo la humana naturaleza;
- la segunda se refiere al tiempo: porque la antropología de la persona entiende que el encuentro de la réplica se posterga hasta un futuro que advendrá una vez acabada la vida, de hecho post mortem; mientras que el cristianismo afirma que Cristo ya se ha hecho hombre, nació hace unos dos mil años, y está ya –hoy: aquí y ahora- presente entre nosotros;
- y la tercera y más nuclear diferencia alude a la encarnación divina: porque la antropología filosófica entiende al ser humano como el adverbio junto al verbo de Dios, al que busca y espera encontrar para así ingresar en la intimidad divina; mientras que el cristianismo afirma que es Cristo quien se ha hecho hombre, y -naciendo en Belén- ha entrado en el mundo y en la historia, y vivió y está junto con los demás seres humanos para redimirlos y elevarlos hacia él para hacerlos suyos.
Lógicamente, estas diferencias no sientan una incompatibilidad: la antropología de la persona es perfectamente compatible con el cristianismo. Porque son compatibles la búsqueda que lleva a cabo el ser humano y la salida del hijo de Dios a su encuentro. Y también, porque a la primera venida de Cristo seguirá otra definitiva; por lo que, incluso quienes creemos en él hoy, vivimos en esperanza y disfrutamos tan sólo de las primicias de una vida futura.
Respecto de la antropología filosófica, la fe en Jesucristo, plena manifestación del amor de Dios por los seres humanos que llega hasta su redención, comporta sobre todo la consolidación de la esperanza en el futuro encuentro de la réplica, en la aceptación futura de la vida vivida; por eso el evangelio define la fe como substantia sperandarum rerum 24.
c) Las relaciones entre filosofía y creencia religiosa permiten una doble consideración: objetiva y subjetiva.
Desde el punto de vista subjetivo, lo que alguien piensa o cree depende de él: de su talento, de su formación y de su fe religiosa. Algunos filósofos han defendido con razones teóricas la inmortalidad humana (como Schopenhauer y Platón, éste incluso antes de Cristo), mientras que para otros pensadores la inmortalidad humana ha sido objeto de creencia religiosa (como parece ser fue el caso del beato Duns Scotto, y más tarde de Kant; quien la afirmó como un postulado de la razón práctica, precisamente enlazado con la existencia de un Dios remunerador).
Eso se explica también porque desde el punto de vista objetivo hay muchas doctrinas en la revelación bíblica que el ser humano, además de creer como procedentes de Dios, puede también alcanzar con su sola inteligencia (como la existencia de Dios, la inmortalidad del alma, la ley natural, etc.). La teología religiosa habla al respecto de los preambula fidei, temas preliminares de la fe, para designar esas verdades que la razón humana encuentra, pero que además han sido reveladas por Dios; y que incluso quizás sólo alcancen su completo sentido en esa revelación.
d) En concreto, la trinidad divina es una verdad revelada; pero que la razón humana entrevé.
Distinguir personas en Dios es algo que, ciertamente, al ser humano sólo se le ha ocurrido después de la revelación divina. Pero eso no quiere decir que sea sólo objeto de creencia religiosa, sino que puede ser también -y de hecho lo ha sido- algo opinable, discutible, razonable; especialmente si se descubre a la persona como coexistente, lo que impide la idea de persona única y apela a la noción de réplica.
Agustín de Hipona pensaba que ya los neoplatónicos habían descubierto que Dios tiene una segunda persona 25: el verbo, el logos; porque, en otro caso, ninguna criatura sería intelectual. El logos divino es su verbo, la segunda persona de la trinidad; y a distinguirla llegó la razón humana ya en la antigüedad. La noción de réplica, que se avizora en la consideración de la coexistencia personal, ratifica esa conquista.
Más dificultades ha encontrado, en cambio, la inteligencia humana para distinguir la tercera persona de la trinidad, aunque hay filosofías en el pensamiento moderno (Boehme o Hegel, por ejemplo) que hablan de ella. Porque la persona humana, aunque se sabe carente de réplica y se entiende capaz de buscarla en el verbo divino, no es capaz de suscitar un don subsistente, personal; si ella misma carece de réplica, de una segunda persona, ¿cómo pensar en una tercera procedente de las otras dos?, ¿cómo pensar en un don que subsista en la intimidad, si el ser humano en su intimidad no tiene nadie a quien dar nada, ni tampoco nada que darle?.
e) Pero, además, ninguna de estas doctrinas mencionadas son nucleares en el cristianismo. Lo nuclear del cristianismo, al menos de la fe que profesa el autor, es creer a Jesucristo: aquél que es sujeto estricto de adhesión fiduciaria; una persona a la que creemos cuando dijo que es el hijo de Dios hecho hombre.
Más que creer a Dios que se ha revelado en la Biblia, cosa a la que tal vez se limiten los judíos, los cristianos creemos –al menos yo- a Jesucristo, en quien Dios se ha revelado íntegramente.
Por eso, el cristianismo es algo más que una religión: pues no se trata de cierta referencia del ser humano a Dios (religión, religación) sino de la referencia de éste hacia el ser humano: de su encarnación.
Después, cuando ya se le cree a Jesucristo, la razón humana continúa (fides quaerens intellectum), y la teología religiosa se atreve a explicar cómo es posible un ser con dos naturalezas, cuando justamente su naturaleza parece más bien distinguir a los seres entre sí; o cómo Dios puede asumir –no crear: en Dios no hay nada creado- una naturaleza distinta de la suya, como la humana. Y por qué la asumió como lo hizo: naciendo de una virgen judía bajo la dominación romana; etc. Se mire por donde se mire, la encarnación de Dios es algo increíble, que excede la lógica humana; no ilógica, pero sí completamente alógica, extralógica.
Tanto… que exigir unos criterios de credibilidad a Jesucristo sería tratarle como a otro cualquiera, tratar a la fe religiosa como a la fe humana; es decir, como a la confianza que prestamos a los demás cuando nos dicen algo. Los seres humanos pueden alardear en lo que cuentan, y engañarnos; en tales ocasiones no es razonable creerles. La fe humana está basada en la credibilidad de lo dicho, y en la autoridad de quien lo dice; ellos determinan la validez del testimonio.
En cambio, creer a Jesucristo es algo a lo que él mismo mueve, y que sólo se debe a él; como que la creencia en la encarnación divina desborda el alcance de la lógica y de la voluntad humanas: pues de suyo es increíble. Y por eso la fe en Jesucristo procede de un don gratuito de Dios: es una gracia que el ser humano sólo puede recibir del creador, y acaso -en su defectopedir.
Notas
- 24 Hebreos 11, 1.
- 25 Cfr. Confesiones VII, c. 9, 13 vers. 25.