I. El ser humano como persona corpórea
Afirmar que el ser humano es persona resultaría incompleto sin precisar acto seguido que es la persona que habita el universo, es decir, una persona corpórea: alguien, una persona ciertamente, pero que vive en el mundo y está en la historia.
Esa afirmación exige, entonces, una doble consideración:
- entender que el ser humano, por su interioridad, es persona, sabe de sí;
- y luego comprender su dinámica, su actividad; porque el ser humano es un viviente que habita el universo, una persona corpórea, es decir: que nace en determinado lugar y tiempo, crece hasta donde llega su vida, y -en algún momento dado- la pierde y muere.
Por tanto, examinaremos, ante todo, en la parte I de este libro dos cosas: primero la existencia personal en su intimidad (sección A); y luego la actividad de la persona humana que en el dinamismo vital se pone por obra: pues la persona sale de su intimidad, y su acción para poder habitar el cosmos se distiende en el tiempo de la vida mediante su organismo corpóreo y su conducta (sección B).
Para más adelante (para la parte II del libro) dejaremos el examen de la naturaleza, la esencia y la cultura humanas (secciones C, D y E), que son como las tres etapas de ese mencionado dinamismo vital. Con ellas, el ser humano despliega su actividad en el mundo y en la historia; y así, la persona humana habita el cosmos: cuando se expresa y se manifiesta, o sea, cuando sale de su intimidad.
Del más allá de la muerte, es decir, del destino eterno de la persona humana, hablaremos al final, en la sección F que constituye la parte III del libro.
El habitante del universo
La persona humana, aunque con un destino trascendente, es -con todo rigor- el habitante del universo.
No sólo por ser persona corpórea, que requiere un organismo viviente en un hábitat adecuado; sino también porque para ejercer sus acciones requiere medios, instrumentos artificiales que ella misma fabrica: ellos forman la cultura, ya lo veremos. La naturaleza humana, por tanto, está en sí misma abierta a la cultura, y por consiguiente a la historia. Por eso el ser humano no sólo nace en un lugar del cosmos, sino también en un momento de la historia.
El cuerpo humano y su acción productiva, lo hemos de ver, muestran al ser humano como la persona que habita el cosmos.
Pero, sobre todo, eso mismo lo muestra -aún con mayor claridad- la generosidad de la persona, de la que también hablaremos (nº 9.2): puesto que -por esa generosidad- la persona humana se olvida de sí misma, de su intimidad que busca plenitud, a saber: el encuentro de una adecuada correspondencia; y se presta a habitar el universo: una realidad distinta y exterior a ella, en la que no encuentra respuesta suficiente a su iniciativa personal.
Por ello, los primeros principios de la realidad no sólo son metalógicos, como actos reales independientes del ser humano, y superiores a los actos de su inteligencia; sino que son también axiomas lógicos de ella: pues simbolizan el primado de la realidad para el ser humano, que más bien es un ser segundo; de modo que le ciñen y ajustan al cosmos y a su creador, realidades exteriores a la persona humana.
La negación de los primeros principios -algo que, por lo demás y en último término, es imposible- indicaría que el ser humano se cree una persona absoluta, separada, independiente y autónoma; pero no: el ser humano es la persona que habita el universo 5: pues de suyo se abre hacia fuera de sí misma, y así vive en el mundo y está situada en la historia.
A. El ser de la persona humana: la intimidad abierta al futuro
La persona humana es un ser peculiar: sabe de sí mismo; pero no se conoce completa, acabada y perfectamente. Es decir, dispone de cierta intimidad, pero de una intimidad no consumada, abierta al futuro; y que cuenta con una dinámica propia suya, mediante la cual aspira a alcanzar a conocerse adecuadamente después; aspira a alcanzarse en un futuro, y aún luego seguir.
Por tanto, aquí hemos de tratar de la existencia personal primero (nº 1), y después de su aspiración a una culminación futura (nº 2).
Por conocer su propia existencia, la persona humana no es un mero existente, sino un co-existente; es decir, un existente acompañado por un prefijo “co-”: que designa, ante todo, ese saber de sí mismo que le acompaña al existir, y que constituye su intimidad.
1.1. La intimidad del coexistente
Para entender al ser humano como persona no es suficiente, por tanto, con cambiar de “algo” a “alguien”, como nos han enseñado los personalistas; ni tampoco con sustituir el ser, la existencia en general o en abstracto, por el existente concreto, como nos sugiere Levinas en De la existencia al existente; sino que hay que pasar del existir propio de las cosas, al coexistir que caracteriza a las personas.
Por saber de sí misma, la persona humana coexiste: es un coexistente; ya que, con su saber de sí, acompaña su propia existencia; es decir, existe acompañándose a sí misma con dicho saber.
Una compañía, por lo demás, muy precaria; porque ese saber de sí que tiene el ser humano no es ninguna otra persona que le acompañe. Es decir, no es la sabiduría del creador; que sí es una sabiduría personal: una persona, el hijo de Dios, que acompaña eternamente a su padre. El saber de sí que hace de la persona humana un coexistente solamente abre el ámbito de su intimidad: en su virtud el coexistente personal dispone de intimidad, es decir, de apertura interior.
Que su saber de sí sea precario y se reduzca a la apertura interior de su intimidad indica que la persona humana es creada: no se conoce a sí misma perfecta, completa y exhaustivamente; en otro caso, generaría una sabiduría personal, engendraría un hijo, y serían dos personas. En cambio, el ser humano en su intimidad está solo. A su existencia le acompaña un saber de sí, ciertamente; pero no otro existente como él: el ser humano no son dos personas, sino una sola; una patológica simulación de lo contrario podría ser la esquizofrenia.
La persona humana, por creada, sabe de sí misma de un modo precario, muy débil; tiene una intimidad menesterosa de correspondencia ajena. Como al saber de sí no engendra otra persona, carece de réplica en su interior: de otro semejante a sí, que sea una réplica de sí mismo.
Su existencia no es tan intensamente activa como para engendrar en su intimidad una réplica real de sí, generando en sí misma dos personas para existir acompañado, para coexistir plenamente con otro. Pero sí lo es como para dotarse de un saber de sí que le acompañe al existir y haga de ella un coexistente: un coexistir, una coexistencia. La persona humana tiene entonces una intimidad solitaria.
Dios, en cambio, el ser increado, es su propia vida íntima: tiene una intimidad plena. Es una persona en cuyo interior engendra (por ser intelectual, por conocerse a sí misma) otra persona: es padre de un hijo; junto con quien además espira un espíritu (de amor, de unión, de mutua donación y aceptación), que es también persona.
Por lo demás, la procesión de las personas divinas no se reitera, ya que ellas son relativas unas a otras: relaciones subsistentes. Por tanto, la paternidad se muestra en la filiación, como ésta en aquélla; y la mutua donación paterno-filial se muestra en el don espiritual, como éste lo hace en aquélla.
Por supuesto, la trinidad divina es una verdad revelada en la Biblia, que quizá desborda las meras ocurrencias de la razón humana, como siendo asunto de la fe religiosa. Por otro lado, Dios es un ser que nos trasciende completamente; por eso la tradición judía le denomina Ieouá, o Iaoué: términos que reúnen todas las vocales; que son las letras que en el alefato hebreo no se escriben, sino que se señalan con puntos en torno a las consonantes. Así se significa que es innombrable, inefable.
Pero, con todo, la trascendencia divina es compatible con la lógica, y la inteligencia humana entiende el ser divino del modo dicho: según la identidad de su existencia y su esencia: como un existente que se replica interiormente, es decir, con una intimidad plena; la razón humana llega a sospechar por sí misma 6 que, si Dios es un ser personal, será pluripersonal: por tener una intimidad completa, en la que no falte su réplica.
Por el contrario, la persona humana carece de réplica: en su interior está sola.
Según Hegel, toda conciencia exige dúplica (es la tesis que está en la base de su famosa dialéctica del amo y el esclavo, que los hace mutuamente relativos: pues -según ella- el amo es amo por el esclavo, y éste es esclavo por el amo); pero Hegel entiende esa dúplica que reclama la conciencia de una forma dialéctica, es decir, negativamente: en términos de oposición. Al margen de eso, si -efectivamente- toda conciencia exige dúplica, entonces el saber de sí del ser humano es deficitario: porque no es su réplica, otro semejante a él.
En la expresión “otro semejante”, “otro” menciona la intención de la voluntad y “semejante” la de la inteligencia. Una persona es un ser con inteligencia y voluntad, que busca la correspondencia, la reciprocidad, la mutualidad, en ambas dinámicas de su ser: el entender y el amar; es lo propio de un ser personal y lo que pide la noción misma de coexistencia.
La noción de réplica, en último término, designa la identidad originaria del ser, cuando se tiene en cuenta la noción de coexistencia, en su distinción respecto de la sola existencia; es decir, cuando se atiende al añadido que la coexistencia aporta a la mera existencia: sobre todo, el entendimiento y el amor. En virtud de ese añadido, la coexistencia pide correspondencia, reciprocidad, dualidad, réplica.
Y en cambio el ser humano, en su intimidad, carece de réplica; por eso decimos que su intimidad es precaria: algo indigente, y más bien infecunda.
Por eso mismo, la intimidad de la persona humana es propiamente silenciosa: de suyo está oculta, no se manifiesta ni se hace notar; está recogida sobre sí, sola y encerrada en sus adentros. Con todo, su silencio es un clamor: una llamada de atención, una solicitud de acogida, una demanda de réplica.
Como la intimidad personal es silenciosa y está oculta, entonces nos está vedada en esta vida: sólo la conocemos a través de sus manifestaciones. Por ejemplo, Cervantes puso, entre las locuras de don Quijote, la afirmación: yo se quién soy 7; pero el ser humano no: eso no lo sabe cabalmente.
Por lo mismo, no podemos juzgar categóricamente a los demás, ni tampoco a nosotros mismos: sólo al creador pertenece la intimidad personal, sólo él conoce el fondo íntimo de cada persona humana. Las personas que tienen que juzgar (jueces, padres, profesores...) lo han de hacer con cierta distancia, o relatividad: conscientes de la limitación de su juicio; porque el único juicio absoluto sobre las personas es el juicio divino. Sin éste, la persona creada quedaría velada, ignorante de su auténtica verdad y de su valor; y además se quedaría sola, sin la requerida comprensión y aceptación.
1.2. La posesión de futuro y la libertad
a) Decimos que la existencia de las criaturas, puesto que comienzan a ser, consiste en ejercer una actividad distinta de su esencia, y dirigida a permanecer en el tiempo, orientada hacia después. Existir no es ser ya, estar aquí, ahora; sino que la existencia incluye una tensión hacia el futuro, más o menos intensa según los distintos seres existentes.
Y como no es lo mismo simplemente existir, lo que hacen las cosas, que coexistir, cual es propio de las personas, la actividad de existir de aquéllas será también distinta de la actividad de coexistir de éstas.
Las distinguiremos así:
- existir, persistir, seguir de antes a después, sobreponerse al tiempo (vale decir: durar), es lo propio de la existencia del universo, la que atribuimos a las cosas; es una actividad que nunca alcanza el después, y por eso continúa siempre;
- en cambio, el ser humano, por coexistente, sí posee el futuro y es inseparable de él; lo conoce y lo espera, cuenta con él y se proyecta libremente hacia él. Porque, al final, la persona humana aspira a alcanzarse plenamente, como coexistente que es, en el futuro; y a seguir su coexistencia desde ahí.
Alcanzarse en el futuro es mucho más que persistir, es un mayor dominio, una mayor superioridad sobre el tiempo, que la de simplemente mantenerse y seguir siendo.
La persona humana como coexistente está, por tanto, intrínsecamente abierta al futuro; pues aspira a alcanzarse en él, y luego seguir.
b) En este punto hay que precisar que el futuro que el ser humano posee no es desfuturizable.
Lo cual se entiende en un doble sentido:
- El futuro de la persona humana no es desfuturizable, porque la culminación o fracaso de la coexistencia personal no depende solo del ser humano: ya que propiamente no está en sus manos, sino que le excede.
- Y, solidariamente con ello, la posesión del futuro por parte de la persona humana es una posesión que no lo desfuturiza, o que no es desfuturizante de él. En este sentido, incluso alcanzada la culminación o fracaso de la coexistencia personal, la persona humana seguirá siempre abierta al futuro; porque coexistir es una actividad existencial inagotable.
Por tratarse de un futuro no desfuturizable, el ser humano no es capaz de apropiarse de él y detenerlo: el futuro se le escapa; si lo atrapara, el futuro se desfuturaría: se haría presente y ya no sería futuro. En cierto modo, el moderno ideal progresista, del progreso continuo, responde a un intento de anticipar el futuro, de hacerlo presente ya, mediante la acción práctica y sus logros.
Por otro lado, el hecho de que el ser humano no consiga nunca hacerse con el futuro por completo, no autoriza el desánimo; porque el futuro de la persona no es sólo temporal, sino además existencial; de ahí el que no sea desfuturizable y siga siempre, incluso después de que la persona se alcance plenamente como coexistente.
Un futuro que no deja nunca de serlo es aquél que no cabe en el presente; y por eso el ser humano sólo puede ahora dirigirse hacia él, orientarse hacia el futuro y conservarlo: mantenerlo siempre como tal futuro; ante todo para poder alcanzarse en él como coexistente, o para alcanzar en él la plenitud de su coexistencia, y luego para seguir.
De acuerdo con lo dicho, la coexistencia humana no acaba nunca, no termina, es perpetua. Por tener futuro siempre, la coexistencia personal es inagotable, inacabable e interminable: siempre goza de recursos, siempre le queda otra, nunca se satura y queda exhausta.
c) Y ese futuro permanente es el ámbito de la libertad: ya que el futuro activa la coexistencia personal, que entonces busca alcanzarse en él, alcanzar su plenitud en él, y luego seguir.
En orden al futuro, la coexistencia personal se ejerce libremente, es una coexistencia libre: pues cada uno se orienta hacia el futuro a su manera. Y por eso la coexistencia personal es singular y propia de cada quien. La actividad del coexistente en orden al futuro es rigurosamente la libertad personal, íntima; de entre todas las libertades, ésta es la más propia de la persona humana.
Al futuro libre corresponde la novedad; sin ella, sólo acontece el mero porvenir, hasta cierto punto previsible por derivar de procesos más o menos determinados, o encauzados previamente; en cambio, la novedad es el valor propio de la persona como coexistente libre. Por eso, cada coexistente personal es inédito, novedoso e innovador: original e irrepetible.
Por no ser desfuturizante la posesión humana del futuro, la coexistencia personal es libre, exclusiva, novedosa e innovadora: emprendedora y aportante.
d) Y también por eso mismo se dice que la persona humana es siempre más: justamente, un ser además. Polo dice que a la existencia humana conviene el carácter de además, cuya virtualidad propia es precisamente el sobrar, el desbordarse. Ese carácter es el añadido propio del ser personal: que siempre aporta, agrega, da; como que el ser personal es efusivo e inagotable.
A la existencia personal conviene el carácter de además, es decir: el ser humano es un ser además. Ante todo, porque su efusividad es inagotable: siempre más. Y también le conviene ese carácter porque es un ser segundo, al que corresponde agregarse, añadirse, ser además… que otro ser previo (la persona es además, ante todo, de su humana naturaleza). Y finalmente, ese carácter adverbial de además le conviene también porque el ser personal (como diremos más adelante, en el nº 2.3) se asimila al hijo de Dios: como adverbio junto al verbo divino, según expresión que Polo usa y atribuye al maestro Eckhart: la persona humana es además de él.
Por ser además e inagotable, la coexistencia personal es donal: sobrante, sobreabundante y exuberante.
Y por eso mismo, hay que tener confianza en las personas: porque siempre son capaces de dar de sí, de responder, de contribuir añadiendo algo propio, de colaborar, y acaso de rectificar.
1.3. Individualidad y relación
Es usual entender a la persona humana como un ser absoluto y a la vez relacional; es decir, como un ser libre, cuya libertad comporta autoposesión, y al tiempo también dominio de su conducta en su relación con los demás.
a) Por eso, solemos decir que cada persona humana es única. Pero la unicidad no es un valor del todo positivo para la persona: porque la persona humana es coexistente, y finalmente apela a una dualidad con otro con quien coexistir (para eso está abierta al futuro); mientras que “único” pudiera en cambio significar un ser solitario, que se separa del resto como para aislarse y quedarse solo consigo mismo. Por eso, dice Ratzinger: el Dios de la fe está determinado por la categoría de la relación (…) Lo simplemente único, lo que no tiene ni puede tener relaciones, no puede ser persona. No existe la persona en la absoluta singularidad 8.
La persona humana, mejor que única, es distinta de todas las demás, irrepetible e insustituible, original. Cada una es nueva, porque despliega la actividad de coexistir a su manera: de un modo peculiar, singular, el propio de cada quien; como que brota de una intimidad exclusivamente propia.
La unicidad, en cambio, es una propiedad debida estrictamente a nuestra consideración mental: que siempre atiende a algo fijo, único, y sólo a ello; y por eso es una noción algo inconveniente para considerar a la persona. Porque si, al mismo tiempo que una realidad singular, de carácter absoluto, la persona tiene algo de relacional, de comunicativo, entonces al aislarla, al considerarla individualmente, como algo único, necesariamente perdemos de vista lo relacional y conectivo.
Por ejemplo, la criatura es relativa al creador: sin él, no es inteligible; pues toda criatura se refiere al creador, y depende de él. Por tanto, si consideramos únicamente a la criatura, al margen del creador, separándola de él, entonces no la consideramos como criatura. Igualmente, la paternidad es relativa a la filiación; luego si consideramos al padre aisladamente, como individuo, al margen de los hijos, únicamente al padre, entonces no le consideramos propiamente como padre. En ambos casos, la consideración de esos seres, que son relacionales, en su individualidad, como algo único, será quizá su consideración como entes, separados de los demás, supuestamente suficientes como para existir ellos mismos, aisladamente; pero no logrará su consideración como coexistentes, en su ser íntegro, relacional para con otros seres.
Para entender a la persona esta observación es muy relevante. Porque, según Polo, no cabe persona única; luego al considerar a cada ser humano como algo único, no lo consideramos como persona. Ante todo, porque la persona humana es creada; y además, porque la persona humana siempre es hija de sus padres (excepto nuestros primeros padres; a los que por eso se les llama primeros: porque fueron creados directamente por Dios, sin padres humanos). Luego la consideración del ser humano estrictamente individual, en su unicidad, estorba para comprenderlo como persona: ya que como tal es criatura, dependiente del creador, y siempre es hija de sus padres; e inseparable realmente de esa dependencia y de esa filiación.
Cuando decimos que cada persona es única, irrepetible, singular, lo que queremos decir es que es distinta de toda otra persona. Pero formular eso sustituyendo la unicidad por la distinción es expresar la exclusividad de su intimidad no por particularización y aislamiento de todo lo demás, sino de una manera relacional: por referencia a los demás; cada persona es distinta de toda otra, y es objeto de una especial predilección divina.
b) Para superar el aislamiento del individuo, por ser algo único y absoluto, solemos hablar de la relación, acudiendo a los siguientes tópicos:
- ante todo, distinguiendo las relaciones reales (que mediante procesos o dinamismos vinculan o conectan a los seres) de las relaciones de razón: las que la mente humana puede establecer, con mayor o menor fundamento (en la discusión de las propiedades trascendentales del ser, de las que aquí hablaremos, esta cuestión es muy relevante: si todas ellas equivalen a la existencia, pero se distinguen por alguna razón de ella)
Y luego distinguiendo estos tres tipos de relaciones:
- la relación real entre los seres se denomina relación predicamental, añadida a la sustancia de un ente. Como categoría es un accidente de las sustancias, al que corresponden dos extremos: ser algo en ellas (essein: el fundamento de la relación) y remitirlas o referirlas a otra sustancia (esse-ad: la relación propiamente dicha).
Como lo esencial de la relación está en esta referencia o remisión, se dice que a la relación predicamental le corresponde una escasa entidad 9 … en comparación, claro está, con la que corresponde al ente completo: la sustancia y los accidentes que inhieren en ella.
Con todo, el elenco de los predicamentos, en atención a las causas, puede reducirse a tres: cantidad, cualidad y relación (afincados en la causalidad material, formal y eficiente); en ésta última se expresa, como decimos, la causalidad eficiente característica de las naturalezas vivas, que son las que con toda propiedad establecen mediante ella relaciones reales con otros seres.
Por lo demás, se suele señalar –curiosamente- que la relación carece de contrario: porque no sostener una concreta relación no es estrictamente una privación, ya que no es necesario ni obligado mantener todas las relaciones posibles.
- la relación entre los principios, coprincipios, de los seres da pie a hablar de relación trascendental, por ser interna a todos los entes: como la que se establece entre la esencia y la existencia, el acto y la potencia, la materia y la forma, el alma y el cuerpo, la acción y la pasión, la operación y su objeto, y demás coprincipios de los seres.
- y la relación que constituye un ser es la relación subsistente, con la que se explica la trinidad de personas en la unidad del ser divino Con todo, estimamos que con estos tópicos se enmarcan bien las distintas consideraciones que la relación permite, pero no se entra nuclearmente en lo que la relación es.
c) Lo esencial de la relación es la dualidad, y por eso al compararla con la unidad del ente se la considera como dotada de escasa entidad.
1) Pero la dualidad a que alude la relación no es la dualidad de los relatos: la sustancia en la que inhiere la relación predicamental, y la sustancia hacia la que remite esa relación. Sino que es la dualidad intrínseca a la relación misma.
Es decir: no se trata de la dualidad padre e hijo, considerados como dos seres distintos, sino de la dualidad de paternidad y filiación; que en sí mismas se requieren y así forman una dualidad: toda relación es dual.
Como no hay paternidad sin filiación, tampoco hay doble sin mitad, ni alto sin bajo, ni mayor sin menor; los términos relativos son mutuamente referidos, reversibles, recíprocos. De ese modo es intrínseca a la relación la dualidad (mejor que la contrariedad, porque padre e hijo –por ejemplo- no son contrarios, ni hay por qué entenderlos dialécticamente).
2) Por otro lado, la relación puede ser real o de razón; pero además puede ser también realizable: y pasar de la razón a la realidad, o de su realidad a otra forma o tipo de relación derivada, o bien intensificarse hasta su plenitud.
Porque, por ejemplo, la paternidad biológica se continúa con la paternidad familiar mediante la alimentación y la educación, y puede conducir a la amistad… o al parricidio; es una relación real, a la que se añaden otras, o que se desarrolla y conduce hasta su plenitud o degeneración.
Uniendo estas dos últimas consideraciones, podríamos decir que la culminación de la relación es la reciprocidad; la que se da entre los amantes, por ejemplo, o la del mutuo conocimiento, y la de todas aquellas dimensiones en las que se despliega la coexistencia, que es la actividad personal de existir.
Este enfoque desborda la noción de relación predicamental, porque en ésta prima la unidad del ente, y aquí hablamos más bien de la dualidad de la coexistencia interpersonal. A ella conduce, en último término, la consideración de la relación.
1.4. La dignidad humana
A la persona humana, por todo lo dicho hasta ahora, corresponde una altísima dignidad. La dignidad de algo es la excelencia de sus cualidades, que le dotan de esplendor y le hacen merecedor de honores. Pues la persona, según la tradición, es la más digna de todas las realidades.
La persona humana es digna porque la actividad de ser persona constituye una intimidad exclusivamente propia: de la que brotan un sinfín de aportaciones todas ellas novedosas, originales; y que está abierta a un futuro interminable, y a un destino eterno. En suma, porque su coexistencia es inagotable e inacabable.
Éste es el fundamento de la dignidad humana, que queremos asegurar con las declaraciones que las instituciones políticas formulan de los derechos humanos. Aunque hay discrepancias al determinar cuáles son esos derechos, y cierta renuncia a establecer su fundamentación, la ONU proclamó el 9.XII.1948 los treinta artículos de la declaración universal de los derechos humanos, la cual comprendía unos derechos básicos, que aquí podemos resumir -más o menos- del modo siguiente: 1- Toda persona tiene sus derechos y libertades, sin discriminación alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición. 2- Nadie estará sujeto a esclavitud ni a servidumbre. 3- Ni será sometido a torturas, ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes. 4- Si es acusada de delito, la persona tiene derecho a que se presuma su inocencia mientras no se pruebe su culpabilidad. 5- Todos tenemos derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a nuestro país. 6- Toda persona tiene derecho a la propiedad, individual y colectivamente. 7- Tiene derecho también a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión.
Este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia; así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado: por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia. 8- Todo ser humano tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión.
Este derecho incluye el de no ser molestado a causa de las propias opiniones; el de investigar y recibir informaciones y opiniones; y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión. 9- Todos tenemos derecho a un nivel de vida adecuado que nos asegure, así como a nuestras familias, la salud, el bienestar, y en especial: la alimentación, el vestido, la vivienda y la asistencia médica. 10- Toda persona tiene derecho a la educación.
La educación debe ser gratuita, al menos en lo concerniente a la instrucción elemental y fundamental. 11- Tiene derecho también a que se establezca un orden social e internacional en el que los derechos y libertades proclamados en esta declaración se hagan plenamente efectivos.
Celebramos la declaración universal de los derechos humanos, aunque no siempre se cumpla por entero: es expresión de la alta dignidad de la persona humana.
Pero, con todo, la dignidad humana -por alta que sea- es prestada, porque el ser humano es una persona creada. La persona es ciertamente la más digna de todas las realidades, pero la persona creada debe su dignidad al creador; y por eso, si eventualmente prescinde de él, puede terminar por perderla.
Sin embargo, por malas o reprobables que resulten las acciones de alguien, toda persona merece mientras vive el respeto que su dignidad comporta. Ante todo, tiene el derecho a vivir y a obrar libremente, siempre que no perjudique a los demás; es decir, tiene derecho al libre desarrollo de su personalidad, o sea, el derecho a ser y obrar a su manera, como ella es; a contar con el respeto de los demás hacia su intimidad -hacia su ser, su conocer y su amar-, y a ser depositaria de su confianza.
Como dijo Kant: la persona es un fin en sí misma y no un medio subordinado a otros fines. Aristóteles decía algo parecido al señalar que, al ejercer su libertad, el ser humano es causa para sí mismo (no causa sui, sino causa sibi): él, ante todo, es el fin de su conducta.
Por esa razón, no podemos usar de las personas como medios para el propio beneficio, ninguneando su ser personal. Lógicamente, podemos usar como medios las acciones de las personas: por ejemplo, usar un taxi, servirse de un taxista, para que nos conduzca a donde queremos ir; y eso sí: pagándole lo debido. Pero el taxista, además de conductor de un vehículo, es persona: posee una intimidad propia, con una efusividad inagotable; y como persona es un fin en sí mismo: tiene una completa dignidad, merece todo nuestro respeto, y no podemos usar de él en función de nuestros intereses.
Notas
- 5 Cabe pensar que todas las personas creadas tienen una misión: la humana habita el universo, hay ángeles que custodian a los hombres, agentes de la providencia con alguna función especial y otros que se ocupan de la alabanza del creador. Sobre los ángeles ha escrito recientemente GALLEGO, J. A.: Qué es un ángel (según el judaísmo targúmico). Editorial Y, Madrid 2018.
- 6 Como parece que apuntó Ricardo de san Víctor en su De trinitate.
- 7 Cfr. El ingenioso hidalgo en Quijote de la Mancha (primera parte), capítulo V.
- 8 Introducción al cristianismo. Sígueme, Salamanca 1970; 119 (149).
- 9 La relación es el accidente en que hay menos ser. MILLÁN PUELLES, A.: Léxico filosófico. Rialp, Madrid 1984; p.509.