a) La persona humana es un coexistente carente de réplica, pero que la busca y aspira a encontrarla. Entre búsqueda y encuentro media todo el despliegue de la actividad esencial, temporal, de la persona, es decir: su vida, su paso por el mundo y por la historia.
La coexistencia personal, como carece de réplica, aspira a alcanzarse en el futuro, a culminar en él, y a que la persona se complete entonces definitivamente como coexistente con la réplica. Si no se alcanza como coexistente, la persona fracasa y entonces queda definitivamente sola, aislada.
El encuentro de la réplica es la culminación de la coexistencia personal; y si acontece, con él acabará la vida temporal del ser humano. A ese encuentro se asociará entonces su actividad esencial: elevándola hasta la altura del ser personal; es decir, personalizando completamente la vida humana, y rescatando su pasado.
A la inversa, la frustración de la coexistencia personal, su fracaso, consiste en no encontrar la réplica, y no alcanzarse entonces como coexistente con ella; de resultas, la persona abandonará, en la medida de lo posible, la actividad esencial desplegada, al darla por perdida; y su vida vivida más bien desaparecerá: quedará anulada, y continuará reducida al mínimo.
De modo que la persona humana nace en el mundo y en la historia; pero culmina su coexistencia, es decir, encuentra la réplica o no, e integra o no su esencia en dicho encuentro, acabada la vida, en el más allá: pues tiene un destino trascendente, metahistórico.
b) El encuentro de la réplica se alcanza en la intimidad. Ello comporta la inclusión de la persona humana en la intimidad divina, de la que no se distingue ninguna exterioridad. En su culminación, por tanto, la distinción entre intimidad y exterioridad del ser personal, entre la apertura interior de la persona y su apertura exterior, se minimizará.
El final de la vida es exigido por la culminación o fracaso de la persona, porque ambos remiten a su inclusión o no en la intimidad divina, en la cual no ingresa la vida vivida si no es aceptada por el creador. Ésta es la razón decisiva del requisito de la aceptación.
18.1. La aceptación previa al encuentro
Como la culminación o el fracaso de la coexistencia personal no dependen enteramente de la persona, remiten a la aceptación de su esencia por el creador: al juicio divino sobre la vida vivida por ella.
En tanto que la culminación de la existencia personal no depende completamente del ser humano, se asocia con un Dios remunerador. De él han hablado, desde el pensamiento y la filosofía, o sea, al margen de la creencia religiosa, por ejemplo Kant: al postular la existencia de Dios para hacer justicia a los hombres (y establecer la correspondencia entre bondad y éxito); y también Kierkegaard, para justificar el tránsito de la etapa ética de la vida humana, en ocasiones impotente, a la etapa religiosa, en la que para Dios todo es posible.
a) Ante todo, la coexistencia personal depende del creador: él ha otorgado la libertad al ser humano. Y, como la coexistencia personal depende de él, también la culminación de la coexistencia depende de él: de su aceptación de la vida humana.
Por otro lado, la esencia humana es concreada con la persona, pues la persona humana recibe una naturaleza al nacer. Eso quiere decir que también la vida temporal del ser humano depende más del creador que de la persona creada que en ella se manifiesta, añadiendo vida a la recibida. Por eso la persona no dispone de su naturaleza, sino según su naturaleza.
En suma, se mire por donde se mire, la persona humana, como criatura que es, depende enteramente del creador.
Por ello, la culminación de la coexistencia personal no está completamente en manos de la persona, sino que está ligada a la admisión por el creador de su despliegue esencial, es decir, de su vida temporal; en suma: depende de la aceptación de ésta por el creador.
b) La coexistencia personal es subsistente; pero la esencia de la persona humana, su despliegue temporal, no lo es: esta vida acaba; y, sin embargo, la coexistencia aspira a culminar y seguir. En orden a esa culminación, la esencia humana muestra su decisiva importancia. La concordancia entre sendos términos, es decir, entre vida temporal y coexistencia personal, remite al juicio divino, a su aceptación de la vida vivida por la persona.
La definitiva articulación, la final vinculación entre la persona y su esencia (que es su vida, se inicia con el cuerpo, y luego se apoya en él y se sirve de él), remite a la aceptación divina de la esencia humana, de la vida desplegada en el tiempo: es el juicio divino tras la muerte. Juzgada la vida, acontecerá la definitiva culminación o fracaso de la coexistencia personal; y derivadamente la síntesis estabilizada entre la coexistencia personal y su propia esencia, cuya articulación hemos dicho que es flexible.
Como la esencia del ser humano no es subsistente, depende de la aceptación divina; pues sólo Dios, que conoce la intimidad de la persona humana, puede percibir la coherencia entre el dar propio del ser personal y el don constituído en su despliegue esencial.
Sólo el juicio divino desvela la intimidad de la persona humana y puede apreciar si la vida desplegada en el tiempo ha sido conforme con ella, una manifestación adecuada -válida- de la propia libertad; o más bien no, pues se ha retraído (o desviado) en su aportación, y entonces el creador la rechaza. De la aceptación divina de los dones aportados, más que del propio ser humano que los aporta, depende entonces la culminación de la coexistencia personal, el encuentro de la réplica.
18.2. La culminación de la coexistencia
a) La noción de réplica, con cuyo encuentro culmina la coexistencia, se corresponde con la ampliación de la filosofía que ha propuesto Polo: la ampliación de la metafísica con una antropología trascendental.
Según la cual, a los trascendentales metafísicos establecidos por la tradición (básicamente: ser, verdad y bondad) hay que añadir los correspondientes trascendentales antropológicos: el coexistir, el intelecto y el amar personales; todos ellos propios de un coexistente libre. Siendo la persona humana un ser segundo, que se añade al primero, añade libremente al ser el coexistir, a la verdad el entenderla y a la bondad el amarla.
Pero entonces, como la persona es la más digna de todas las realidades, coexistir libremente será algo superior a solamente ser, existir; y, por tanto, también será superior a la verdad el entenderla, y a la bondad el amarla.
Y, por ello mismo, lo que el intelecto y el amar personales buscarán finalmente no será una verdad, la verdad primera, o un bien, el bien supremo. Sino que el intelecto personal buscará un entender que se corresponda con él, que le entienda, que le comprenda; y lo que el amar personal buscará será otro amar que le acepte y le corresponda: no como objeto amado, sino como amante; éste es el “quid” 21. Ahí está la réplica: en la correspondencia, en la reciprocidad, en la mutualidad.
Por eso se requieren, para buscarla y encontrarla, trascendentales personales: porque el ser humano no aspira sólo a conocer y amar a Dios (para eso bastarían la inteligencia y la voluntad, las potencias espirituales, las esenciales del espíritu), sino que -como persona- busca ser conocido y amado por Dios: serlo él, personalmente; y saberlo.
Es decir, el ser humano como persona aspira a ser acogido: comprendido, aceptado y correspondido. El intelecto personal no busca conocer a Dios, sino conocer como es conocido por él; por eso no basta la inteligencia, sino que hace falta un intelecto personal. No sólo ver la verdad primera: mirar y verla; sino ver que ella, como persona que es, le ve: el cruce de miradas (el guiño, por ejemplo, es un curioso gesto que supone la reciprocidad de la mirada, y que la continúa). E igualmente en el amar: no se trata ya sólo de querer el bien supremo, para eso bastaría la voluntad; sino de querer ser querido, aceptado, correspondido por él: así es el amar personal, que requiere mutualidad, correspondencia, y desde ella crece y va a más.
La culminación de la libre coexistencia es, por tanto, la acogida divina de la propia libertad: el reconocimiento y la aceptación por parte del creador -quien le otorgó la libertad- de la persona que cada quien es, y de lo que ha hecho con su libertad. Quien es adverbio junto al verbo divino, quien es imagen de Dios, busca y aspira a ser acogido por él, a incluirse en su intimidad, a ser su amigo.
La naturaleza, tal vez, aspira a su plenitud; pero la persona lo que demanda es acogida: reciprocidad. La naturaleza apunta a su fin último; la persona más bien a su réplica. En ella está la culminación de la coexistencia personal.
b) El encuentro de la réplica, por tanto, es temáticamente doble:
- conocer al propio creador, el hijo de Dios;
- y conocerse a sí mismo, en tanto que conocido por él (ya que él es el creador, también de uno mismo).
El ser humano no conoce en esta vida el alcance de su propia libertad (la intimidad personal, dijimos, nos está vedada en esta vida), sino que su conocimiento se alcanzará al culminar la coexistencia.
La culminación lógica de la coexistencia personal decimos que es el encuentro de la réplica; tal encuentro será definitivo, porque es concorde con la índole futuriza del coexistir: es el encuentro de la réplica… para siempre.
Aunque, propiamente, más que culminación lógica es una culminación metalógica: precisamente en cuanto que remite a la libertad personal, que está más allá de la inteligencia y de la voluntad, es decir, de las potencias esenciales del ser humano; y eso, aunque la libertad personal se extienda hasta ellas.
Metalógica, entonces, porque remite a los trascendentales que hemos dicho antropológicos, los que se convierten con la propia coexistencia personal; así como los trascendentales metafísicos lo hacen con la sola existencia natural.
c) La plenitud de la libertad humana está precisamente en el conocimiento de su propio ser creado, que comporta el conocimiento del propio creador. En él alcanzará la persona humana la correspondencia que demanda, a saber: conocer como es conocida por su creador, al ser aceptado su don por él.
El ser humano puede conocer a Dios como creador del universo: un conocimiento que se incoa con la metafísica; porque la existencia del universo demuestra causalmente la existencia de la identidad del ser, y su índole originaria.
Pero la antropología aspira a conocer a Dios -y en ello consiste la culminación de la coexistencia personal- como identidad existencial; es decir, como creador del propio coexistir personal: como autor de la propia libertad, cuyo despliegue ha tenido que ser aceptado por él para que esa aspiración se cumpla.
Con el encuentro de la réplica, si su autor no rechaza al ser humano, se producirá entonces la inclusión del ser personal en la intimidad del ser divino: un Dios personal, dotado de intimidad, que no carece de réplica.
Acogido por Dios el ser libre de la persona humana, la esencia de la persona por su parte, y en tanto que dependiente de la coexistencia personal, será traspasada, desbordada, por el encuentro de la réplica; y así será elevada al plano de la intimidad del coexistente personal (lo que comportará, de algún modo, la saturación de sus potencias espirituales; especialmente de la inteligencia, que en esta vida es insaturable: operativamente infinita).
d) El encuentro de la réplica traspasará la esencia de la persona humana, la absorberá y hará suya.
Tal será la proximidad entre esencia y coexistencia al culminar ésta, es decir, tal será la cercanía de vida y persona en la culminación del coexistir, como se aprecia en estas consideraciones:
- la vida futura no será sólo una vida inmortal, sin término, sino una vida eterna; eternidad que Boecio describió así: tota simul ac perfecta possesio interminabilis vitae; como como una vida interminable, sí, pero además perfectamente poseída: toda entera y de una vez: es decir, no sucesiva;
- como la esencia es manifestación de la persona, será una manifestación distinta la de una coexistencia precaria, en busca de alcanzarse, que la de una coexistencia lograda; aquélla es la apertura de la persona hacia fuera, ésta se producirá en el seno de la intimidad divina, que no tolera exterioridad; por ese mismo motivo, esta plenitud del coexistir permitirá la culminación de la historia, al reunir -en ese ámbito de máxima amplitud- a toda la familia humana.
- en la culminación de la coexistencia se recuperará el pasado, la vida vivida; pero no precisamente mediante su eterno retorno, ni por la perpetuidad de su memoria, ni por el ingreso en la totalidad de la verdad realizada: que son expedientes teóricos empleados en la filosofía, pero más bien impersonales; sino por su inclusión en la intimidad personal de Dios, que lo rescatará de su exterioridad y elevará al hacerlo suyo (no meramente mediante el recuerdo).
- Y además:
e) Como el ser humano es una persona corpórea, Tomás de Aquino afirmó que era lógica, razonable, la creencia en la resurrección futura de los cuerpos después de morir. Incluso dice que resucitaremos en la edad perfecta, 32 ó 33 años 22; dando a entender con ello que lo haremos con la plenitud de la vida corporal, quizá lograda en otra edad.
Pero que -tras la muerte- el ser humano, puesto que es un ser viviente, recobre la integridad de la vida perdida, requiere no obstante algunas precisiones:
- Muy posiblemente no recobre la vida vegetativa (nacer y crecer, nutrirse y procrear): porque la persona ya nació y creció en la historia; y porque, una vez completado el número de los seres humanos, cerrada la historia, huelga la procreación.
- La vida sensitiva, y -en virtud de ella- algunas de las funciones vegetativas (como la nutrición y la sexualidad, desligadas ya del crecimiento y mantenimiento orgánicos, y de la procreación; es decir, reorientadas hacia una finalidad superior, al margen de su sentido básico), pueden quizá recuperarse.
Pero ello exigirá también un nuevo mundo material -de otro modo ordenado- ante el ser humano; y una nueva conexión de la persona con él: menos alejada de la vida espiritual, de la intimidad personal; o menos dependiente de las afecciones exteriores propias de la vida orgánica.
- Por su parte, la vida espiritual no se pierde completamente al morir, pues se conservan los hábitos adquiridos y la experiencia intelectual, así como las virtudes de la voluntad y la experiencia moral, ya que todo ello es inmaterial e inmanente. Se pierde la adquisición de ideas del mundo exterior, que ya se ha abandonado; y el descubrimiento de bienes hacederos en el mundo, para los que ya no hay lugar.
Aunque muy posiblemente la vida espiritual del ser humano se vea en cambio potenciada en orden a la relación con las demás personas, con quienes coexistiremos presumiblemente con una menor dependencia de sus manifestaciones exteriores y corporales, o de una manera más íntima y directa.
18.3. La elevación a plenitud del coexistir personal
El cristianismo afirma que -tras el pecado original- Jesucristo ha redimido al ser humano, lo ha recreado; y ha recuperado para él la posibilidad de culminación de su coexistencia.
Y no sólo eso: sino que además ha elevado a la persona humana por encima de su propia esperanza de futuro, dotándole de una novedosa participación en la misma vida divina.
De acuerdo con ello, en esta culminación recuperada, renovada y elevada, de la coexistencia personal se alcanzará una plenitud insospechada e inmerecida.
a) Según ella, el ser humano:
- no sólo conocerá ya a Dios como creador del universo (para Polo, conocer a Dios como primer principio, sin saber que es persona, es propio de ese lugar que la teología católica llama el limbo);
- sino que también recuperará la opción de conocerle además como creador de su propio ser personal;
- y finalmente además podrá aspirar incluso a conocerle tal y como él es en sí mismo, en su vida íntima trinitaria. No sólo conocerse como uno es conocido por el creador, sino además conocer al creador como él se conoce a sí mismo.
Por ello, si la culminación de la coexistencia personal estriba en la inclusión del ser humano en la intimidad divina, en esta plenitud a que ha sido elevada la persona humana al ser redimida, el ser humano podrá vivir, además de su propia vida, la misma vida divina; de la que ahora sólo tenemos una diminuta primicia en la vivencia religiosa.
Y, sin embargo, será también una vida corporal, recuperación elevada de la que tenemos ahora: la resurrección de Jesucristo precisamente nos garantiza la futura resurrección de los cuerpos.
b) De acuerdo con esta nueva vida, el ser humano llegará a ser con pleno derecho hijo de Dios; y no sólo alguien incorporado a la vida divina, un amigo de Dios; es decir, alguien semejante a su hijo, una imagen suya.
Todo ser humano es criatura: una criatura que procede de Dios y una criatura que se asemeja al hijo de Dios; que es su imagen y busca su amistad: asociarse con él, incluírse en su intimidad.
Pero el ser humano no es con propiedad hijo de Dios. Porque para ser hijo de alguien no basta sólo proceder de él (el espíritu divino procede del padre y del hijo, pero no es hijo y nieto), sino que se requiere una procedencia derivada de la misma naturaleza de ese alguien.
El verbo divino es hijo por serlo según la naturaleza intelectual del padre; pero el ser humano no lo es, aunque se asemeje al hijo. Se asemeja a él por ser espiritual, una persona que entiende y ama; dotada además de una naturaleza racional, que en su esencia dispone también de potencia espirituales: inteligencia y voluntad. Pero no por ello es hijo de Dios, ya que no procede de la misma naturaleza divina, que es eterna; sino que es creado: libremente, y en el tiempo. Como persona que es, es imagen de Dios, no un mero vestigio de su existencia, cual las cosas materiales; pero no es hijo, de la misma naturaleza que el padre.
El cristiano, en cambio, y por los méritos de Jesucristo, participa de esa naturaleza divina cuando es bautizado, y es entonces hecho gratuitamente hijo adoptivo de Dios; condición filial de la que disfrutará entera y plenamente en el cielo. Porque el ser humano ahora sólo es hijo adoptivo de Dios por la gracia, y luego lo será por la gloria.
18.4. La frustración del coexistir
a) La frustración de la coexistencia personal se nos hace difícil de entender, porque rige en nosotros el principio de contradicción; que impide vincular el ser con su negación.
En cambio, sí cabe esa vinculación cuando se trata de un coexistente, y no de un simple existente; porque cabe que la coexistencia no culmine, no se alcance como coexistencia, y entonces adviene la soledad, el aislamiento de la persona creada respecto del creador: la tragedia y el sinsentido del coexistir. Ya que, como el acto personal de coexistir es subsistente, no se aniquila sin su culminación; sino que entonces se aísla trágicamente, y acontece la desolación.
En el ser natural no cabe lo contradictorio, no existe la nada; pues la existencia creada del universo es el primer principio de no contradicción, la persistencia del ser: su seguir siendo después, que impide que aparezca la nada.
En el ser personal, en cambio, sí cabe lo absurdo, el sin sentido: el que se produce si la persona creada se aísla, al no ser aceptado su don por el creador; un coexistir, entonces, solitario, sin nadie con quien coexistir, frustrado como tal coexistir: es decir, un dislate completamente absurdo, ininteligible.
Como nada se opone a ser, así también se opone nadie a coexistir. Pero nada y ser no pueden aunarse; y en cambio un coexistente solitario, frustrado como coexistente, sin nadie con quien coexistir, sí puede darse, por más que resulte absurdo.
b) La soledad de una coexistencia que no alcanza su culminación, que se frustra como coexistencia, no anula ésta; sino que se produce de acuerdo con su propia índole: que es la posesión de un futuro inagotable.
Pero sí cambia su término: la persona como coexistente no consigue alcanzarse en el futuro; sino que, aislada, frustra su coexistencia y canjea el futuro por el nunca. El nunca también desborda el presente y remite al futuro, a un futuro no desfuturizable: nunca es jamás.
El aislamiento de la persona creada, su soledad, se vincula con el mal absolutamente considerado, y además definitivo: la persona humana nunca jamás encontrará la réplica. Ocurre cuando las acciones del ser humano no son aceptadas por su creador; porque entonces acontece la desolación perpetua.
c) Además, la aportación esencial de la persona será entonces aniquilada (como si se tratara de la damnatio memoriae de los romanos); pues la falta de aceptación anula el don. El mal personal, por tanto, no se opone sólo al bien debido, como el mal natural, sino que se opone a la inmortalidad de la vida personal.
El ser natural se opone a su aniquilación, porque creación y aniquilación son contradictorios. Pero la acción de la persona humana sí puede ser aniquilada, porque el don sin aceptación deja de serlo: no es don alguno. Por eso, la frustración de la coexistencia personal comporta la anulación de su don: de la entera dimensión libre de su manifestación.
Una sentencia tomista al respecto dice que, sin correspondencia, oportet dilectionem dissolvi 23; es decir, sin correspondencia, hay que anular, deshacer, destruir el amor. Un amor no correspondido, no es tal amor (acaso sería un amor platónico, como solemos decir: pero éste no es amor alguno, pues carece de correspondencia); y, por tanto, hay que acabar con él, porque no es adecuado para un ser personal, que es coexistente.
Sin la aceptación del creador, el supuesto don humano es anulado, aniquilado, ninguneado: luego, estrictamente, no es don alguno. Por eso, aislada del creador, la persona creada es casi completamente privada de su vida, de su esencia; y queda encerrada en sí misma: en su soledad interior, casi sin expresión y sin manifestación libre alguna, que habrán sido aniquiladas.
Por tanto, la persona quedará como inédita, encerrada en su intimidad solitaria: ya que es como incapaz de salir de sí misma para manifestarse, y para hacer cualquier cosa o dar algo a alguien.
La persona frustrada como coexistente se verá, por tanto, privada de su esencia más propia: que quedará reducida al mínimo; con expresión tomista, será entonces prope nihil: casi nada, cercana a la nada.
d) Encerrada sobre sí misma, la persona humana perderá también su generosidad con la que se abre hacia fuera. Y, puesto el caso de que recuperara la vida orgánica con la resurrección de su cuerpo, sería incapaz de introducir el presente -para conocer- en el curso de su vida sensible (es decir, no podría articular el tiempo de su vida según la presencia); por lo que, derivadamente, perdería también su sincronía orgánica -carente entonces de sentido-, y su cuerpo sufriría daños con ello.
Y, dado que la belleza se atribuye a la esencia humana en cuanto que dependiente de la persona, la esencia de una persona frustrada como coexistente, por ser ésta incapaz de ocuparse de ella y quedar ella misma prácticamente aniquilada, será horrorosa: muy fea.
Nos cabe sugerir también que la persona entonces estará enfadada; como se enfada alguien que sólo quiere conseguir una cosa y, no pudiendo alcanzarla, ya no quiere nada más: y la toma con todo y contra todos. Cuando la coexistencia se frustra, a la persona solitaria no le interesa para nada su esencia, y la abandona: si el ser humano no encuentra el reconocimiento y aceptación divinos, ¿qué otra cosa le puede interesar?
Este enfado y abandono son algo peor que la alienación hegeliana; se parecen más bien al “no querer ser nadie” -señalado por Kierkegaard- propio de la desesperación: como una caída en el anonimato, en el de una persona sin yo.
Con todo, lo rigurosamente malo de una coexistencia frustrada es su carencia de sentido: su soledad y aislamiento, la desolación de la persona, su absurda coexistencia frustrada.
Como la dignidad de la persona humana es prestada -por creada-, la frustración definitiva de la coexistencia personal, al margen del creador, haría a la persona solitaria realmente indigna.
Ya hemos dicho que la antropología filosófica no puede pronunciarse con certeza sobre el destino del ser humano tras la muerte; entre otras cosas, porque la muerte es una anomalía misteriosa.
Pero también hemos dicho que sabemos de la inmortalidad del espíritu, de la subsistencia del ser personal, y que conocemos cuál es la índole de su coexistencia: a qué plenitud aspira y en qué consiste su fracaso. Desde ellas hemos aventurado un marco conceptual sobre el destino de la persona humana.
A aclarar ese marco conceptual ayuda también -a quien la tenga o la pretenda- la fe religiosa, en particular, el cristianismo. Especialmente en orden al destino de la persona tras la muerte, por tanto, hay que prestar atención a las relaciones entre la razón y la fe, entre la filosofía y el cristianismo.
Notas
- 21 POLO, L.: La persona humana y su crecimiento. Edición de las “Obras completas”, v. XIII. Eunsa, Pamplona 2015; p. 172.
- 22 In Symbolum Apostolorum art. 11, nº 164.
- 23 Contra gentes III, 151.