La manifestación estrictamente propia de la persona no acontece hasta el uso de la razón: cuando el adolescente empieza a percatarse de su propio yo; y a reaccionar distinguiéndolo y separándolo de todo lo demás y de todos los demás, acaso incluso con rebeldía.
a) El uso de la razón no es una denominación meramente indicativa de un momento o época de la vida, sino una designación propia de lo que acontece entonces.
La inteligencia es una potencia de la naturaleza humana, que se inscribe en la vida recibida, porque sin ella el cuerpo humano es inviable. Pero los actos de esa potencia son personales, libres: la persona usa de su inteligencia.
La sola potencia intelectual, que el cuerpo humano requiere, no sólo aumenta nuestras capacidades orgánicas, como hemos dicho, sino que además padece los sueños: cuando la imaginación le envía fantasías sin estar activa la inteligencia (lo que ocurre al dormir, pero también estando despiertos: son los ensueños). También los niños sueñan, y por eso no les convienen aquellas fantasías que perjudican su descanso.
Como fenómenos propios de la persona, aunque tenga pasiva su inteligencia, los sueños son eventualmente susceptibles de interpretación; aunque en alguna ocasión ésta sea ciertamente aviesa, vinculada a temáticas escabrosas, como es el caso de Freud; otras interpretaciones, en cambio, tienen un carácter bien distinto: más bien profético o religioso, como las que se practicaban en el mundo antiguo.
Los actos de la potencia intelectual, en cambio, son ya personales: de la inteligencia usa la persona. Y no se puede usar aquello que se desconoce tener. El uso de la inteligencia exige entonces la conciencia: el reconocimiento de la propia inteligencia, que es su primer acto: su despertar; una vez conocida la inteligencia, entonces la persona puede usar de ella.
Con todo, el uso de la razón no es subitáneo; sino que seguramente comienza siendo algo intermitente y preferentemente práctico; como muestran los humanos prepersonales.
Además, la conciencia y el uso de la razón no anulan los niveles subconscientes que también tiene, y sigue teniendo siempre, la mente humana. Ni otros niveles más bien inconscientes, o mejor preconscientes: pues acaso se eleven luego a la conciencia; espontáneamente o mediante algunas técnicas psicológicas: como el psicoanálisis y otras terapias, cual la logoterapia de Frankl, u otras análogas de sus seguidores y afines.
b) Después de la adolescencia, la juventud muestra ese sobrante de vitalidad, que ya no se ocupa sólo de sí misma, para hacerse cargo del propio cuerpo mediante el crecimiento y el aprendizaje, sino que sirve ahora para que cada quien se vuelque también hacia fuera de sí mismo.
El aprendizaje humano en la adolescencia exige la formación secundaria; a ella sigue en la juventud la educación superior. Que no es una formación terciaria, de carácter práctico (algo a lo que hoy tendemos, por subordinar la formación superior al mercado laboral); sino que, como su propio nombre indica, es una educación superior a las demás: por ello no puede ser universal, y es la formación más alta.
Desde su juventud, el ser humano precisa además otra clase de aprendizaje, que no se adquiere en ningún centro de formación: es la experiencia; el ser humano ha de aprender a vivir, a desenvolverse en las vicisitudes de la vida, llena de circunstancias muy diversas y a veces penosas; porque nadie viene enseñado para afrontarlas, y porque -por lo generalrequieren una respuesta personal.
Por lo demás, el aprendizaje humano no acaba nunca; ya que las situaciones en que vivimos son cambiantes e imprevisibles. Con todo, conviene aprender cuanto antes aquello que resulta más decisivo para la coexistencia de la persona.
c) Tras la juventud, llega la madurez: ciertamente, el tiempo del despliegue de actividades; razón por la cual es también la época de la sabiduría, fruto de la experiencia; tanto exterior, en el trato con cosas y personas, como interior: la experiencia de sí mismo.
Sobre los cuarenta años suele producirse una especie de crisis: parece que uno ya ha terminado de hacerse, sus expectativas de futuro se ajustan y reducen, se percibe que se han desperdiciado proyectos factibles, y se tiende a pensar que uno está repitiendo siempre lo mismo. Cambios de costumbres, nuevos proyectos y algún divertimento, ayudan a superar esa crisis; que por lo demás suele ser liviana.
Y finalmente adviene la vejez, el progresivo debilitamiento de la vida corporal, más acelerado en unos casos que en otros; y que obliga por último a renunciar a la vida recibida y aceptar la muerte; con ella el ser humano sale del mundo y deja la historia. En ocasiones, la vida recibida puede ser también sacrificada.
d) El envejecimiento, como su inverso el crecimiento orgánico, o como también otras situaciones vitales, como -por ejemplo- el embarazo, no son enfermedades; sino coyunturas especiales de la vida corpórea. Las enfermedades, por su parte, son indisposiciones de la vida recibida; que, aunque limitan, no impiden, sino que -a lo sumo- encauzan el añadido personal.
El cuidado de la salud (ese silencio de la propia vida orgánica) procura un bien muy estimable, pero que no es el bien más alto al que puede aspirar la persona; atendiendo sólo a la vida corporal, además de la salud, y compatible con una cierta imperfección de ella, está el bienestar. En atención a él, se puede decir que hoy en día el recurso a la medicina es un tanto excesivo.
Y asimismo una excesiva dedicación al cuidado del cuerpo: con particular atención a la dieta, o a la práctica del deporte y al ejercicio físico, o a la decoración del cuerpo con pinturas, tatuajes y colgantes, etc. es indicativa de cierta superficialidad o desorden en las motivaciones vitales; y puede llegar a provocar algunas patologías psíquicas, como la anorexia. A la cirugía estética innecesaria le ocurre lo mismo; o bien es un intento de retener artificialmente la juventud ante el inexorable paso del tiempo, cosa realmente imposible.
La persona humana es una intimidad solitaria, que se manifiesta hacia fuera añadiendo vida propia a la vida recibida: se hace con el cuerpo que recibe de sus padres y lo individúa como expresión de sí misma. Cada ser humano es uno mismo; lo que denominamos como el “sí mismo” de la persona muestra su asunción de la humana naturaleza. Que luego va creciendo hasta que consigue aprender lo suficiente como para establecer la interioridad de su propio yo; desde la que se manifestará con plena libertad, y actuará con sus propios criterios.
El adulto es dueño de su libertad, que ya controla suficientemente su propio organismo y ha interiorizado su situación social forjando un mundo propiamente suyo, personalmente asumido: así constituye la interioridad de su propio yo, con toda su profundidad y altura. Entonces y a partir de ahí, la persona se manifiesta libremente: actuando como alguien, como un yo: en su interioridad y hacia el exterior.
La persona, desde la vida recibida, añade, agrega, da; y cuando ya ha preparado suficientemente su organismo y ubicación social, aporta con entera libertad y se manifiesta adecuada e íntegramente. El yo no es la persona que cada quien es (ahora lo veremos), sino su manifestación hacia fuera: principalmente en la interioridad autónoma con la que un viviente corpóreo como el ser humano se relaciona con lo externo y actúa hacia fuera de sí mismo.