En segundo lugar, la recepción del cuerpo por la persona que nace, y por ser ésta distinta de toda otra, original e irrepetible, comporta una peculiar individuación de la especie humana. La persona humana es, por tanto, una persona corpórea, encarnada, carnal.
a) La individuación de la naturaleza humana por parte de la persona que la recibe es, ante todo, su tipificación.
Los tipos humanos no son primariamente clases, categorías, o géneros universales; son, por el contrario, la singular individuación de una naturaleza común a todos los seres humanos.
No son, por tanto, esas clasificaciones que nos hablan de un tipo colérico o flemático, otro tipo extrovertido o introvertido, o bien eslavo u oriental, etc. Sino que son tipos en sentido individual, singular: como cuando hablamos de “¡qué típico tuyo es este gesto!”, o de “¡qué tipo tan curioso he conocido hoy!”.
Sólo que la persona humana, cuando tipifica su naturaleza y la individúa o singulariza, no la agota; y por eso caben otros tipos parecidos al propio, que también son coléricos o flemáticos, efusivos o reservados, eslavos u orientales, etc. Las clasificaciones vienen entonces, después de la individuación: como una generalización a partir de los individuos; y son posibles porque ninguna persona humana agota su especie al individuarla. En cambio las criaturas puramente espirituales agotan cada una de ellas su especie: tienen cada una su propia esencia, que es distinta de todas las demás.
El tipo humano básico, ligado a la apropiación del cuerpo por la persona, es el de varón y mujer; los demás tipos humanos, que se fraguan mediante el cruce de genética y cultura, o de herencia y educación, vienen después y constituyen, ante todo, la configuración del carácter.
b) De acuerdo con la índole básica de la diferencia sexual, tanto cabe decir con verdad que la persona humana es corpórea, como se puede decir con razón que la persona humana es siempre persona masculina o persona femenina.
No porque la actividad de ser persona sea distinta en uno u otro tipo (la actividad de ser persona es libre: cada quien la ejerce a su manera), sino porque la manifestación de la persona requiere de la vida recibida, es decir, de una naturaleza dada; y el cuerpo recibido es siempre sexuado: de varón o de mujer.
A partir de él, todo el desarrollo psicológico, social y cultural de la persona lo es ya de la persona masculina o de la persona femenina: de manera que el género es transversal y permea todas las dimensiones en que se manifiesta la persona a lo largo de su vida.
En la educación diferenciada, o en la práctica del deporte, esto se tiene muy en cuenta; no son actividades discriminatorias, sino atentas y cuidadoras de la diversidad de los tipos humanos básicos, que en esas actividades parecen tener una relevancia muy especial.
Por lo dicho, el cuerpo sexuado del ser humano es significativo de la entera persona humana: es significante muy especialmente del amar interpersonal, de la capacidad donal del ser humano; como ha señalado Karol Wojtyla, antes de ser papa y luego siéndolo 14.
Con todo, el cuerpo sexuado de la persona humana no es tanto significativo del amar personal, cuanto del carácter indigente de ese amar: el amar humano precisa de su manifestación en el amor, el dar del don; y eso me parece que es lo expresado en el cuerpo sexuado de la persona humana: su menesterosidad. Que precisamente se aprecia en su índole dual: sexo masculino y sexo femenino; tal que ambos se requieren mutuamente. Especialmente, aunque no sólo, para la procreación; en la que se hacen una sola carne, y se abren a una nueva vida.
c) El sexo es el tipo humano básico, de acuerdo con el cual toda persona humana o es varón o es mujer; una de dos y por igual. Posiblemente, el varón sea más generoso, más proclive a la justicia; y la mujer sea más dócil, más propensa a la prudencia; pero de todo habrá: pues todos venimos a ser igualmente personas humanas.
El que hoy en día las mujeres quieran tener un papel público, civil, no reducido al ámbito doméstico; o bien quieran un estatuto de igualdad con los varones, pues en ocasiones se sienten -acaso con razón- discriminadas respecto de ellos, es una pretensión legítima: que está en la base del feminismo; pero ajena a la constitución de los tipos humanos, que se mantienen iguales al margen de cómo nos organicemos socialmente. Es una pretensión eventualmente justificada, pero que sólo depende de situaciones, configuraciones y estructuras sociales que en la historia se han dado; y que, por lo tanto, podemos modificar a voluntad, aunque quizá laboriosamente.
d) La condición sexuada de la persona humana deriva del cuerpo recibido, y luego configura toda la interioridad de la persona y también su conducta exterior. Pero su base está en el reparto de ciertos cromosomas en todas las células del cuerpo vivo, y no sólo en los caracteres de la sexualidad que llamamos secundarios.
De manera que la condición sexuada de la persona humana precede al crecimiento, y a la acción que realiza cuando ya se ha desarrollado; en particular, a las deliberaciones y elecciones que cada quien hará de adulto: esas elecciones son siempre ya las de un varón o las de una mujer.
La pretensión de elegir el propio sexo invierte esa antecedencia, y pretende una reversión temporal irrealizable; como además resulta imposible también modificar todas las células del organismo, la manipulación sólo de los caracteres sexuales secundarios fragua más bien un fraude acerca de uno mismo. No es un refuerzo vital propio de la persona, sino una falsedad: un pseudoañadido que, en lugar de secundar las virtualidades naturales, pretende alterarlas; y en vano: porque no puede conseguirlo enteramente.
Por lo demás, cuando, en una cultura supuestamente basada en la corporalidad, separamos el género de la sexualidad y lo entregamos a una libertad al margen de la naturaleza, nos abocamos al descontrol de la pura arbitrariedad; ése que multiplica al infinito los géneros: masculino, femenino, bisexual, asexual, transexual, pangenérico, etc.; hasta 31 tipos de género, y acaso cientos, en algunos listados.
e) La que se conoce como ideología de género estriba en la defensa de tres doctrinas, todas ellas que -de algún modo- estimamos contrarias a la humana naturaleza.
Son éstas:
- la elección del propio sexo, como si éste no viniera fijado por la naturaleza en los propios genes (son realmente muy raros –el 0,05 %- los casos de hermafroditismo en el ser humano, por lo general pseudohermafroditismo; sólo ellos permitirían una decisión al respecto, que -con todo- se aconseja demorar);
- la equiparación de la familia con otras homuniones y parafamilias;
- y la consideración de la procreación como independiente de la familia, tal que los hijos puedan ser producidos artificialmente y asignados -por adopción u otros procedimientos legales- a parafamilias, o bien a personas solas.
En parte, nos hemos pronunciado ya contra algunos aspectos de esta ideología al considerar el carácter filial y familiar del ser humano (nº 4), y ahora conviene decir que muy posiblemente la sociedad quede mal organizada con estos principios, y que sus consecuencias nos lo enseñarán con el tiempo.
De todas las maneras, aunque la aceptación del sexo recibido nos parezca más acertada y real que la elección del propio sexo, y consideremos la unión de dos personas de distinto sexo en una familia como la estructura adecuada para la procreación, las personas que extienden su libertad sobre el sexo, transgénero se denominan, o las que se reúnen en uniones de convivencia doméstica que no forman propiamente una familia, nos merecen durante toda su vida el máximo respeto; pues -como personas- tienen su propia intimidad, una fecundidad inagotable y un destino eterno.
Por lo demás, la limitada experiencia que vamos teniendo de estas situaciones ratifica nuestro parecer: son personas por lo general con dificultades, y uniones entre ellas, parafamilias, que las más de las veces son bastante problemáticas; por eso mismo requieren una mayor atención y cuidado por nuestra parte, y por parte de la acción política.
f) Hay otros factores individuantes del propio organismo: como el color de la piel, el origen geográfico, las huellas dactilares, etc.; ellos muestran que la persona humana está incorporada, encarnada, es carnal.
Entre ellos, un aspecto muy notable de la individuación del cuerpo al ser recibido por la persona es el rostro. El rostro humano es manifestación de la persona y, como solemos decir, el espejo del alma.
Levinas ha hecho una fenomenología del rostro humano muy sugerente; para proponer una ética altruista, que saque al ser humano de su interior y rompa con el subjetivismo moderno: porque el rostro ajeno manifiesta la existencia de otro, de otra persona, fuera de uno mismo, y distinto de cada uno. Por tanto, el ser humano no debe actuar amparado sólo por sus propios imperativos de acción, sino que debe respetar el imperativo que acompaña al rostro ajeno: no le matarás.
Cierto; pero, si precisamos más, el rostro no es tanto indicativo de la persona, cuanto de que la persona humana se abre y mira hacia fuera (y efectivamente, la mirada -los ojos- tiñe por entero el rostro de cada quien); es decir, el rostro es indicativo de que la persona humana sale de su interior y se manifiesta mirando hacia fuera. Aunque sólo hasta cierto punto; por eso el rostro humano es tanto un fenómeno que muestra a la persona, como a la vez un enigma que la oculta; y así caben la cara de póker o la máscara hipócrita.
g) Por encima aún del rostro está el nombre propio. El nombre es la palabra (y, por eso, la posibilidad de ser llamado, condición de la comunicación con los demás, de la comunión 15); que expresa lo que las cosas son, y -en el caso de las personas- su verdad íntima. Por eso, el nombre propio designa quién es cada uno en su singularidad, interiormente.
Pero ya hemos dicho que nuestra intimidad se nos escapa en esta vida; y por eso, los nombres que usamos para designarnos, por propios que sean, tan sólo apuntan deícticamente a la persona que cada quien es, sin exhibirla. Sólo Dios conoce quién es cada persona humana y puede darle su nombre propio; y por eso, la Biblia dice que al vencedor se le dará una piedra blanca en la que estará escrito un nombre nuevo que sólo conoce quien lo recibe 16.
Notas
- 14 Cfr. Catequesis sobre el matrimonio (5.IX.1979-6.V.1981).