a) Heidegger en Ser y tiempo acuñó la descripción del ser humano como ser-en-el-mundo; pero, si consideramos que el ser humano, además de humano es persona, aún es mejor la descripción del ser humano como un ser que está-en-el-mundo, aunque su existencia no se agote con ello.
Pues bien, el ser humano está-en-el-mundo de una doble manera:
- no sólo está en el mundo físicamente, a saber: ocupando un lugar, digamos en la periferia del planeta tierra;
- sino que además está ante el mundo: está en el mundo conociéndolo, presenciándolo, lo tiene delante.
El mundo humano se distingue así del entorno, del mundo circundante propio de los animales y de la niñez; mundo entorno que está integrado sólo por aquellos estímulos que les resultan significativos en orden a su vida, y a los que pueden responder con alguna conducta. Ante la persona está, en cambio, la entera realidad; de la que su inteligencia -a partir de los sentidosle suministra una inicial información.
Con todo, el intelecto personal no se limita a elevar la experiencia sensible para tornarla inteligible (como Aristóteles pensó que ocurría, y atribuyó al que llamó intelecto agente); sino que busca la réplica: y fruto de ésa, su actividad propia, contagia dinamismo a la inteligencia, a la que activa continuamente, incrementa y repotencia.
El objeto de la inteligencia es la verdad: la manifestación de los seres interiorizada, asumida y expresada por la mente humana. La diversidad de personas, cada una con su propia experiencia y su personal enfoque de las cosas, justifica el pluralismo (perspectivismo, decía Ortega), pero no el relativismo; porque las propias opiniones se contrastan con las de los demás mediante el diálogo y la argumentación; y porque somos capaces de ponernos en el punto de vista del otro, y entenderlo.
b) La inteligencia humana no es una inteligencia como la de los animales, sólo que mucho más desarrollada. Que no es así se aprecia en que no sólo procesa información tomada del exterior; sino que además instrumenta otra procedente del interior de la persona; que es un ser intelectual, tal que sabe de sí, de su propia existencia.
El conocimiento intelectual humano, por tanto, no sólo tiene una dirección centrípeta, como hacia dentro: la de captación o recepción de la información tomada del exterior a través de la sensibilidad; sino que tiene además otra dirección centrífuga y como hacia fuera: desde lo que la persona sabe sobre sí, brotan también nociones y noticias que le ilustran y ayudan a entender las cosas.
De manera que hay como dos itinerarios en el yo cognoscente: uno ascendente que va desde la experiencia al yo, y otro descendiente que deriva desde éste hacia aquélla. Estos ascenso y descenso muestran la altura del yo cognoscente.
10.1. El ascenso desde la experiencia
El yo está ante el mundo, pero no se agota con la presentación del mundo, o al presenciarlo. No se agota ante todo porque valora: aprueba o reprueba lo que ve; y por tanto es capaz de aspirar a modificarlo y de lograrlo. Es decir, no se agota presenciando el mundo, en primer lugar, porque al conocimiento siguen luego la tendencia y la acción.
a) Por otro lado, el yo cognoscente no se agota tampoco con la presentación del mundo porque la inteligencia humana es operativamente infinita, capaz siempre de seguir ejerciéndose a partir de las informaciones inicial o previamente obtenidas. Ello es una muestra del carácter inagotable del ser personal, del que la actividad de su inteligencia depende.
Por consiguiente:
- presenciar el mundo… lo primero;
- pero luego suscitar nuevas ideas para conocerlo mejor, para extender nuestro saber sobre las cosas;
- y más tarde aún, encontrar las razones que justifican lo que en el mundo ocurre, es decir, conocer sus principios reales;
- y finalmente pensar números y establecer funciones que nos permitan medir lo que tenemos delante; para así formular nuevas correlaciones entre los factores integrantes de la experiencia, y acaso entonces dominarlos: manipularlos y modificarlos.
Todo esto es tarea de la inteligencia humana.
A la experiencia siguen, por tanto, después la ciencia, la ontología y las matemáticas. Juntas las cuatro forman la plural operatividad de la inteligencia humana, el ejercicio de la actividad teórica del ser humano.
Heidegger ha señalado, con acierto, que el notable desarrollo de la ciencia en la modernidad no se ha debido tanto a una mayor experimentación, como a la matematización del pensamiento; especialmente en las ciencias naturales, porque en las ciencias humanas resulta mucho más difícil y menos fructífera esa matematización. Dilthey, por esto mismo, atribuyó a las ciencias naturales la explicación de los hechos, y a las ciencias sociales la comprensión de ellos.
Con todo, no hay que olvidar nunca que contar es tarea muy difícil para el ser humano; porque la realidad física no es lógica, como sí lo es la mente humana que intenta numerarla.
b) Además de esas cuatro operaciones mentales con las que logramos los cuatro saberes mencionados, el ser humano adquiere hábitos en su inteligencia: los hábitos intelectuales son el conocimiento de las operaciones mentales ejercidas.
Con la adquisición de esos hábitos la inteligencia humana se repotencia para ejercer nuevas y superiores operaciones; hasta el punto de que sin ellos la inteligencia no podría pasar de ejercer una operación a la siguiente, que es superior; por tanto, viene a haber tantos hábitos de la inteligencia como operaciones jerárquicamente distintas, es decir: cuatro (aunque, por mor de la precisión, habría que añadir que la razón humana, con la que conocemos los principios reales, ella sola tiene tres actos: concepto, juicio y raciocinio, con sus consiguientes hábitos).
Y aún después de las operaciones y sus hábitos, la inteligencia humana adquiere experiencia intelectual: que se logra mediante la práctica y el ejercicio; los cuales le permiten el conocimiento de los hábitos adquiridos.
De modo que el yo cognoscente es, globalmente considerado, muy profundo: pluralidad de operaciones primero, luego hábitos, a su vez plurales, y finalmente experiencia intelectual; así que el yo cognoscente no se reduce sólo a las interiores opiniones sobre las cosas que cada uno tiene.
10.2. El descenso desde la persona
a) A su vez, los hábitos de la inteligencia -en su sentido descendente desde la persona- tienen la virtualidad de idear las operaciones mentales de las que proceden sin necesidad de ejercerlas; y entonces las dotan de un sentido simbólico: son símbolos ideales, no sólo imaginativos o fantasías.
Los ideales de la razón humana vienen a ser, como ya señaló Kant, el mundo -en su conjunto-, el ser humano -en su interior: su alma- y Dios, como el ser absoluto, trascendente al mundo y al ser humano; de esos ideales tenemos un conocimiento simbólico, aunque no tengamos un conocimiento preciso, exacto y enteramente objetivo de ellos.
La capacidad simbólica de la mente humana amplía el ámbito de su saber con formas de conocimiento que -no por vagas o imprecisas- son falsas, irreales o inhumanas. Por más que la ciencia sea la obra maestra del pensamiento humano, no debemos despreciar esas otras formas de saber más simbólicas y de carácter práctico: como son también los ritos, los mitos, la magia y eventualmente otros saberes soteriológicos.
Los símbolos ideales, y estas otras formas de saber, fundamentalmente práctico, ayudan a reconocer la limitación de la mente humana, a adquirir perspectiva, y a no absolutizar dogmáticamente nuestras ideas.
b) En sentido descendente, la experiencia intelectual -por su parte- aclara el sentido de los símbolos ideales, aunque no llega a descifrarlos; su desciframiento, es decir, un mejor conocimiento de las realidades a que apuntan, compete a la filosofía: que es un ejercicio intelectual distinto de los mencionados hasta ahora; ya que, no siendo un saber práctico, tampoco es meramente teórico.
La altura de la filosofía como actividad intelectual se aprecia en que la metafísica procede de la generosidad de la persona, como hemos dicho; y aún más se aprecia en la antropología filosófica: en la que la persona pone en juego su propio ser, que es el de alguien que sabe de sí.
c) Como un ejemplo, diremos que el primado de la realidad sobre la verdad pensada por el ser humano es un importante fruto de la experiencia intelectual.
En nuestra época priman la imagen, la fantasía, el icono y el espectáculo. Este primado es quizás indicativo de la independencia de la libertad humana respecto del mundo, y de su creatividad; pero colisiona con el primado de la realidad que la experiencia intelectual demanda para la vida humana -que se despliega en el universo real-, y puede producir problemas a la persona.
Hoy, en particular, el cine y los videojuegos suscitan, en buena parte, una ficción enteramente absuelta de la realidad y excesivamente fantasiosa; tal que nos induce a introducirnos en unos mundos completamente alejados del existente, en los que básicamente sólo cuenta la vivencia subjetiva que se experimenta con ellos. Ello puede resultar entretenido, pero también distorsionar la ubicación en la realidad de la persona, especialmente de los jóvenes; retrasando por ello su maduración, o embaucándoles con ensoñaciones que les alejan de las circunstancias más inmediatas y ordinarias de su vivir. Por lo demás, resultan peligrosamente adictivos, además de que reducen la propia creatividad personal.
10.3. El lenguaje y el uso práctico de la razón
El conocimiento se continúa después con la acción práctica, que plasma nuestras ideas en la realidad exterior mediante la configuración de nuestra conducta: así se conforman las técnicas, de las que luego hablaremos (nº 14.1).
a) La prototécnica es el lenguaje; con el que articulamos sonidos para asignar un significado a una voz.
La inteligencia humana se destaca de toda capacidad cognitiva animal por el uso del lenguaje; uso que exige el sistema fonador, cuya peculiar formación en el ser humano -en ocasiones problemática para las funciones nutritivas- está facilitada por el gen “FoxP2”; el cual no aparece en los animales, pues es específicamente humano.
El lenguaje es expresión del pensamiento, pero más aún es vehículo de comunicación.
Importa notar al respecto que hay un lenguaje natural: la expresión de la interioridad de un viviente mediante gestos, voces o conductas; este lenguaje aparece ya en los animales.
Cuando el lenguaje deja de ser meramente expresivo y orientado a la vida orgánica, es decir, cuando desborda la emisión de una señal acerca de algo, que seguirá el que la recibe para afrontarlo; entonces posibilita su referencia a la entera realidad y su emancipación respecto de la conducta, de modo que permite la interlocución y el diálogo: puesto que entonces son posibles la respuesta y la contestación ajenas; todo ello remite a la argumentación, y requiere ya un lenguaje convencional: no natural, sino construído por el ser humano.
En él se enlazan las cuatro funciones del lenguaje que distingue Popper: las dos básicas, la expresiva y la comunicativa; y las dos derivadas, la descriptiva y la argumentativa.
Además del natural, hay -por tanto- un lenguaje convenido: establecido por el ser humano. Este lenguaje no se inventa, sino que se aprende; no sale de dentro de uno, sino que se toma de fuera: te lo han de enseñar. Es, por tanto, social, no una invención individual. Por eso, más que para expresar los estados interiores de la persona, sirve para recabar información de alguien, y para comunicarla a alguien; hasta el punto de que se omite sin interlocutor.
La distinción entre lo dicho y el decirlo, en que prima este último como relación con el interlocutor (por ejemplo, hablar -aunque sea del tiempo- como deferencia por estar con alguien), es muy relevante para entender el lenguaje como algo propiamente humano; es decir, como lenguaje convencional, que es esencialmente dialógico: comunicativo más que expresivo, ordenado al diálogo por referido al interlocutor.
La semiótica, que es la ciencia que estudia los signos del lenguaje humano, se suele dividir en cuatro partes: morfología, semántica, sintaxis y pragmática. El acto fundamental de la sintaxis es la predicación: la atribución de un predicado a un sujeto; y parece ser una estructura común a todos los idiomas que en la historia se han dado. Por lo demás, el ser humano parece ser el único viviente que usa un lenguaje sintácticamente articulado; es indicio de su inteligencia.
b) La continuación del conocimiento que el lenguaje incoa nos remite a la cultura: al cultivo de la naturaleza, propia y ajena, que lleva a cabo el ser humano al actuar.
Con el lenguaje cultivamos ante todo la proferencia de sonidos y su articulación, así como -más importante aún- las relaciones sociales; pero hay otras muchas acciones y productos de las mismas que el ser humano puede cultivar análogamente. Tal cultivo es una manifestación de la persona hacia el exterior; que sale desde la interioridad del yo hacia fuera, y da lugar a la cultura externa.
Antes de examinar la cultura (sección E) es importante notar que ya en el interior de la mente humana, previo a la acción y a la cultura, y posibilitante de ambas, hay una racionalidad que llamamos práctica, no sólo teórica.
La diferencia entre ambos usos de la razón -teórico y práctico- está en la voluntad. Ya que la inteligencia humana, cuando vehicula sus ideas en la acción, lo hace porque quiere. Y, en tales casos, cuando la inteligencia se ocupa de dirigir la propia voluntad, y no sólo de conocer la verdad de los seres, se torna razón práctica. Sin querer nadie actúa humanamente, pero sin saber práctico tampoco: puesto que para actuar hay que saber hacerlo. Pero la razón práctica y la razón teórica no son dos facultades, sino una sola inteligencia, con dos usos diferenciados; entre ellos -cabe insistir- media la voluntad.
El ejercicio práctico de la razón tiene sus propios actos; básicamente tres:
- la concepción de fines y proyectos;
- la deliberación entre opciones, en orden a la elección de los medios; a esta deliberación ayuda el acopio de información, y el consejo externo;
- y la orden o el imperio, al que sigue la ejecución de las acciones.
Tales actos generan sus correspondientes hábitos, todos ellos englobados en la virtud de la prudencia, y en las habilidades prácticas adquiridas (artesanales, técnicas, productivas…).