a) La reproducción animal está destinada a la conservación de la especie, que prevalece sobre el individuo.
En el ser humano no es así: ante todo porque la persona no se reproduce ya que todas son distintas y nuevas; lo que los padres hacen es procrear, es decir, invocar o invitar, convocar o provocar, la creación de una nueva persona por parte de Dios.
En lo cual se muestra que la persona es lo más digno de todo cuanto existe, y que no se subordina al género humano, ni a ninguna otra unidad totalizante; la persona, en todo caso, lo que pide es réplica: pluralidad de personas.
Por no estar la persona subordinada a la especie, la individuación humana es muy importante. Se inicia con la recepción del cuerpo propio, estableciendo sus tipos básicos; y luego es progresiva: perdura y se incrementa durante toda la vida.
La reproducción animal se justifica con la muerte: para superarla, los animales se multiplican y unos suceden a otros; de modo que, sin saberlo ni proponérselo, perpetúan la especie. Como el ser humano trasciende la muerte, la procreación humana no ocurre de esa manera, sino que se justifica con la vida: pues pretende que haya más vivientes humanos.
Por eso los padres, al procrear, no buscan el mantenimiento de la especie, sino que cooperan con la creación divina dando la vida a un nuevo ser personal, distinto de todo otro; alguien que pasa a formar parte de la propia familia, y al que ésta se ordenará en lo sucesivo.
b) No todas las actividades humanas son productivas; como, por ejemplo, el ser humano contempla un paisaje sin modificarlo, el espectador asiste a una competición sin intervenir en ella, y alguien quiere a otra persona tal y como es, sin manipularla para configurarla al propio gusto.
La procreación humana es de esa clase de acciones que no transforman su objeto, sino que lo dejan surgir tal y como es. Por eso, el lugar propio para la procreación es el matrimonio, la unión esponsal: los esposos se aman, y fruto de su amor –del acto conyugal- engendran un hijo. No el que han elegido, sino el que Dios dispone que nazca: porque sólo un Dios omnisciente puede ser el responsable, como fruto de su predilección, de la persona que nace.
Lo que se aprecia quizás en la altísima improbabilidad que comporta cada ser humano: al margen de la aleatoriedad del encuentro de los esposos (ya altísima de suyo, si atendemos a la pluralidad de seres humanos y a la multiplicidad de las generaciones a lo largo de la historia), un varón puede producir un número, que se formula como 10 elevado a 2000, de células seminales distintas; mientras que en el universo entero sólo hay unos 10 elevado a 80 átomos diferentes.
Como sólo la predilección divina es capaz de dar razón de la singularísima intimidad de cada persona, por esa razón el ser humano no debe entrometerse en la generación de los hijos.
c) En cambio, el progreso de la técnica humana nos puede hacer confundir la procreación con la fabricación o producción artificial de los hijos: como que podemos hasta cierto punto, y tal vez estuviéramos tentados a poderlo enteramente, construir a nuestros descendientes como nosotros queremos, mediante la que llamamos ingeniería genética, uno de cuyos casos es la clonación.
Acaso ocultando entonces, además, a los padres biológicos: mediante bancos de semen anónimo y con la maternidad que denominamos subrogada; lo cual es simplemente forjar una falsedad, o encubrir la auténtica verdad.
Se separa así la producción artificial de hijos, como presunta vida añadida, respecto de la procreación personal, que es la que aprovecha la vida natural y así se basa en la vida recibida; pero entonces el añadido personal al engendrar es arbitrario y sin guía, sin el apoyo en que inspirarse y al que secundar.
Una cosa es remediar defectos en las facultades generativas de los padres y otra sustituir la generación natural por la producción artificial (algo que engloba casi todas las formas de fecundación in vitro, y la clonación); cosa que además, a la postre, es imposible: pues el ser humano (salvo nuestros primeros padres) siempre es hijo, es decir, tiene unos padres biológicos. Aducir aquí que eso es “mera biología” denota superficialidad: un espiritualismo insustancial.
Suplantar, entonces, la paternidad biológica por la putativa; y hasta conceder ésta no a un matrimonio y a una familia, sino a homuniones (es decir, a uniones de convivencia doméstica formadas por parejas del mismo sexo), o incluso a una persona sola, es incrementar el desafuero. No constituyen realmente otras formas de familia; sino más bien parafamilias: uniones entre personas, formaciones sociales, que suplantan la familia; en el fondo por separar la procreación de la sexualidad.
Son de recelar todas estas prácticas, cuyas penosas consecuencias no se están haciendo esperar; y además hay que rechazarlas: porque alteran lo que la procreación es.
La esterilidad se ha remediado siempre con la adopción, cuyo objetivo principal es la vida del hijo adoptado.
Pero producir hijos para satisfacer el capricho de los padres, o de una sola persona, es utilizar a la persona que nace como un simple medio: como un mero instrumento para satisfacer la demanda de descendencia que alguien tiene; y así subordinar al hijo a otra persona, cosa que jamás tiene justificación: pues atenta contra la dignidad del ser personal que nace.
No es lo mismo ser fruto del amor de tus padres y de la predilección divina, que ser hijo de unos padres biológicos, por lo general ocultados y silenciados; y además de la ciencia, de la limitada ciencia de ciertas personas o de la que hay en un momento histórico dado, abusando entonces de la generosidad divina.
Entre la procreación natural y la pretendida producción artificial del ser humano, media además la intervención de otras personas distintas de los padres (científicos, médicos, jueces, etc.); que -en cambio- se hacen árbitros, suplantando a los padres, de la vida de la nueva persona que va a nacer.
d) La procreación nos muestra a la persona humana como un ser familiar, es decir, filial: los seres humanos siempre son hijos de sus padres; todos los seres humanos (excepto -ya hemos dicho- Adán y Eva) somos hijos, aunque no siempre seamos padres; e incluso, como diría Levinas, es el hijo quien hace padre al padre.
Una cosa es el matrimonio como realidad natural, y otra como institución social; ésta emerge de aquella. Por eso, aunque la familia pueda ser considerada también como una institución social derivada de la persona, y así lo haremos (nº 15.3), es previa su condición de origen de la persona humana; que siempre es hija: tiene unos padres, de cuya unión procede. La filiación humana deriva de la sexualidad, a la que por eso otorga un altísimo valor.
La importancia del acto conyugal se destaca al considerar este ser filial y familiar de la persona humana. La unión conyugal -como meta de la sexualidad humana- es unión entre personas, o sea, entre el dar y el aceptar interpersonales: aúna la donación de un bien para el cónyuge, con la aceptación del bien que el cónyuge le otorga a uno mismo. De esta mutua donación de los esposos es fruto el hijo; un fruto muy adecuado, porque en esa donación se prioriza lo ajeno, como en toda donación y aceptación personales.
En el acto conyugal se descubre que la cima de la dicha personal coincide con la dicha ajena: la incluye; y prefigura así la procreación: porque los hijos son la felicidad de los padres. La persona humana se abre de esta manera al otro, a los demás: dando y aceptando. Cuando se pierde de vista esta alteridad, el amor conyugal empieza a degradarse, a prostituirse; y termina en el comercio sexual y en el rechazo de la natalidad, éticamente denostables.
La sustitución del acto conyugal por técnicas reproductivas artificiales, que incluso llegan a ocultar a los padres biológicos, olvida que la dicha recíproca es el constitutivo de aquél, y no de éstas; y además es algo que propende a considerar a la persona -en su individualidad- como independiente y autónoma, y eso quiere decir como huérfana; lo cual es una consecuencia directa de la separación de la procreación respecto de la sexualidad.
e) Los orfanatos han criado con éxito a muchos niños desvalidos; como también numerosos padres adoptivos. Análogamente, parejas -incluso del mismo sexo-, e incluso una persona sola, pueden sacar adelante a los niños. Porque el ser humano es tan fértil en recursos que es difícil atorarle por completo; como dice el refrán, salvo a no comer y a no dormir, el ser humano se acostumbra a todo.
Pero no se trata de afirmar que es posible el crecimiento y maduración de la persona humana en cualquier circunstancia; sino de decidir la mejor situación, la ideal, en orden a la crianza y educación de los hijos.
La antropología no dice cómo hemos de organizarnos los humanos: pues nos organizaremos como queramos. Pero sí dice cuál es el ideal, o la forma mejor, de acometer la procreación; y ésa viene dada por el matrimonio y la familia. Otras vías, aun siendo posibles, por lo general son más dificultosas; y los niños que las viven, o que las padecen, con frecuencia contraen taras, en ocasiones irremontables.