D. El yo: la esencia del ser personal
Cuando la persona humana sale de su intimidad, se abre hacia fuera: recibe un cuerpo y, a través de su crecimiento, logra (en unos dieciséis o dieciocho años: la mayoría de edad legal suele establecerse en esas edades) constituirse como un ser humano adulto, o sea, como un yo: alguien con interioridad, sí; pero mediante la cual la persona se abre hacia fuera, hacia todo lo externo.
El yo es algo interior, que goza de profundidad y altura (arrojarme a tu altura, ésa es mi profundidad, decía Nietzsche mirando al cielo); pero a través de esa profunda interioridad, la persona enlaza con los demás seres del universo y con las restantes personas humanas.
Principalmente mediante su propio yo, y no sólo mediante su cuerpo, la persona se instala en el mundo y se inserta en la historia.
Ser un yo, alguien, es la esencia del ser humano: lo que consigue ser una persona al existir; el yo es la manifestación propia y adecuada de la existencia libre de la persona, libertad que propiamente se extiende hasta la dimensión espiritual de la humana naturaleza; cuyo ápice está en la profunda interioridad del yo, que usa libremente de sus potencias espirituales.
Por tanto, ahora tenemos que tratar:
- de la distinción entre persona y yo (nº 9),
- y de las dos potencias del espíritu: la inteligencia (nº 10) y la voluntad (nº 11).
El yo se distingue de la persona como la acción del ser que la ejecuta; la acción se ejerce en el tiempo, la persona existe por encima de él. Y así es posible que alguien diga: hace años yo fui niño, yo estaba soltero y luego casado, yo engordé y envejecí, yo encanecí, etc.; es decir, el yo adopta distintas formas en el tiempo de su vida, pero la persona se mantiene siendo ella misma a través de todas esas variaciones.
Ricoeur ha hablado al respecto de una “identidad” narrativa, que aquí decimos propia de la persona; pues distingue, en el ser humano, su “ipseidad”: pues la persona es ella misma (ipsa) siempre; aunque, en su trayectoria temporal, no sea siempre lo mismo (idem): es decir, su propio yo no sea constante, siempre igual, sino que haya de forjarse y relatarse según el paso del tiempo.
9.1. Esencia y existencia en el ser humano
a) La persona humana es distinta de su esencia, es decir, del yo a que da lugar cuando se manifiesta, y mediante el que está en el mundo y en la historia. La persona es distinta de su esencia… pero, con todo, la requiere y se manifiesta en ella.
Se distingue la persona de su esencia porque la intimidad se abre hacia dentro, en busca de réplica y de aceptación; mientras que el yo es la apertura de la persona hacia fuera; desde su interioridad, sí, pero hacia las cosas y personas del exterior. En su intimidad, la persona busca a su creador, a quien allí no encuentra: su intimidad es precaria; y aspira a darle algo, pero allí no lo consigue: su intimidad es infecunda. Por eso, la persona requiere de su esencia, es decir, dispone de una naturaleza.
El ser humano carece de réplica, pero tiene esencia: ésta decimos que es, precisamente, su mismo disponer, para perfeccionarla -o sea, dotándola de hábitos adquiridos-, de la humana naturaleza. La persona busca, mas no encuentra; quien encuentra es el yo de cada quien, cuando mira hacia fuera. Y la persona da, pero ineficazmente; puesto que para dar algo se necesita actuar constituyendo los dones; y el ser humano actúa mediante su conducta libre cuando ha forjado un yo: que está situado en el mundo y en la historia.
La persona es la intimidad recóndita de cada quién: que permanece silenciosa y oculta, porque en sí misma es más bien inepta 17; el yo es la interioridad profunda de alguien mediante la que esa intimidad es capaz de manifestarse y actuar con plena libertad: para ello dispone -guiándola como desde arriba- de una naturaleza que ya ha hecho suya, y mediante la que actúa.
b) La persona dispone de su naturaleza, pero siempre conforme con ella. Es incorrecto pretender lo contrario: un añadido personal no inspirado en la vida recibida, sino arbitrario y contrario a ella; algo -por otro lado- que, en último término, además de incorrecto, resulta imposible: el ser humano no puede librarse de su propia naturaleza.
En este sentido cabe hablar de ley natural: la naturaleza nos impone como una ley, o mejor: es cierta ley para el disponer humano; pretender quebrarla (no ya mejorarla) produce consecuencias desafortunadas. La ley natural, como veremos, tiene principalmente un sentido ético.
Ello no obsta para la superioridad de la persona sobre su esencia: de la libertad personal sobre su manifestación. Pero así como la persona humana es creada, así también su esencia es concreada para ella por el creador.
c) La expresión psicosomática de la persona es natural, y estriba básicamente en la recepción del cuerpo: crecimiento y aprendizaje; pero la manifestación que constituye la esencia de la persona humana, su yo, es propiamente libre.
La expresión corporal de la persona no es enteramente libre, porque el cuerpo impone sus propios requerimientos; crecimiento y aprendizaje, además, permiten sí, pero también postergan, el desarrollo activo de las potencias espirituales.
Así como tampoco es enteramente libre la ulterior manifestación hacia fuera de la persona en la conducta exterior: en la que median condiciones históricas dadas y posibilidades culturales fijadas de antemano, que acaso limiten y hasta impidan la iniciativa propia.
La ética siempre ha distinguido los actos del hombre respecto de los actos humanos. Éstos, que son los actos propiamente personales, los enteramente libres, son los procedentes de una voluntad deliberada: aquéllos hechos con plena advertencia y perfecto consentimiento. Sólo ésos son estrictamente imputables al yo de cada uno.
d) El yo es el espíritu procedente de la persona como ser libre; no sólo un añadido a la vida recibida, sino una estricta aportación personal; por ser un añadido enteramente libre.
Esa aportación es manifestativa de la persona:
- que es luz, claridad: ahora vertida hacia fuera, para iluminar los asuntos que cada uno llega a entender, a conocer;
- que es también poder, un poder real: el de, saliendo de sí misma, constituir dones mediante las acciones voluntarias que cada quien ejerce;
- y que asimismo es vigor: habilidad para disponer de los medios a su alcance, y de los que cada quien usa al actuar.
Luz, poder, vigor… son plurales descripciones de la manifestación de la persona humana en su esencia; más importantes de señalar y diferenciar, cuanta mayor es la variable flexibilidad de la articulación entre ambas, como ahora vamos a ver.
Con todo, la persona humana, incluso cuando aporta libremente desde su propio yo, añade siempre vida a la vida recibida. Sin inspirarse previamente en ésta, no cabe aportar: sin previa experiencia sensible, la inteligencia no tendría modo de activarse; ni la voluntad sabría hacia qué dirigirse, si la inteligencia no le presentara -inspirada en la experiencia- un bien agible, realmente operable. Sin inspiración antecedente, sin guía previa, no hay añadido personal posible, o bien es un añadido arbitrario e ineficaz, desorientado.
9.2. La generosidad y docilidad de la persona
El espíritu procedente de la persona no se gesta y permanece en su intimidad, sino que se manifiesta hacia afuera, en la profunda y elevada interioridad de un yo. Para manifestarse en ésta, la persona humana da como dos pasos: primero sale generosamente fuera de sí misma, y luego acepta dócilmente la vida recibida.
a) Para constituirse como un yo, se requiere, previamente, la generosidad de la persona humana: esa generosidad por la que la persona se olvida de sí misma y sale desde su intimidad hacia fuera.
Por su generosidad, la persona humana -ante todo- reconoce, constata, otra existencia creada, la del universo exterior (y la del creador de éste); existencia que no es la suya, pero de la que no siente envidia: ni siquiera por su persistente referencia a la identidad existencial del creador.
La metafísica, es decir, el conocimiento de la existencia natural (que es esa otra existencia impersonal, la de los primeros principios; los cuales son mutuamente vigentes entre sí), no es tanto un saber propio de la inteligencia humana, como una obra de la generosidad de la persona; y tiene como recompensa suya la demostración de la existencia de Dios, el conocimiento de la índole originaria de la identidad del ser, que asegura o ratifica la ulterior búsqueda de réplica por parte de la persona humana.
En el saber metafísico, la persona renuncia graciosamente a actuar, a intervenir: como para “dejar ser” al ser extramental. La metafísica, entendida de esta manera, es un saber propio de la persona humana: el saber sobre los primeros principios. De acuerdo con ello, dijimos, la persona humana es el habitante del universo.
Pero, enfocada así, la metafísica plantea una severa exigencia metódica: eludir cualquier operación lógica, o toda dinámica del pensamiento, para formularse; se trata simplemente de advertir la existencia extramental, cuya persistencia y vigor causal corren por cuenta de ella misma, al margen de la mente humana y sus pensamientos.
Igual que en su intimidad la persona humana está abierta interiormente, con una apertura que luego se continúa hacia dentro en busca de réplica y aceptación; así también la persona, cuando sale de sí, se abre generosamente al exterior, descubriendo otra existencia que no es la propia, la existencia extramental: la del universo y la de su creador; y luego se continúa hacia fuera haciéndose con su cuerpo y constituyendo un yo, que es cognoscente y actuante, y encontrándose con los demás seres corpóreos.
Sin abrirse al exterior para coexistir con la existencia extramental, la persona humana carecería de base para salir desde sí misma hacia fuera, constituir un yo y encontrarse con los seres naturales. Esa base es el reconocimiento de la alteridad existencial: la persona se contradistingue de la realidad exterior a ella.
Cuando la persona humana se olvida de sí misma, generosamente, encuentra esa otra realidad distinta de ella, la del universo creado y la de su creador; y entonces puede manifestarse hacia afuera, como un yo: alguien que habita el mundo y está en la historia. Y, de esa manera, no sólo coexiste con la existencia del universo, dependiente el creador, sino luego también con todos los seres que lo integran, y muy en especial con las demás personas humanas.
b) La persona es generosa, y se olvida de sí misma para encontrar la existencia creada del universo y a su creador: es la metafísica.
Pero la persona además de generosa es luego dócil: acepta la naturaleza recibida sin queja ni presunción alguna; y le añade vida a la vida recibida hasta lograr manifestarse como un yo con entera libertad; desde él aportará obras exteriores a los demás y al creador.
Muestra de esa docilidad es la suavidad con la que la persona sale de sí y dispone de su naturaleza: sin reparos, sin obstáculos, sin dificultad alguna; la persona aspira ciertamente a la plenitud de su coexistencia, pero no se opone a olvidarse de ella y disponer de la naturaleza recibida; ni encuentra óbice a ceñirse al uso de ella, para alcanzar en la edad adulta la constitución de un yo que le permita actuar personalmente y aportar algo a fin de lograrla.
Indicio singular de esas docilidad y suavidad propias de la disposición esencial de la naturaleza humana por parte de la persona es la alegría, el buen humor: esa actitud dispuesta a mostrarse jocoso, jovial y complaciente; o la gracia y el garbo con los que la persona humana dispone de su naturaleza: una sonrisa, en efecto, embellece el rostro.
Por esto se dice que la risa es algo propio del ser humano; cabría añadir que como persona: porque la risa tiene algo de metalógico, de superior a la naturaleza. El ser humano, en efecto, conoce la secuencia lógica de los acontecimientos, la conexión con que se regulan; conoce, en suma, la naturaleza de las cosas. Y, cuando observa que esa trama lógica se rompe, que se quiebra, como cuando un caminante tropieza y cae, como si no supiera andar, le produce hilaridad, risa. Los animales no conocen la trabazón de los acontecimientos, y por eso sólo se quedan atónitos, o se asustan, cuando éstos no siguen su propio curso y se produce algo insólito; pero el ser humano se ríe. La sonrisa de la hiena o las algarabías de los macacos no se pueden comparar con la risa humana. Con todo, la carcajada histérica denota también cierta falta de control de uno mismo.
9.3. La dualidad de la esencia humana
a) La dualidad esencial de la persona humana son los actos de la inteligencia y de la voluntad: conocer y querer; mediante ellos, la intimidad personal se abre hacia afuera, aunque en la interioridad del yo: porque conoce y quiere en sus adentros; pero algo exterior, distinto de sí misma y de su plenitud interior.
Y como la voluntad termina en la acción voluntaria, podemos decir que la dualidad que manifiesta esencialmente a la persona humana es la del yo cognoscente y el yo actuante.
El yo, como alguien que está en el mundo y en la historia, se corresponde nuclearmente con esos dos planos de su esencia: el cognoscitivo y el operativo. El yo cognoscente está en el mundo, y desde su conocimiento lo habita. El yo actuante está en la historia, situado en un momento dado y en conexión con determinadas posibilidades operativas. El ser humano habita el universo en un lugar y un momento dados.
b) Por lo demás, al espíritu se suelen atribuir tres propiedades: la inmaterialidad (abstracción del pensamiento, universalidad de la verdad y del bien), la discursividad (progresividad en el tiempo, crecimiento, de sus acciones espirituales) y reflexión sobre sí.
Más que reflexión, lo que en el ser humano hay es una forma peculiar de crecimiento: un incremento de su potencia y un ascenso en los actos del espíritu; cuyos superiores toman por objeto a los inferiores, una vez ejercidos éstos.
En todo caso, tanto la inteligencia como la voluntad del yo vuelven - de uno u otro modo- sobre sí: el entender puede entenderse y el querer quererse, y querer querer más.
c) Cabe preguntarse qué facultad es la superior en el ser humano, si la inteligencia o la voluntad.
A la persona humana, además de su inteligencia, una potencia del espíritu que está en el plano esencial, le corresponde en su intimidad un intelecto personal. En cambio, la voluntad no es trascendental, propia de la intimidad personal: porque el amar (dar-aceptar) es interpersonal, y es distinto del amor del bien (constitutivo de los dones) propio de la voluntad. De aquí la superioridad del entendimiento: el ser humano es persona como ser intelectual, que sabe de sí y busca su réplica.
En cambio, el amar personal requiere del amor, objeto de la otra potencia del espíritu: que no es una actividad íntima, sino propia del yo, vertida hacia afuera; pues, como dice el refrán, obras son amores. Precisamente por eso, en su manifestación como un yo, en la esencia humana, lo superior es la voluntad. Sin ella el ser humano no podría completar con el don la estructura donal (dar/don/aceptar) característica de la persona; de aquí la superioridad del querer.
9.4. Flexibilidad de la distinción real en antropología
La jerarquía en las potencias del espíritu humano no es una cuestión baladí, o de detalle, sino una señal de la flexibilidad en la composición de esencia y existencia, coexistencia, en el caso del ser humano.
Ambas se comparan como la potencia y el acto; pero en el ser humano se da esa flexibilidad de la que hablamos, porque entre la potencia y el acto están los hábitos: actos que refuerzan la potencia, o que están en el ámbito de lo potencial. Cuando, además, hablamos de hábitos entitativos o innatos, no adquiridos u operativos, aludimos directamente a la plural articulación de la coexistencia personal con su esencia.
La flexibilidad de la composición de esencia y coexistencia en la persona humana se refiere finalmente a la culminación de la coexistencia personal: que, si se produce, elevará a su altura la propia esencia; pero en cambio, si fracasa, la abandonará, dándola por perdida. Ya lo veremos; pero por ahora tenemos de ello ya una señal anticipada en la jerarquía que media entre inteligencia y voluntad, y las distingue.
Porque la inteligencia se distingue del intelecto personal (del ser intelectual, que es una de las perfecciones trascendentales de la persona, de las que luego hablaremos: en el nº 18.2); y se distingue, en cierto modo, de forma antitética: porque aquélla encuentra, y éste busca; y se busca en tanto que no se encuentra, o se encuentra en tanto que se omite la búsqueda.
Lo que el ser humano con su naturaleza lógica puede encontrar, no es lo que como persona intelectual busca; ésta es la clave de la doctrina poliana del límite mental: que lo que la inteligencia humana encuentra –dada su condición- se distingue de lo que el intelecto personal busca, que en definitiva es la réplica de la persona.
Dios es pensable por la inteligencia humana; pero si ya el fuego pensado no quema, y el yo pensado no piensa, con mayor razón aún el Dios pensado no es el Dios viviente, que busca el ser humano; capaz de acoger la propia libertad: el hijo de Dios que es réplica del padre.
De modo que la inteligencia se distancia de la persona, que es un ser libre; y por eso hasta se somete a la necesidad lógica: de las premisas se infieren las conclusiones, de los antecedentes los consiguientes. Dicen que a Hegel una señora le agradeció su conferencia felicitándole: “me han gustado mucho sus ideas”; y que Hegel le espetó: “¿cómo mis ideas? ¡No!: las ideas”; porque la lógica te lleva ella misma de concepto en concepto, y el propio yo no interviene en la génesis de esas concepciones, ni en sus conexiones.
Cierto: el yo no interviene en lo pensado, que ha de ser inteligible por cualquiera y por todos; pero -sin embargo- el abandono del límite mental, que ha propuesto Polo para la filosofía, es metalógico: un crecimiento de la libertad personal que fecunda los hábitos intelectuales innatos de la persona, aboca así a nuevos temas, y logra encontrarlos por encima de la inteligencia y de su lógica.
En cambio, cuando hablamos de la voluntad, hay que decir que el amar personal requiere el amor: que el dar precisa del don; y por esta razón la voluntad está más cerca de la persona, que acude a ella para completar su donación, colmando su dar con dones; el ser humano en su intimidad no puede producir dones, pero accede gustoso a la acción voluntaria para constituirlos. Por esto la voluntad humana depende de la persona, que siempre ha de decir “yo quiero” para activarla: porque la persona recurre a su voluntad para completar la estructura donal de su ser personal.
Notas
- 17 Tomás de Aquino decía algo parecido al afirmar que era la inferior de las sustancias espirituales: pura potencia en el orden de los seres inteligibles: nuestra alma, en el orden de los inteligibles, es como potencia pura, como la materia en el orden de lo sensible (De veritate X, art. 2).