E. La cultura humana: la exteriorización de la conducta
La persona humana es infecunda en su intimidad; por eso se abre hacia fuera organizando el cuerpo que recibe, y constituyendo luego la profunda y elevada interioridad de su yo. A su vez el yo no se queda encerrado en su interioridad y altura espirituales, o en la inmanencia de sus actividades superiores; sino que es capaz de obrar fuera de sí mismo, sobre la materia: con sus acciones cultiva la naturaleza, propia y ajena, dando lugar así a la cultura.
La exteriorización de la conducta humana mediante la acción práctica (nº 12) abre una multitud de campos temáticos, ya que es muy abundante la pluralidad, diversidad y complejidad de las actividades e intereses humanos, y la de sus resultados: los asuntos culturales que de ellas derivan. Aquí (en los números 13, 14 y 15) vamos a revisar algunos de ellos, los que entendemos más importantes, principales.
El yo es la esencia de la persona humana, y cuando obra fuera de sí mismo, más allá de su realidad espiritual y como muestra de ella, da lugar a la diversidad de las culturas; pero además es capaz de dejar un legado independiente de la propia persona, que queda y permanece tras su muerte (nº 16).
En el ser humano se distinguen sus actividades teóricas de sus acciones prácticas.
a) La acción teórica del ser humano, según la describió Aristóteles, tiene dos características propias y peculiares:
1) que entre la acción y su objeto hay simultaneidad, es decir, que es una actividad instantánea, sin proceso intermedio; y por eso intemporal (como señalaba con acierto Balmes, no cabe oir -ni ejercer ningún acto de conocimiento- a medias: ver es, ya, haber visto; como oir o pensar es, ya, haber oído y pensado);
2) y después que, una vez alcanzado su fin, la actividad cognoscitiva no cesa, no termina; sino que su ejercicio se mantiene: se ve, y no por haber visto se deja de ver, sino que se ve, se ha visto ya, y se sigue viendo. En paralelo, la acción práctica humana se caracteriza por una conexión entre la acción y su término bien distinta de ésa. Frente a la actualidad propia de la acción teórica del ser humano -esa simultaneidad intemporal e invariante de lo ideal-, cabe señalar la posibilidad como el rasgo distintivo de dicha conexión en la acción práctica humana. La acción práctica se caracteriza por una posibilidad que, por su parte, es también dual: la acción hace posible el producto, imposible sin ella; y en esa medida el producto es un artificio. Pero a su vez el producto hace posible la acción desde él; y en esta medida el artefacto es un utensilio. A esta posibilidad dual se denomina “posibilidad factiva” (no posibilidad lógica o metafísica). Frente a la unidad de la actividad teórica (el cognoscente y lo conocido son uno en el acto de conocer), tenemos la dualidad de la actividad práctica: posibilitante de productos y posibilitada por ellos. La posibilidad factiva no es unitaria sino dual, pues da lugar a dos ejercicios distintos: la fabricación y el uso del producto; acciones las dos, pero ambas heterogénas. La dualidad de la posibilidad factiva es, en suma, ésta: la hecha posible por la acción (la acción hace posible un producto), y la que hace posible la acción (que es hecha posible desde el producto). En la acción práctica -así considerada, como acción productiva- está el quicio de la cultura y de la historicidad humanas.
b) La diferencia entre la acción práctica y la teórica (posibilidad frente a actualidad) es algo mayor que la establecida por la tradición al distinguir el obrar (agere) del hacer (facere), por tratarse respectivamente de acciones inmanentes o transitivas. Porque no es sólo una cuestión de interioridad o exterioridad; se trata más bien de que -de acuerdo, sí, con la exterioridad del producto- ciertas acciones humanas no emergen estrictamente de los principios naturales, es decir, de las capacidades de que está dotada la humana naturaleza; sino que se hacen posibles en virtud de utensilios externos a la persona, culturales. Lo cual es decisivo; y la raíz diferencial del ser cultural e histórico de la persona humana, que por eso mismo no es natural. Ver, ciertamente, es debido a que el ser humano por naturaleza dispone de ojos; pero ver Las Meninas es algo sólo posible en cierta situación histórica; por ejemplo, no antes de ser pintado ese cuadro, y -hoy en día- sólo si se va al museo del Prado en Madrid donde lo exhiben. Las acciones prácticas de los seres humanos no brotan sólo de su naturaleza, sino de posibilidades culturales, es decir, de su peculiar situación histórica. Ésa es la condición humana: una simbiosis de naturaleza y cultura; o también, ésa es la situación en la que de hecho está su libertad: el estado histórico de la persona humana.
c) La acción humana es dual con su objeto; en la acción práctica, con un resultado externo, podemos designar esa dualidad con los términos trabajo y cultura. Ambos equivalen, pero designan el lado subjetivo y el objetivo de la acción humana. El ser humano al actuar trabaja, y como fruto de su trabajo cultiva la naturaleza: la propia, y aquélla otra sobre la que actúa.
En la medida en que actúa, el ser humano está de un peculiar modo entre las cosas: se interesa -inter-esse- por ellas. La dualidad de la acción práctica humana conecta el interés con lo interesante.
Cuando esta conexión se rompe aparecen el tedio y el aburrimiento; y acaso después la angustia ante la nada (Heidegger), o la desesperación por renunciar al propio yo (Kierkegaard). El carácter sobreabundante del ser personal se muestra en la pluralidad de sus iniciativas, capaces de encontrar siempre algo interesante (y así eludir la nada de su horizonte, y encontrar también la manera de ser uno mismo).