La intimidad de la persona creada, decimos, no es otra persona; por eso, la persona humana está sola: en su interior carece de réplica, de otro como él.
Pero, afortunadamente, está abierta al futuro; sin él, la persona humana quedaría definitivamente sola, aislada; y eso quiere decir frustrada en su intimidad como coexistente.
Porque, como el ser humano en definitiva es un coexistente, finalmente requiere alguien con quien coexistir: la persona apela a un “con” con quien coexistir; sólo así se alcanza, o se alcanzará en el futuro, como ella es: como un coexistente.
De la misma noción de persona como coexistente se infiere, por tanto, que no cabe persona única: la intimidad personal apela siempre a otro semejante a ella, a otra persona.
Casi cabría decir que como las gafas o los pantalones cuentan con dos piezas, así la persona –por coexistente- es un término y una realidad que no se conjuga con un solo miembro, sino con dos; tan absurda es una tijera con una sola hoja, como un coexistente solo y aislado.
La coexistencia personal demanda, por tanto, una culminación con otro, a la que se ordena su apertura al futuro; es decir, una culminación con otro, a la que se orienta con su libertad personal. La persona humana, libremente, busca alcanzarse como coexistente en el futuro, busca culminar su coexistencia con otro en el futuro.
Eso quiere decir que la apertura interior de la persona, su intimidad, se ensancha, se prolonga, se amplía: porque se continúa con una mayor apertura hacia dentro, una mayor hondura, hasta encontrar al otro con quien coexistir; es decir, una profundización mediante la cual la persona humana busca libremente ese alguien con quien coexistir, a saber: la réplica de que ella carece en su intimidad.
Decimos hacia dentro, porque la réplica que la persona humana busca es interior, por ser real como ella misma; no una mera dúplica externa, que pudiera reducirse a la figura suya que refleja un espejo (eso parece ser Narciso mirando su imagen en el río). De manera que la persona humana busca la réplica en su intimidad: mediante su intelecto y amar personales, interiores, que son exclusivos y propios de cada quien.
Kierkegaard recordaba que el ser humano, como individuo singular (den enkelte), se encuentra solo ante Dios omnipotente. La noción de coexistencia que usamos parece superior, y recaba mejor la índole íntima, interior, de la réplica que busca el ser humano: no una exterioridad frente a la que estar situado, por grandiosa u omnipotente que se la proponga; sino una intimidad dentro de la que existir, o en la que incluirse -como suele decir Poloatópicamente: sin ocupar un lugar en ella.
Así que la culminación del ser personal se describe con un doble sentido de la compañía, con un doble “co-”:
1) “co”-existir, es decir, existir acompañándose;
2) y luego coexistir “con”: junto con otro como él; o sea: acompañando a otro semejante a sí, a otra persona; y siendo acompañado por ella.
Pero ambos sentidos del coexistir no son equívocos, ni están separados: se conectan sin dificultad. Porque son fácilmente reducibles a la dualidad radical del coexistir creado, que lo es con su creador; o la dualidad del saber de sí de la persona creada, que busca la sabiduría personal del creador; es decir, la dualidad de la intimidad solitaria del ser humano con la réplica increada del verbo divino. Por eso, aunque la persona humana carezca de réplica, está abierta a encontrarla, a culminar su coexistencia junto con ella; la plenitud de la coexistencia personal es así, en último término, interpersonal.
La persona humana, ¿tiene entonces que buscar su réplica? Más bien es razonable que lo haga, y es más que lógico hacerlo; porque eso es lo que demanda la propia libertad: su acogida por otro, la correspondencia ajena, la réplica. Pero, ¿es necesario, entonces, que la busque? No: el concepto de necesidad rige en física, en la naturaleza, y en cierto modo en la lógica, pero no en antropología ni para tratar de los seres libres. La persona humana puede libremente buscar la réplica de que carece; pero también puede encerrarse en su aparente autarquía, y entonces quedarse sola (en su soledad, la persona no sólo prescinde de otro, sino incluso de su propia plenitud, como coexistente que es). Y también puede, además, buscar la réplica: pero luego acaso no encontrarla.
2.1. La búsqueda de réplica
El ser humano se busca, busca entenderse y comprenderse; sólo que como es un coexistente, esa búsqueda es la búsqueda de réplica, de otro semejante a él con quien coexistir: de otra persona que le corresponda, le conozca, le reconozca y acepte.
El ser humano puede, libremente, buscar la réplica de la que en su intimidad carece: esa búsqueda -por libre- se orienta al futuro, y corresponde ante todo al intelecto personal de cada quien. Ya que la persona humana es un ser intelectual: que no sólo sabe que existe, sino también que su coexistencia no es completa, pues carece de réplica. Pero, precisamente como es un ser intelectual y libre, el ser humano puede buscar, y espera encontrar, la réplica de que carece.
a) La persona, por coexistente, es entonces incompatible con el monismo que afirma la existencia de una única realidad total; es decir, con su escueta inserción en la unidad entera del ser: en virtud de la cual hablaríamos del todo, del universo en su conjunto; el cual remitiría a su vez a un solo primer principio, a un único Dios.
Es la naturaleza física la que anuncia que hay un solo universo, y un único Dios; pero la persona humana se sale del cosmos en busca de la réplica, es decir, de incluirse en la intimidad divina; la de ese Dios que la ha creado a ella: un Dios personal que le entienda y acepte, y con el que coexistir. Porque un Dios personal no puede carecer de réplica, sino que estará dotado de intimidad plena, y será -por tanto- un Dios pluripersonal.
En lugar de unidad, entonces, ahora procede hablar más bien de pluralidad. La persona, como coexistente, en lugar de monismo pide pluralismo: al menos dualidad… con la réplica, es decir, con otro semejante a ella con quien coexistir, con otra persona.
b) De manera que la persona humana es dual, ante todo, con su creador, en quien busca la réplica que ella no tiene. Dual con el propio creador porque, ciertamente, ella no se ha dado la existencia a sí misma, sino que ha sido creada por Dios, contando con sus propios padres. Y además, y por lo mismo, es dual también con éstos.
Así que la coexistencia radical de la persona humana es, ante todo, con su creador, en quien busca la réplica de que en su intimidad carece. A la persona nada ni nadie pueden impedirle esta búsqueda. La libertad de las conciencias es un derecho fundamental de la persona, de los más básicos: el respeto a su intimidad, a la búsqueda interior del sentido de su existencia, a los propios principios, valores y creencias.
c) La religiosidad es la cualidad humana, la virtud, por la que el ser humano se remite al ser absoluto: al fundamento de la realidad, como dice Zubiri, o a la totalidad de lo real. Nosotros decimos a la réplica, a la intimidad del ser divino; porque el ser humano es un ser personal, un coexistente.
La ausencia de esta virtud, de la religiosidad, es el paganismo.
Las religiones, aunque quizá procedan todas de una revelación primitiva común, no fueron siempre personalistas, sino que comenzaron siendo naturalistas y politeístas; y aún quedan algunas de esa clase en el centro de África y en la Amazonia. Esos dioses se correspondían con poderes superiores a los humanos, a los que las personas acudían implorando bonanza.
Luego hay que mencionar las religiones orientales, que tampoco reconocen a la persona: el brahamanismo, hinduismo y budismo de la India; el confucionismo y taoísmo de China; y el sintoísmo del Japón. El panteísmo, la unidad del ser, se impone sobre la pluralidad y diversidad de las personas, que no encuentran su réplica en ella.
Finalmente están las grandes religiones monoteístas, que hablan de un Dios personal: el judaísmo, el cristianismo y el mahometanismo o islamismo; son las llamadas religiones del libro, pues afirman que en un libro (la Biblia o el Corán) se contienen sus doctrinas.
El cristianismo se dividió en dos grandes Iglesias (el año 1054): la romana y la ortodoxa, del este de Europa. Y luego los protestantes se separaron de los católicos, con la reforma de Lutero y Calvino (en el s. XVI); el protestantismo se extendió por el centro de Europa y los Estados Unidos de América. La escisión de la iglesia anglicana se debió al rey de Inglaterra Enrique VIII (muerto en 1547).
A finales del siglo XX, con antecedentes en el XIX, se extiende en el primer mundo -y por distintos factores- el extraño fenómeno de la irreligiosidad: el ateísmo, la negación de Dios. Sucede que, por ser más práctico que teórico, mejor que ateísmo, ese fenómeno actual se asimila al paganismo, a un neopaganismo tras la civilización cristiana extendida en el viejo continente después de la baja edad media y durante la modernidad. En Europa y norteamérica es relativamente fácil prescindir de la religión en el orden práctico y declararse ateo, en realidad pagano; en otros sitios del planeta, como centroamérica y África, la privación de la religión no conduce al paganismo sino a las prácticas esotéricas de las sectas, la magia, el vudú o el fetichismo.
Al cristianismo puede suceder realmente un neopaganismo porque quien acabó con la religión fue precisamente el cristianismo; ya que el cristianismo no es una religión, es decir, una relación en que el término “a quo” es el hombre (…). El cristianismo no es eso, sino que es revelación: una relación en que el término “a quo” es Dios y el término “ad quem” es el hombre. Y sólo porque el hombre es término “ad quem” puede después ser término “a quo”. En el cristianismo la religión es secundaria, es el momento segundo, no el primario 10.
d) Después de su coexistencia con el creador, el ser humano establece además otros tipos de coexistencia. Porque la actividad personal de ser es el coexistir; pero como el ser humano no es un ser idéntico, sino que carece de réplica, en él se distinguen su coexistir y su esencia. De ahí que, además de la coexistencia estrictamente personal con el creador, se den otros tipos derivados de coexistencia; sobre todo de tipo esencial y por lo general mediados por acciones, pero acaso no:
- en primer lugar, ya hemos dicho, la persona humana coexiste inmediata y radicalmente con Dios, con su creador; y luego -ante todo- con otro existente creado: con el universo (como habitante de él que es, según aquí lo entendemos);
- pero luego también coexiste mediatamente, a través de su esencia, con los seres que pueblan el universo; y con las demás personas humanas, sus congéneres. En especial, ya lo hemos dicho, con los propios padres, porque el ser humano es un ser familiar (nº 4).
En los otros seres humanos, cada quien encuentra cierta réplica de sí mismo, o alguna dúplica externa de sí; porque el amigo es como otro yo, semejante a uno mismo, según lo dijo Aristóteles. La persona solitaria, sin amigos que se interesen por ella, percibe muy penosamente la propia carencia de réplica. También el cónyuge es una dúplica muy influyente en la configuración de la propia personalidad, y una compañía muy apreciable para sobrellevar la vida.
2.2. La búsqueda de aceptación
La coexistencia libre, además, por terminar siendo interpersonal, tiene una estructura donal: alguien/da algo/a alguien que lo acepta.
a) En la naturaleza, la existencia es causal: una sustancia causa un efecto, y de esa forma actúa sobre otra, y padece acciones de ésta; así hablamos de acciones recíprocas: las cosas interactúan entre sí. Toda la causalidad entera del universo remite finalmente a una causa primera, a una causa trascendental: monismo. Con todo, frente al monismo, la filosofía puede llegar a descubrir una pluralidad de primeros principios, mutuamente vigentes; y también a encontrar una pluralidad de causas, las cuales concausan entre sí.
En las personas, en cambio, no hay -en rigor- causas y efectos; porque la persona no está predeterminada en las acciones que elige hacer y es imprevisible en sus respuestas. Incluso lo que padecemos, lo asumimos como podemos y nos lo tomamos como nos parece: es una muestra de la intimidad de la persona, exclusiva y propia de cada quién. De esa intimidad brotan acciones con un sentido donal, por estar destinadas a otro, con quien completar la coexistencia: pluralismo.
La coexistencia personal no es tanto causal como donal 11: consiste en recibir algo de alguien (ante todo la existencia libre, la propia libertad que nos otorga el creador), luego aceptarlo, es decir, agradecerlo… y entonces responder: dando algo a alguien, correspondiendo al benefactor.
Entre la aceptación y la donación media además la constitución del don, sin el cual la acción donal no se ejerce. Aceptar y dar es lo personal, lo propio de la persona humana: aceptar algo de alguien y corresponder dando… o bien rechazarlo y rehusar toda respuesta. La constitución intermedia de dones, para la que el ser humano precisa actuar, muestra la índole creada de la persona humana.
Precisamente, la posesión de un futuro inacabable abre para la persona humana el ancho campo de la donación; y el que tal futuro no sea desfuturizable permite, ante todo, la procrastinación: la diferencia entre la donación personal y su aceptación futura por el creador, el diferido de ésta en el curso temporal de la vida.
b) El pensamiento moderno ha entendido al ser humano de una manera voluntarista, como que su obrar brotara de la propia subjetividad mediante un dinamismo espontáneo. Así como de los seres brotan por naturaleza sus acciones, así también ocurre en las personas, cuyas acciones surgen espontáneamente de la propia subjetividad.
Sólo que en la naturaleza rige más bien la necesidad causal, pues sus actividades se ejercen causalmente, determinadamente; y en la persona en cambio rige la libertad, porque las acciones humanas se ejecutan libremente, o teniendo como causa -un tanto azarosa- la propia libertad.
El voluntarismo se formula, por tanto, al considerar la libertad humana -en el fondo- con un sentido causal, en simetría con la causalidad física; y no en un sentido donal, interpersonal. Su consecuencia más lamentable es la ignorancia del destinatario de la acción donal: las acciones humanas, más que producir como su efecto el propio despliegue y la propia autorrealización, buscan un beneficio ajeno y la aceptación de su destinatario.
c) La actividad del coexistente libre, el amar donal de la persona, es gradual:
- cabe limitarse a aceptar el don recibido, y a disponer de él; con los múltiples usos que la conducta humana permite;
- pero cabe también corresponder; ante todo dando… generosamente: por renunciar a la correspondencia ajena; algo que ocurre al tratar con cosas, ya que -propiamente- las cosas no pueden corresponder a las personas;
- y aún cabe después dar… buscando esa correspondencia, es decir, la aceptación ajena: la de los demás, y la del propio creador; esto es incluso más que obrar con benevolencia.
Y entonces: igual que la persona humana busca la réplica de que carece, busca también la futura aceptación del creador. Así es la correspondencia humana al don recibido de la propia existencia libre; y a su vez, así es el don que al ser humano -ejerciendo su libertad- le cabe obsequiar al creador, cuya aceptación futura busca y espera.
Mas, como la intimidad del ser humano es precaria e indigente, la persona humana sólo puede en su intimidad aceptar y dar; no puede, en cambio, generar el don que media entre ambos. Para constituir dones, la persona ha de salir de sí y abrirse hacia afuera, es decir, ha de actuar, ejercer acciones: poner por obra sus intenciones; en ello se aprecia también que la intimidad humana es creada, porque es infecunda en sí misma: en sus adentros, ella sola.
Por lo demás, como el dar remite a la aceptación, los dones recibidos son cierta encomienda que a ella se ordena; los seres del universo y las demás personas humanas nos han sido dados: entregados a nuestro cuidado; ello incrementa nuestra responsabilidad.
La persona humana, en suma, es ese quién oculto, esa intimidad distinta de cualquier otra, que acepta su propia libertad y la despliega con una efusividad sobreabundante e inagotable: pues, desde su intimidad, busca su réplica; y actúa libremente, es decir, da… esperando la acogida de su acción y de su persona.
2.3. Búsqueda y encuentro
En vistas a la futura culminación de la coexistencia personal, tenemos que señalar, de momento, dos extremos:
a) El primero es que no depende enteramente del ser humano, es decir, que no está propiamente en sus manos alcanzarla; sino que más bien es una culminación sobrevenida; aunque ciertamente complete su coexistir, lo consolide y hasta lo refuerce. No está propiamente en sus manos, como la misma coexistencia tampoco lo está: le ha sido otorgada a la persona por el creador.
El hijo de Dios es la réplica del padre: la auténtica manifestación, perfectamente clara, en la que se expresa el padre; esa réplica de que el ser humano carece, pero que puede buscar y espera encontrar en el futuro.
El hijo de Dios es además el verbo creador: quien conoce la razón de ser y la estricta verdad de la intimidad personal humana. El ser humano aspira a encontrarlo, y a conocerse en él completamente; o sea, a ingresar así en la intimidad divina (aunque tal cosa, como decimos, no depende enteramente de él, porque Dios ha de aceptarle o recibirle en su intimidad).
La persona humana culmina como coexistente en su asimilación al hijo de Dios; por eso, el ser humano -dijimos- es el adverbio junto al verbo divino. También Gregorio de Nisa decía que el ser humano, más que un microcosmos, es un minidios; y Gregorio nacianceno hablaba en esta línea de la theosis humana, de la divinización del hombre.
La culminación de la coexistencia personal no está enteramente en manos de la persona humana; porque en la búsqueda de réplica y de aceptación, como sucede en muchas otras búsquedas humanas, la persona puede fracasar.
El éxito, el encuentro de lo buscado, depende tanto de quien busca como de quien es buscado, y de si sale o no a su encuentro; es decir, depende tanto de quien da como de quien acepta la donación humana, o por el contrario la rechaza.
Con todo, cabe apuntar esta diferencia: aunque el ser humano puede en ocasiones rechazar la donación ajena, Dios siempre acepta el don humano, si éste se produce cabalmente; pues para eso creó Dios al ser humano, y lo hizo libre, para que actuara a su propio arbitrio.
b) Y lo segundo es señalar que el encuentro de la réplica no saturará la coexistencia humana: la culminación de ésta no es su final o acabamiento; porque la coexistencia personal es siempre sobreabundante e inagotable, supratemporal e interminable.
Lo que hará ese encuentro, el de la réplica -si se produjere-, es consolidar la coexistencia personal, que requiere y busca alguien con quien coexistir; pero lo hará respetando su propia índole: pues la coexistencia, no obstante, seguirá abierta al futuro, ya que es inacabable; y el encuentro de la réplica no la anulará, sino que será solidario con ella y la ratificará.
El ser humano aspira a alcanzarse en el futuro; pero, si lo consigue, si culmina su coexistencia, se alcanzará como es: como coexistente que posee un futuro inacabable, ya que su efusividad es inagotable y lo seguirá siendo 12. La culminación de la coexistencia personal será el definitivo encuentro de la réplica: para siempre; o su definitiva pérdida: pues ya nunca se alcanzará.
De la culminación de la coexistencia personal, o de su eventual fracaso, hablaremos -de todas formas- en la parte III con que termina este libro.
Notas
- 10 POLO, L.: Persona y libertad. Edición de las “Obras completas”, v. XIX. Eunsa, Pamplona 2017; p. 157.
- 11 La criatura es por Dios, es decir, por su causa, o por destinarse a su creador. POLO, L.: La persona humana y su crecimiento. Edición de las “Obras completas”, v. XIII. Eunsa, Pamplona 2015; p. 159.
- 12 La diferencia entre la coexistencia que busca y la que encuentra estriba entre la incertidumbre anhelante que hay mientras se busca y la satisfacción que se obtiene cuando la persona se alcanza como coexistente: la del que sabe que siempre irá a más su coexistencia, su saber y su amar (al fracaso en la búsqueda sucede, en cambio, la frustración de la soledad, y el disgusto inverso).