B. La vida de la persona humana: un añadido creciente
La persona humana es un coexistente carente de réplica, o con una intimidad precaria; pero que está abierta al futuro, y busca en él culminar su coexistencia con otro (encontrando la réplica: al recibir de ella la aceptación de su obra), o exponiéndose al fracaso de la soledad existencial; alternativa que obviamente no depende enteramente de la persona humana, sino también del otro que acepta, es decir, de la réplica.
Ésa es la actividad estrictamente personal: la más íntima de la persona humana, su actividad existencial; aunque de ella emergen después -desde su interior hacia fuera- otras actividades y acciones: sus manifestaciones exteriores.
El sentido de la vida para la persona
Éstas últimas son las que constituyen el dinamismo esencial de la persona humana: su vida, dure el tiempo que dure; que se enmarca en el seno de aquella otra actividad existencial.
En el curso de su vida, la persona humana se manifiesta y actúa: crece hasta constituirse como un viviente íntegro y completo; entonces ve cuanto le rodea, dispone de ello y fragua su obra. Pero todo ello acontece, en el fondo, buscando la réplica, y su requerida aceptación de la vida vivida.
Por eso decimos que la actividad existencial de la persona humana enmarca todas sus actividades vitales y las acciones que ejerce al vivir; de la existencia depende la esencia, y aquélla se manifiesta en ésta. Por tanto, en la culminación futura de su coexistencia está el sentido último de la vida humana para la persona.
A menudo se entiende la pregunta por el sentido de la vida de modo inverso al que realmente tiene. Nos preguntamos, en el fondo, qué papel tiene cada quién en el seno de la vida, qué lugar ocupa cada uno en ella: ¿para qué vive uno?, ¿qué hace cada uno en el curso de su vida terrena?
Pero la expresión “el sentido de la vida” tiene un significado inverso: pregunta más bien qué papel tiene la vida para el coexistente personal, ¿qué hace él con su vida?, ¿a qué o a quién la destina?, ¿para quién tiene su vida un significado, o para quién es útil?
De todas las maneras, la integración final de ambas dimensiones de la actividad humana, vida terrena y existencia personal, siendo el ser humano una criatura, no depende enteramente de él; sino que depende del creador, más que de la propia persona humana.
Con todo, la búsqueda de la aceptación del creador reclama por parte de la persona humana la donación, la oferta de dones, es decir, el ejercicio de acciones propiamente humanas; y, para que éstas puedan darse, el ser humano ha de nacer y crecer hasta su edad adulta: cuando ya dispone de su inteligencia y de su voluntad; y puede entonces realizar acciones estrictamente suyas, los actos propiamente humanos.
Aunque el despliegue esencial de la persona humana, su vida natural, encuentre su sentido último en orden a la culminación de la coexistencia personal, como ésta no depende por entero de la persona humana, no tiene por qué estar privado de culminación quien no consigue desplegar completamente su actividad esencial -por ejemplo, por una muerte prematura, incluso en la niñez-; ni la tiene garantizada de suyo quien sí lo consigue, porque alcanza en su vejez lo que solemos llamar una vida lograda.
La esencia y la coexistencia de la persona humana -hay que subrayarse distinguen realmente, y no se componen enteramente como medio y fin. Como la persona es efusiva, las actividades de su dinamismo esencial, de su vida, son más bien su potencial, su manifestación hacia fuera: la capacidad que tiene la persona humana de suscitar en el exterior sus propias obras; y se compone con ella de un modo que no es rígido, sino variable y flexible, como aquí vamos a ir viendo.
La vida del ser humano, para entenderla como vida de la persona, se ha de comprender desde estas dos consideraciones:
- que es una vida personal; y por tanto enclavada en el contexto del dar y aceptar interpersonales, es decir, en el seno de la coexistencia. Por eso hablaremos aquí de vida recibida y vida añadida por la persona;
- y que es una vida siempre creciente; porque la intimidad personal que en ella se manifiesta, el propio ser personal, es fecundo, efusivo e inagotable.
La persona humana tiene una intimidad exclusiva, y su coexistir es inagotable. Pero, con todo, es también indigente: porque por sí misma es más bien ineficaz; como el ser humano es una persona creada, su intimidad no es fecunda ella sola, desde sí misma, en su interior.
Y por ello, para actuar y hacer algo, precisa ayuda, ocasión externa: a fin de desplegar su propia esencia; es decir, para extender su saber, mostrar su liberalidad y aportar cualquier cosa, la persona humana requiere salir de sí misma y actuar sobre algo.
3.1. Naturaleza y persona
En suma, el ser humano exige disponer de un punto de partida para manifestarse y obrar fuera de su intimidad. Ese punto de partida es la humana naturaleza que la persona, creada en ese mismo momento por Dios, recibe en el instante de su concepción.
También por esto, que es síntoma de su ser creado, se dice que el ser personal, el coexistente dotado de intimidad, es un ser segundo; que requiere previamente otro ser: un ser primero al que agregarse. Son la naturaleza y la persona humanas; y decimos primero y segundo por su orden real, no en sentido temporal: pues de suyo son simultáneos.
El ser humano es persona creada, incapaz de replicarse en su interior: ya hemos dicho que carece de réplica; en cambio, es un ser segundo que, recibida la vida natural, es capaz como de reduplicarla al adquirir hábitos que la refuerzan. Y que constituyen su esencia propia, a través de la cual la persona se manifiesta hacia fuera; como esa manifestación es social, los hábitos son condición de la convivencia humana.
Por lo dicho se entiende que los hábitos son como una segunda naturaleza, añadida personalmente a la recibida. Y también que la naturaleza (physis) es el brotar, el nacer, el surgir; y la persona (la hipóstasis) es, en cambio, un rebrotar, un renacer, un resurgir… desde la intimidad (eso ocurre cuando la persona se desarrolla y crecer).
En todo caso, el ser humano, además de humano, un ser que posee la humana naturaleza, es persona, un coexistente carente de réplica, y que dispone de su naturaleza para actuar. Y, a la inversa, la persona humana es el coexistente que, con su humana naturaleza, habita el mundo, instalándose en él mediante su cuerpo y mediante su acción.
En definitiva: así como la palanca de Arquímedes necesitaba un punto de apoyo para mover el mundo, o como los pájaros y aves necesitan algo donde apoyarse para emprender el vuelo, así también la persona humana necesita un punto de partida, una naturaleza, sobre la que actuar para manifestarse y obrar.
Por ser criatura la persona humana, su actividad de existir no puede desplegarse desde sí misma, en su intimidad. En sí misma, no es una actividad inane: pues está abierta al futuro, y se lanza en busca de réplica y aceptación; pero es más bien ineficaz: no puede desplegarse en su intimidad y dirigirse ella sola hacia su culminación. Pero lo que sí puede es manifestarse, exteriorizarse y obrar hacia fuera de sí misma: su fecundidad es la misma esencia humana que brota de ella, y que consiste en el perfeccionamiento de la naturaleza recibida.
A fin de manifestarse y actuar, decimos, la persona humana necesita un punto de partida, algo a lo que añadirse… para luego desde ahí crecer; o sea: una naturaleza recibida a la que perfeccionar. La manifestación de la persona humana, fuera de su intimidad, requiere ante todo un punto de partida, una naturaleza recibida; pero no sólo eso, sino que además exige también el crecimiento. La libertad de la persona, por la índole exuberante de ésta, por su liberalidad inagotable, no tolera una estabilidad fija y quieta; sino que, desde cualquier punto de partida del que arranque, va a más, crece.
Siendo la persona humana, en su intimidad, una actividad efusiva e inagotable, y poseyendo un futuro inacabable, su acción hacia fuera, su dinamismo desde un punto de partida dado, exige ser siempre creciente; y así desplegarse progresivamente hacia su culminación, aunque ésta no la pueda alcanzar en ese plano ni por sí misma.
Dado que la persona humana es un ser sobrante, sobreabundante, añade el crecimiento, la intensificación desde el punto de arranque de su vida. Y dado que es un ser inagotable, el crecimiento de la vida humana es irrestricto, no limitado como el crecimiento orgánico de los animales, que en su madurez acaba.
La dualidad naturaleza-persona no debe inducirnos al dualismo, que escinde ambos términos y los considera por separado. Las dualidades humanas son jerárquicas, pero articuladas de tal modo que los términos superiores no se separan, sino que revierten sobre los inferiores, redundando beneficiosamente en ellos. Por eso la persona humana, dual por arriba con la réplica de que carece -pues es persona creada-, repercute por abajo con el universo, al que perfecciona: la persona humana es el habitante del universo.
3.2. Vida recibida y vida añadida
a) La persona humana añade vida a la vida recibida, es decir: recibe un cuerpo vivo, engendrado por sus padres, y refuerza su vitalidad añadiéndole la vida propia suya.
El ser humano, ciertamente, es un ser segundo; pero no un parásito, sino mejor un simbionte, que añade vida personal a la vida natural. Porque no se aprovecha de la vida ajena en un exclusivo beneficio propio; sino que añade e incrementa, efusiva y dadivosamente, la vida recibida: se abre más y mejor al universo, y así lo habita y lo perfecciona.
La vida que la persona humana aporta y añade refuerza la vida natural que recibe. Se inspira en ella, sí; pero aspira a más vida; y por eso agrega y da: añade y aporta más vida a la vida recibida; es el añadido personal a la propia naturaleza, un añadido siempre creciente: su perfeccionamiento. Ocurre así, porque la persona de la que brota es efusiva e inagotable y siempre aspira a más: es capaz siempre de dar más de sí y nunca se satisface con lo logrado.
No son dos vidas, pues persona y naturaleza son simultáneas al nacer; pero sí una vida natural que surge ya reforzada, crece y va a más… desde la persona que la recibe, la hace suya y le añade su propia vida. El añadido personal a la vida recibida, que es la personalización de la naturaleza humana, o su perfeccionamiento, es además siempre creciente.
Y, como cada persona es distinta de las demás, original e irrepetible, ese crecimiento continuo comporta también una progresiva individualización, que permitirá luego la aportación singular que cada persona es capaz de dar a los demás y al creador.
b) La persona no es un ser de necesidades, que se dirige espontáneamente a satisfacerlas. Ésta es una consideración muy parcial de la vida humana; porque si el ser humano tiene necesidades será para lograr sus objetivos: precisará algo para conseguir otra cosa, y además para hacer eso… dirigido hacia alguien.
El ser personal es más bien donal, aportante; y sólo en este añadido personal encuentran sentido sus presuntas necesidades, que más bien serán entonces requisitos o condiciones posibilitantes de la acción: de una acción destinada a otro, a los demás y al creador.
De manera que la vida humana no es como la vida natural: unas virtualidades que tiene el vivo, facultado para ejercer ciertas operaciones que, si el entorno es favorable, le llevan hacia su plenitud.
Puesto que el viviente humano es persona, y lo propio de la persona es aceptar y dar, es decir, la coexistencia interpersonal, entonces y por eso mismo, la vida humana se dualiza en vida recibida y vida añadida; lo que permite apreciar que ésta última es creciente e insaturable, ya que desborda cualquier plenitud.
La plenitud a que el ser humano aspira no es la de su vida, pues ya la vida espiritual –intelectual y volitiva- carece de término final; sino la de su coexistencia: el encuentro de la réplica.
c) Dado que la persona humana es un ser segundo, creado, para añadir vida primero requiere recibirla. Ni siquiera Dios podría crear una persona humana sin concederle simultáneamente un cuerpo vivo, una vida a la que ella añadirá su propia vida.
Dios puede, desde luego, crear personas incorpóreas. Aun así, a ellas también tendrá que dotarlas de una naturaleza, de una esencia, de una capacidad de acción; para que esas personas se dirijan o no, libremente, hacia su creador.
Pero la persona humana es corpórea, y no puede ser creada si no se le otorga un cuerpo, una naturaleza, una vida desde la que partir para desplegar la propia vida; ello ocurre cuando su cuerpo es concebido en el seno materno.
Como la persona se distingue de la vida que recibe, de su naturaleza, pues le añade a ésta la propia vida, es creada por Dios en el mismo momento de la concepción de su cuerpo tras el acto conyugal: en ese instante arranca su vida.
Su despliegue posterior, el progresivo y creciente dinamismo en que se vierte el añadido personal, puede ser interrumpido con una muerte absolutamente prematura: la que se produce antes de nacer. Provocar el aborto no es en absoluto un derecho de la mujer, ni de los padres, ni de los médicos; sino un atentado gravísimo al ser humano: pues cercena de raíz el añadido personal a la vida recibida, con la cual –siendo del hijo- otros acaban en tal caso forzadamente.
3.3. El origen del hombre
Lo propio de la persona humana es añadir vida a la vida recibida.
Así sucedió, en efecto, en el origen prehistórico del hombre. La paleoantropología distingue como dos fases en él:
- Primero, la hominización: la formación de un cuerpo que pudiera servir al ser humano; tras el australopiteco y el pitecántropo llegó el homo sapiens (hace unos 200 mil años): aquel animal cuasi humano, con un cuerpo suficientemente dispuesto para servir a la vida del espíritu.
Con todo, la vida de estos animales cuasi humanos es prepersonal.
- Y entonces, hace no más de 30.000 años (ya en el paleolítico superior), viene la segunda fase: la humanización, propia del homo sapiens sapiens (con sus tres especies: Grimaldi, Cromagnon y Chancelade).
No debemos remontarnos mucho antes, porque no sería señal de gran inteligencia tardar excesivo tiempo en forjar la cultura y comenzar la historia.
En ese momento es cuando la persona, creada directamente por Dios, se hace cargo de esa vida, hasta ahora animal, y la hace suya: porque le añade la vida propia.
Añade, ante todo, la estrategia reproductiva basada en la estructura familiar, que extiende el período de aprendizaje infantil, para ligarlo a la invención y desarrollo de las técnicas; simultáneamente acontece el sedentarismo y la formación de espacios urbanos para la vida en común; y, con la ciudad, llegan entonces la división del trabajo, el comercio y el mercado; en definitiva, la socialización globalmente considerada.
Hominización y humanización indican en la prehistoria el par que forman vida recibida y vida añadida, naturaleza y persona.
Lo que también sucede análogamente en la transmisión de la vida humana de padres a hijos. Los padres generan el cuerpo que una persona, creada por Dios en ese mismo momento, recibe y hace suyo; y que luego ella potencia con el crecimiento y con el aprendizaje hasta que sirve ya para la vida de su propio espíritu.
Cuerpo recibido y persona que lo recibe, organiza y aprende a usar, expresan también en la procreación humana el par vida recibida y vida añadida. Sin él, la vida humana no sería personal, sino animal.