II. La persona que vive en el mundo y en la historia
Cuando la persona humana sale de su intimidad y se abre hacia fuera, se manifiesta como un viviente y logra actuar; para ello precisa ante todo del cuerpo vivo, de la propia carne: es en primer lugar con él, con ella, como el ser humano se ubica en el mundo y entra en la historia.
Pero, además, el carácter inagotable del ser personal demanda el crecimiento, mediante el que la acción de la persona humana se divide como en tres etapas:
- primera, la organización del propio cuerpo, la asunción por la persona de la naturaleza humana recibida, hasta que cada quien llega a ser uno mismo, un adulto formado (sección C);
- después, la constitución de la interioridad del yo, mediante la que la persona humana actúa libremente; es lo esencial de la persona humana: su comportamiento libre (sección D);
- y finalmente el despliegue exterior de la conducta que da lugar a las obras externas, a la cultura humana (sección E).
A todo ello precede, como hemos dicho, el nacimiento; y sigue el legado que deja la persona a los demás tras su muerte.
En definitiva, la intimidad de la persona humana es su apertura interior, que se continúa hacia dentro en busca de réplica y aceptación. Pero la persona no sólo mora en su intimidad, donde es más bien infecunda, sino que se abre hacia fuera, se manifiesta y actúa. La persona se manifiesta en su cuerpo, en su espíritu y en sus obras (secciones C, D y E): como quien se enfada… primero se altera interiormente, se malhumora y se le aceleran los latidos del corazón; luego gruñe, pone mala cara y protesta; y además finalmente tira los papeles y da un portazo al irse.
Con todo, no es lo mismo la expresión –principalmente corporal- que la manifestación –propiamente espiritual- de la persona. Ambas son actividades de la persona fuera del ámbito de su intimidad; pero una es propiamente libre y la otra no, porque para manifestarse libremente la persona ha de haber alcanzado una cierta edad y algún desarrollo de sus dinamismos cognitivos y motores. La expresión corporal es una actividad de la persona, aunque no estrictamente personal; en cambio, su manifestación libre son ya las acciones propiamente personales.
Paralelamente, la libertad del ser personal nos ofrece sus distintos niveles:
- el primero psicofísico; pues constituye el ápice culminar del desarrollo del organismo: el cuerpo humano está abierto a la libertad, ya que una vez desarrollado permite su libre disposición, su uso por la persona;
- el nivel social después, que estriba en la asimilación interior del propio estatus social: es la libertad requerida por un adulto para afirmar la propia personalidad frente a los demás y junto con ellos;
- y finalmente, como una manifestación de ambos niveles, las distintas libertades prácticas de la conducta externa.
Todo lo cual progresivamente manifiesta en la acción la existencia libre de la persona humana.
La libertad más propia del ser personal, la vinculada con la apertura al futuro de su intimidad, es aún más radical que estas libertades en las que se muestra: es la cumbre, de la que éstas son como sus laderas. Porque, la libertad trascendental de la persona, como propia de un coexistente, permite llegar a algo así como la libertad respecto de sí mismo; a fin de coexistir según la réplica y desde ella: desde aquél con quien la persona humana aspira a culminar su coexistencia.
C. El cuerpo: la expresión natural de la persona
La recepción del cuerpo por la persona que nace consiste en lo siguiente, o comporta estos tres extremos:
- la dotación al cuerpo de potencias espirituales (nº 5),
- la individuación del propio organismo (nº 6),
- y su peculiar crecimiento, distinto en cada persona y ligado al aprendizaje (nº 7).
De esta manera la persona se va haciendo poco a poco con su humana naturaleza, hasta que cada quien logra ser uno mismo, por completar su dominio sobre ella ya en la edad adulta (nº 8); y está entonces preparado, como persona encarnada, para aportar personalmente y desarrollar su propia obra.
Ante todo, la inserción de las potencias espirituales, inteligencia y voluntad, en el cuerpo humano que cada quien recibe.
a) Como esas potencias son inorgánicas, no se heredan (a lo sumo se heredan virtualidades de la fantasía, que es orgánica; y predisposiciones de los apetitos sensibles, que también lo son); pero las potencias espirituales brotan de la persona que recibe la vida, aunque afectan al organismo en que se insertan. Ya que, aun siendo inorgánicas, las potencias espirituales se inscriben en el cuerpo recibido, tal que pertenecen a la humana naturaleza: porque el cuerpo humano sería inviable sin ellas.
Según dicen los antropólogos: la hiperformalización cerebral del hombre (cuyo cerebro pesa 1 kilo, ocupa 1 litro y tiene unos 7 millones de neuronas adaptativas; magnitudes todas que duplican las de cualquier animal), y asimismo la debilidad de los instintos humanos (también palmaria, pues por lo general están muy inhibidos en el ser humano), demandan la inteligencia y la voluntad, las potencias del espíritu.
Sin ellas, el alto desarrollo del organismo humano sería inservible; como pudo sucederle al Neandertal -homo neanderthalensis, que vivió en el pleistoceno superior, entre los 200.000 y los 50.000 años antes de Cristo-, cuyo cerebro tenía mayor volumen cerebral que el humano (pasaba de litro y cuarto y llegaba casi a litro y medio); pero -al carecer de inteligencia- no supo usarlo, y se extinguió posiblemente por ello. Hay otras interpretaciones de la extinción de esta especie primitiva de hombre, también atendibles; pero en todo caso ésta es bien instructiva.
El ser humano, por tanto, ya a nivel corpóreo, aunque como consecuencia de las potencias espirituales, tiene una mayor capacidad de atención, de estimación del porvenir, de formalización de imágenes, de generación de conductas, etc. que los animales. De modo que las facultades orgánicas del ser humano (la percepción, la fantasía, la memoria, los apetitos y tendencias sensibles) tienen una distinta y superior configuración en el ser humano que en los animales; por el hecho de disponer de potencias espirituales y, en cierto modo, como preparando su uso.
El cuerpo humano, en suma, no es como el de cualquier animal; sino que es específicamente un cuerpo humano: orientado hacia la vida espiritual de la persona.
b) El cuerpo humano precisa de la inteligencia y de la voluntad porque es un cuerpo inacabado: no termina -por ejemplo- con una piel curtida que le proteja del medio externo, ni con alas para volar, ni con los otros recursos de los animales; pero, de acuerdo con el mito platónico de Prometeo y Epimeteo 13, dispone de inteligencia para remediar esas carencias mediante artificios, que son sus posesiones y tenencias materiales: tiene ropa, inventa hachas y martillos, fabrica diversos utensilios, etc.
Por ser tan inmediata la conexión entre el inacabado cuerpo humano y sus posesiones corporales, el derecho de propiedad -el derecho a la propiedad privada- es casi natural en el ser humano; aunque no es absoluto, porque no se corresponde con toda la realidad de lo que el ser humano es, sino -ante todo- con la potencialidad de su organismo.
Ese inacabamiento del cuerpo humano se muestra en la gran plasticidad del organismo, como ha señalado Plessner; y constituye la que diríamos apertura biológica del ser humano: que apela a completar la insuficiencia de su organismo con las tenencias corpóreas, las cuales son obras del espíritu humano.
No sólo el cuerpo humano está inacabado, y requiere el uso de la inteligencia para finalizarlo, sino que el universo mismo está incompleto si el ser humano no lo cultiva y lo lleva hacia su plenitud. El ser humano es una persona, un ser espiritual que sabe de sí; pero es una persona corpórea: que está al cuidado del universo, pues tiene encomendada su habitación. El ser humano es el habitante del cosmos.
c) El inacabamiento del cuerpo humano se aprecia especialmente en estos dos fenómenos:
- Ante todo, el vestido, paradigma de estos hábitos corporales (como aquél hábito del que decimos que no hace al monje); los hábitos corpóreos cualifican al ser humano y le permiten su relación con las cosas, y sin ellos -como decimos- sería inviable el organismo humano, lo que se muestra en que nace desvalido: desnudo.
El vestido es una tenencia corporal (ante todo, relativa a la temperatura del medio externo) muy característica del ser humano: pues su cuerpo nace desnudo, y requiere vestidos; que además cubren las zonas más íntimas de su organismo (reservadas para el cónyuge y para la procreación): es la virtud del pudor. El nudismo se opone a ambas dimensiones de la vestimenta humana; su contrario vendría a ser la exageración de la moda: que llega a hacer efímero, y hasta impersonal, el uso de la ropa.
- El inacabamiento del cuerpo que apela a los hábitos corporales lo expresa también, de un modo privilegiado, la mano, como glosó Tomás de Aquino en su comentario al libro III del De anima de Aristóteles: es un órgano de órganos, que sustituye a los demás órganos dados a los animales para la defensa, el ataque o el vestido, cosas todas éstas que el hombre se prepara con las manos. La mano no es garra ni pezuña, pero es apta para utilizar cualquier instrumento sustitutivo de ellas (y también para mediar en las relaciones con las personas, a las que se acaricia con ella, y a las que -en algunas culturas- se les saluda chocando las manos, en lugar de con un beso).
Es, en suma, un instrumento de instrumentos; y por eso en otras culturas se levanta para saludar, mostrándola desarmada. Es signo entonces de la propia inteligencia humana, que análogamente sirve para pensar cualquier cosa; como también lo es el mismo lenguaje, que de manera semejante sirve para decirlo todo.
d) Las tenencias corporales, que son externas, no son -por eso mismola más alta forma de tener del ser humano: pues la persona tiene también conocimientos (posesiones inmanentes) y posee virtudes (aún más interiores), que implementan su capacidad operativa; y además de tener, el ser humano -como persona- es capaz de dar. Pero en este primer nivel, el de la posesión corpórea, se aprecia ya que el cuerpo de la persona es un cuerpo humano, no animal.
El cuerpo humano, en efecto, es apto para la libertad: de él usa un ser libre. La libertad se abre paso en la constitución psicofísica de la persona humana como su coronación global; por eso carece de localización cerebral: las abarca todas.
Mediante esta dimensión corporal de la libertad el ser humano supera la sola interconexión animal con el mundo circundante, de la que el ser humano ya no depende; pues dispone de todas las conexiones que establece: las reúne y las domina. Y por eso, la libertad humana es, ante todo, una libertad encarnada, incorporada.
e) No hay persona humana sin cuerpo, pero la persona no es su cuerpo. La persona, al nacer, recibe el cuerpo y, al crecer, lo hace suyo; pero a veces es un cuerpo con alguna deficiencia, incluso tal que impide la ulterior manifestación íntegra y libre de la persona.
Pero como la persona se distingue de su cuerpo, pues lo recibe y organiza para abrirlo a la propia libertad, persona es también, digna de todo respeto y sujeto de todos sus derechos, la que recibe un cuerpo deficiente, incluso aunque le impida llegar a organizarlo bien para manifestarse a su través con plena libertad. O aquella otra cuyo cuerpo se ha deteriorado, por enfermedad o accidente, hasta el extremo de impedir una manifestación suya enteramente personal. Son personas, aunque no puedan manifestarse enteramente como tales. Una persona, aunque tenga un cuerpo anómalo (por ejemplo, con el síndrome de Down, que es la trisomía del cromosoma 21), no deja de ser persona por ello.
Por lo demás, nunca terminamos de saber si la ausencia de manifestación completamente personal en tales casos (como, por ejemplo, en los enfermos de Alzheimer) se debe a un deterioro en la entrada de la información, o bien en la emisión de respuesta personal con la conducta; es decir, si dicha deficiencia muestra una imperfección en la receptividad del organismo, o más bien otra en su operatividad activa: tal que una u otra, o ambas, le impiden a la persona manifestar libremente su añadido personal. Conocemos personas que, aun incapaces de reaccionar ante los estímulos externos, han mostrado, de modos muy curiosos, recibir el afecto que se les proporciona.
Afortunadamente, hoy en día prestamos mucha atención a los minusválidos y discapacitados.
Notas
- 13 Cfr. Protágoras 320d-321d.