La práctica humana se despliega en el espacio y en el tiempo; y al hacerlo, los organiza. El espacio y el tiempo humanos, como ámbito de la conducta de las personas, se distinguen así del espacio y del tiempo físicos; como también éstos se diferencian del espacio y tiempo biológicos: los propios de cada especie viviente, que separan y articulan los distintos ecosistemas y nichos ecológicos.
La técnica y la ética son las actividades humanas que miran a la organización de ambos ámbitos: el espacio y el tiempo humanos.
14.1. Técnica
a) La prototécnica, dijimos, es el lenguaje: con él nos hacemos oir en un cierto entorno, a nuestro alrededor; y más lejos si gritamos más.
Ello porque la técnica, medularmente, es la organización del espacio humano: al actuar, querámoslo o no, configuramos nuestro entorno. Y por eso, la técnica fundamental del ser humano es la arquitectura, que se ocupa precisamente de la distribución de los espacios: ante todo, la ordenación del territorio; ya que toda acción práctica humana comporta una organización del espacio entorno, del medio en el que el ser humano se desenvuelve.
El ser humano empezó habitando las planicies fecundas, los valles, las orillas de los ríos o las costas; allí se formaron aldeas, pobladas principalmente por clanes familiares muy extensos, que eran globalmente autosuficientes.
El lugar artificial, construído por el ser humano, para su habitación es la ciudad. Por ser construcción humana, la ciudad es de suyo problemática; como se aprecia en que la estructura de las ciudades cambia constantemente con los tiempos y resolviendo las dificultades que se plantean. El elenco de variaciones históricas en la organización de las ciudades expresa la pluralidad, diversidad y modificación de las actividades humanas, y la gran multiplicidad de sus problemáticas.
Por ejemplo, las actuales megalópolis (muy distintas de los poblados agrícolas o ganaderos, y de las ciudades industriales): son muy extensas, como hechas para el automóvil; y con sectores diferenciados por sus actividades y habitantes: el centro -histórico, turístico o de negocios-, más bien deshabitado (reservado para pernoctaciones ocasionales y transitorias); luego los barrios: residenciales, financieros, comerciales, de diversidad étnica, etc.; y además, diseminados por la periferia, los grandes centros de recreo, comerciales, deportivos, etc.; proliferan, finalmente, los suburbios dormitorios, en los que abundan las viviendas unifamiliares. Todo ello exige vías de transporte entre los núcleos urbanos suficientemente amplias, y tranvías o trenes metropolitanos.
b) La organización del espacio es básicamente reticular: compuesta por núcleos o nodos, y conexiones entre ellos, unidireccionales o reversibles. La pluralidad de redes (de la administración política o de la administración de justicia, del transporte de personas y de mercancías, del comercio y la distribución y almacenaje de los productos, de las actividades deportivas, etc.) atiende a la multiplicidad y diversidad de las actividades humanas. Su superposición tampoco es pacífica.
La internet es la red que establece el flujo de información digitalizada. Ha dado lugar a la sociedad de la información y de la comunicación, con base en las nuevas tecnologías; y está comportando tal cambio en la vida de los seres humanos que se habla con cierta razón de paleotécnica, para designar todo el desarrollo precedente de la técnica humana.
La globalización requiere también la organización de los espacios, para que no sea una mera expansión unilateral de las grandes empresas multinacionales. La arquitectónica de la globalización exige distinguir los países productores de materias primas y fuentes de recursos, respecto de los industrializados y respecto de los consumidores; pide establecer y ordenar las redes de distribución: el tráfico aéreo y el transporte marítimo y terrestre de las mercancías; exige habilitar canales de información: vía satélite o mediante cableado de fibra submarino; etc. Es una tarea permanente, porque las circunstancias van cambiando con el tiempo, y siempre se pueden organizar mejor.
c) Cuando la técnica requiere un notable desarrollo científico, la denominamos tecnología. Las modernas tecnologías, frente a las antiguas técnicas, desbordan la centralidad agente de la persona -que es quien usa de los instrumentos técnicos- y permiten una cierta autonomía de los utensilios, que llegan a marcar el ritmo de la vida humana.
La industria es la habilidad de la persona para construir artefactos, y derivadamente el conjunto de actividades humanas precisas para la fabricación de los productos.
Las transformaciones más importantes de las industrias humanas se llaman revoluciones industriales; y están ligadas a la energía de que se sirve el ser humano en sus actividades, que para la sociedad viene a ser entonces como una exo-nutrición. Los distintos tipos de energías no sólo exigen fuentes diversas y diferentes modos de producción y transporte, sino que afectan a la generación de actividades y al desplazamiento de personas y mercancías, y de ese modo inciden en la organización social correspondiente.
Se distinguen tres revoluciones industriales: 1ª) la que transformó entre los siglos XVIII y XIX la industria artesanal en fabril, el trabajo manual en fabricación industrial; está vinculada al carbón como fuente de energía, pues permitió la máquina de vapor y, con ella, modificar el transporte de mercancías abandonando los vehículos de tracción animal. 2ª) La segunda revolución industrial está ligada al petróleo como fuente de energía, que permite los motores de combustión interna, y la fabricación masiva de automóviles; se produce a lo largo del siglo XX. 3ª) Y la tercera revolución industrial se produce en la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI, y depende del almacenamiento de la energía (en pilas y baterías) y de las nuevas formas de energía, como la nuclear y muy en especial las energías alternativas, renovables (como la solar y la eólica).
Se habla, finalmente, de una cuarta revolución industrial, iniciada a partir del s. XXI; y, más que con una nueva fuente energética, está vinculada con el control y uso medido de ella que nos permite la informática, la inteligencia artificial.
d) La máxima a tener en cuenta aquí es que la organización del espacio humano que constituye la técnica y la industria es siempre aporética; pues en ella los problemas no tanto se terminan de resolver, cuanto que más bien se desplazan: resuelto uno, aparece otro; y no sólo uno nuevo, sino incluso otro motivado por la propia solución adoptada para el problema precedente. Tal es la condición de la organización humana del espacio.
Por esta razón, la organización del espacio humano no puede absorber enteramente al ser humano, impidiéndole la organización de su tiempo; cosa a la que, sin embargo, somos proclives. Debido, en concreto, a que el espacio es una simultaneidad actual, que deja fuera de sí la sucesión temporal; y entonces, al ocuparnos en organizar aquélla, podemos perder de vista ésta. Por el contrario, la consideración dinámica, temporal, de las actividades humanas es bien importante para ordenarlas correctamente, y que no sobrevengan situaciones del todo inesperadas.
e) A la separación de la organización del espacio y del tiempo humanos, que es la separación de técnica y ética, contribuyó el mismo progreso tecnológico, en el que los utensilios se desvincularon de la acción humana que los manejaba: como que se emanciparon de ella. Y atrajeron entonces hacia sí la conducta humana, imponiéndole a ésta sus propias reglas, su propio ritmo temporal, marcado hoy por el progreso tecnológico y no por la persona (o al menos, por la política); hasta hacerla esclava de sus exigencias, es decir, de los requisitos de la tecnología y de su avance (como, por ejemplo, ocurre en la conocida como obsolescencia programada de los aparatos).
Al final, el ser humano se ve arrastrado por las máquinas, y no soporta esa presión ni esa dependencia (el filósofo coreano Byung Chul Han habla, al respecto, del ser humano actual como de alguien extenuado: agotado por una excesivamente larga jornada laboral y anhelante de un ocioso fin de semana); y por eso la persona ha de recuperar su dominio sobre el curso temporal del plexo medial en el que se desenvuelve.
Por lo demás, antiguamente, cuando la naturaleza incomodaba en exceso al ser humano, éste intentaba hacerse un hueco a su medida, luchaba por hacerse valer ante las inclemencias del medio externo. Pero con el progreso tecnológico, el ser humano ha terminado por poder más que la naturaleza, se ha impuesto a ella y hasta la ha expoliado. A la impotencia antigua ha sucedido la prepotencia moderna.
La preocupación ecológica que se despierta en tiempos recientes es una llamada de atención para que el ser humano se fije más en su propia conducta que en su inserción en la naturaleza exterior, se haga así dueño de sus actos, y les imponga criterios lógicos y éticos, de un modo autónomo. La ética ha de gobernar a la técnica, porque la habitación del universo por parte de la persona humana depende más del habitante que de lo habitado.
f) La organización del tiempo humano, como ya observó Séneca, es el cometido de la ética: la disposición de los medios en orden al fin. Como los excesos de hoy se pagarán mañana, o los sacrificios de hoy rendirán sus frutos mañana, vivir como si no hubiera un mañana es algo bien insensato. Sin plantearse con claridad los objetivos finales, discutirlos y jerarquizarlos, sin establecer y ordenar las prioridades, es decir, sin ordenar el tiempo, no se consigue organizar bien las actividades humanas, y aparecen las disfunciones, en ocasiones muy perjudiciales.
Ordenadas en el tiempo, las acciones mejoran al ser humano, que incrementa con ello su propia capacidad de acción; en cambio, las acciones desordenadas perjudican ante todo a quien las ejerce. Como lo dijo Sócrates: es mejor padecer injusticia que cometerla, porque cometiéndola la persona no sólo hace algo injusto, sino que se hace ella misma injusta; de aquí la importancia de la ética.
g) Recientemente se les ha ocurrido a algunos encomendar el amejoramiento humano a la técnica, en lugar de a la ética. Ello ha sido propiciado por los avances de la tecnología: especialmente de la medicina, de la genética y de la informática.
Se habla incluso de transhumanismo, o posthumanismo, para expresar que la mejora del ser humano que podríamos lograr por esas vías superaría incluso lo que el ser humano es, dada su naturaleza; y así se aspira a que llegue a vivir cientos de años, libre de enfermedades y dolencias, y muy potenciadas sus capacidades cognitivas y operativas. Claro que la aspiración transhumanista no precisa cuáles serían entonces las etapas de una vida tan longeva, e incluso inmortal: la duración de la edad del aprendizaje, de la fertilidad, de la vida laboral, etc.
Marginando lo que estos anhelos tienen de futuro-ficción, algo que siempre ha acompañado al ser humano en la literatura, en el cine y en el arte (pensamos, por ejemplo, en Frankenstein), el amejoramiento humano es muy deseable; y lo conseguimos con la ética, más que con la técnica.
Porque la mejora del ser humano no depende tanto del incremento en la capacidad de sus facultades y potencias, pues las espirituales crecen de suyo al infinito; cuanto del mejor dominio de la persona sobre ellas, esto es: se trata de un crecimiento que depende y brota de la persona, en la medida en que dispone de sus facultades.
Por eso, el crecimiento de las potencias humanas no es tanto extensivo y cuantitativo, como la técnica pretende, cuanto intensivo y cualitativo. Y corresponde propiamente a la ética: pues lo conseguimos mediante los hábitos adquiridos, las virtudes, que hacen muy profunda y elevada la interioridad del yo, y le permiten el dominio sobre su naturaleza.
Además, la aspiración a superar lo humano, lo que designa la misma palabra “trans-” o “post-” humanismo, en vez de un amejoramiento parece más bien una amenaza contra lo humano, por cuanto aspira a dejarlo atrás.
14.2. Ética
a) La técnica no debe sustituir a la ética: no es necesariamente bueno todo lo factible; aunque también es cierto lo inverso: no basta la bondad moral de la acción para paliar la incompetencia técnica.
Por el acuerdo entre ambas dimensiones de la acción humana, decimos que el ser humano es el perfeccionador perfectible. Perfecciona el universo al cultivarlo y organizar el espacio de la vida humana; y se perfecciona él mismo al organizar su propio tiempo, el de su vida.
En la acción práctica, en suma, la persona se las tiene que haber, como dijimos, con posibilidades, es decir: se encuentra con oportunidades (técnicas) y ante alternativas (éticas); no disyuntivas, sino complementarias.
Si el progreso técnico empobrece al ser humano pierde sentido: es una mala oportunidad; pero también es aparente una presunta mejora humana que perjudique el entorno y se desentienda del universo: no es una buena alternativa; y ello porque la persona humana es precisamente su poblador: el habitante del cosmos.
Técnica y ética, por tanto, no son cosas opuestas: sino dos dimensiones de la acción humana; no sólo complementarias sino armónicas: tal que redundan en su mutuo beneficio. Pensar lo contrario es superficial; y acarrea deterioros en la organización humana, que no pueden ocultarse largo tiempo.
La ética es el saber, teórico y práctico, que dirige nuestras acciones hacia su fin. Junto con la organización del espacio, ella se ocupa propiamente de la organización del tiempo.
La base de la ética es la ley natural, que nuclearmente se formula en el decálogo; la ética ha de desarrollarse sobre la base, o a partir de la ley natural. Pero, después, una ética desarrollada es completa si trata de estos tres temas: 1- las virtudes que cualifican nuestra acción, 2- los bienes a que ésta se dirige, 3- y las normas que la regulan para que pueda conseguirlos.
Sin embargo, aunque más o menos se acepte universalmente la ley natural, no todas las doctrinas éticas son íntegras; y unas se polarizan en uno u otro de ésos tres, que son sus componentes básicos.
b) La ecología, el cuidado del medio ambiente, es una obligación ética del ser humano; que no tiene por qué estropear las cosas al usarlas, ni debe confundir el uso con el abuso.
En ese criterio se incluye el respeto por la vida animal; pero, con todo, los animales no tienen derechos: no son sujetos del derecho, porque éste es una continuación de la naturaleza humana.
Es más bien la persona humana la que no tiene ningún derecho a desentenderse de la vida animal, o a maltratarla (como tampoco tiene derecho a destrozar las cosas). En cambio, anteponer la vida animal a la humana: como -por ejemplo- en ciertos casos de veganismo, que incluso llegan a afectar a la propia salud, es una exageración desordenada.
Igualmente, el exceso de mascotas (bichos de cuya compañía disfruta alguien, al margen de otra utilidad de ese animal en orden al vestido o a la alimentación humanos) muestra cierta desorientación de los afectos humanos; y suele ir en paralelo con el individualismo y la inestabilidad de la institución familiar. Con todo, el aprecio por los animales domésticos muestra también la ternura de los corazones humanos.
Tiene además algo de injusto que el primer mundo se gaste en mascotas, o en defender las especies animales amenazadas, más de lo que da a las personas necesitadas del tercer mundo: pues no se trata ya de animales, salvajes o domésticos, sino de personas humanas. Y que luego aún nos quejemos de los problemas que nos acarrea la inmigración de personas. Hoy en día tenemos grandes problemas migratorios en norteamérica, el sudeste asiático y el mediterráneo; aunque sean difíciles de resolver, no podemos desentendernos de ellos.
c) Siendo muy importante, la ética -sin embargo- es inferior a la persona: puesto que sólo se ocupa de sus acciones. El sentido donal de la acción humana, que brota de su intimidad, requiere del destinatario de la acción, que es ulterior a ella y trasciende el fin de la misma.
El maniqueísmo, desde Zoroastro (por no remontarnos al paraíso terrenal, y al árbol de la ciencia del bien y del mal), tiende a separar el bien y el mal; y, en paralelo, a dividir a las personas por la cualidad moral de sus acciones, con una tendencia monocolor: blanco y negro, bueno y malo. Como en esta vida toda acción humana ni es enteramente buena ni completamente mala, la escala de grises y de colores se consigue cuando consideramos que lo propio de la persona es añadir, crecer, ir a más; y entonces acudimos para ejemplificarlo a la serie de los números enteros: pasar de -5 a -4, y a -3; o bien de 2 a 4 y a 6. Más que el bien o el mal, lo propio de la persona humana, por su índole donante y creciente, es el bien… y lo mejor: el ir a más, el mejorar (cuyo defecto es empeorar).
La libertad personal, entonces, es lo que realmente está más allá del bien y del mal, pues de ella dependen ambos; y no, en cambio, el superhombre que Nietzsche preconizaba en su Así habló Zaratustra. Por encima del hombre y de todo lo humano -todo el hecho “hombre”, dice Nietzsche, yace a enorme distancia por debajo de él18 -, sólo están las personas, y en concreto la de cada quien.
La superioridad de la persona sobre la ética se aprecia en el lenguaje ordinario: solemos expresarnos calificando de humanos los comportamientos de la persona que comprende la debilidad humana, que sabe lo que es caer y levantarse; y, en cambio, nos parece inhumana la rígida perfección formal de un comportamiento sin tacha ni descanso.
Esto se justifica en que la humana naturaleza no tiene el sentido de alcanzar su propia perfección, la integridad completa de su forma de ser, cosa por lo demás imposible; sino que tiene el sentido de servir a la persona, en orden al encuentro de su réplica. Como ésta es del orden de la persona, y no del de la naturaleza, no requiere previamente, sino que más bien es ella quien la suscita a posteriori, la plenitud formal de las capacidades y actividades naturales.
14.3. Arte y belleza
a) Con la técnica manejamos medios en el espacio y con la ética los ordenamos hacia fines en el tiempo.
En situación intermedia está el arte: aquella consideración de los medios que los toma como fines, sin que por ello pierdan su condición medial. Un desbordarse del ser humano por encima de sus actos, muy característico de la infinitud de su inteligencia; y muy propio de la persona humana, como ser inagotable, que siempre es además. De acuerdo con este desbordarse de la inteligencia en el arte, la belleza se define como el resplandecer de la verdad en las acciones: splendor veritatis.
Hay que comer, para no desfallecer: la comida es un medio; pero al ser humano le gusta hacer bien la comida (por ejemplo, la calienta: se diferencia de los animales porque es el único viviente que cocina sus alimentos), y suscita entonces el arte gastronómico. Hay que andar como un medio para desplazarnos; pero el ser humano se fija en la manera de andar, y camina artísticamente cuando desfila. Hay que hablar, si queremos transmitir nuestro pensamiento o nuestras intenciones; pero podemos fijarnos en la manera de decir las cosas, y hablar entonces con pulcritud, con claridad, con precisión: bellamente. Y algo análogo ocurre con las demás conductas humanas.
El ser humano no sólo tiene un cuerpo en el que se expresa, especialmente porque lo recibe inacabado; sino que, de acuerdo con sus acciones, en las que resplandece la inteligencia, se ocupa del ornato del universo. Como habitante del cosmos que es, constituye su culminación, y aún más: lo eleva por encima de sí mismo hasta las alturas del espíritu. Más incluso que en la técnica, eso se pone de manifiesto en el arte.
El arte, al aislar el medio para perfeccionarlo, pero sin impedir su conexión con los fines, se asimila entonces al juego, que relativiza la acción humana tomándola como intrascendente. El arte viene a ser entonces el juego de las acciones teleológicas, las que se ordenan a un fin; y el juego es más bien el arte de las conductas supérfluas, aquéllas que sólo se ejercen para jugar.
b) El asunto que saca a la luz el arte es la belleza. Para algunos pensadores, inspirados en la filosofía clásica, la belleza es otra propiedad trascendental del ser: como todo lo que existe, es verdadero y bueno, así también todo lo que existe es en -alguna medida- bello.
Según la tradición, bellas son las cosas cuya visión agrada (pulchra sunt quae visa placent); o bien, bello es aquello cuya sola aprehensión complace (pulchrum est id cuius ipsa apprehensio placet). Pero, como hay distinción y jerarquía entre los seres, lo que auténticamente agrada ver y place contemplar es a la persona, la más digna de todas las realidades. Y ello porque la relevancia de los medios, compatible con su ordenación a fines, que es lo que el arte saca a la luz y destaca, es especialmente importante en el caso de la conducta personal.
Ya que la donación propia de la persona se ordena a un destinatario, sin cuya aceptación no tiene sentido. El destinatario es ulterior al propio fin de la acción; y -desde allí- convoca, como desde fuera, la entera acción humana, reuniendo hacia sí todas sus dimensiones.
Por esta razón, y aprovechando las observaciones hegelianas sobre lo que él llamaba “el alma bella”, diremos que lo propiamente bello son las acciones humanas, en tanto que distintas de la persona que las ejerce, de la que dependen y a la que manifiestan; de tal modo que constituyen el don propio de esa persona (pues al ser humano -cabe insistir- en su intimidad sólo le cabe aceptar y dar, pero no suscitar un don: pues para generarlo hay que actuar).
La belleza se atribuye, entonces, con especial propiedad a la esencia de la persona humana, y en cuanto que dependiente de ésta. Todo lo demás, como por ejemplo un paisaje o una puesta de sol, más que bello será -a lo sumo- algo bonito.
c) Se suelen distinguir seis bellas artes:
- Tres son espaciales: la arquitectura, ante todo, que distribuye el espacio; y luego la escultura y la pintura que lo ocupan, bien forjando su obra en tres o en dos dimensiones.
- Y las otras tres son más bien temporales, ya del cuerpo o del espíritu; pues armonizan los movimientos corporales (la danza pone las formas en movimiento), o bien adornan el sonido y la palabra, primero oral y luego escrita.
Son:
- la música, el más agradable de los ruidos (como parece ser que opinó Napoleón, claramente equivocado);
- y la literatura, primero en prosa y luego en verso: culminando en la poesía (pero toda obra de arte es algún cultivo de la acción externa del ser humano, de la poiesis, es decir: toda obra humana es, a su manera, un poema).
Del cine decimos que es el séptimo arte.
El teatro aúna las tres artes temporales. El canto, dos de ellas: la música y la literatura; con todo, la canción no deja de ser un atavismo del griterío previo al lenguaje convencional; aunque hay quien piensa que el canto es el auténtico origen del lenguaje, y hasta su forma más alta.
Se atribuye al papa san Gregorio Magno (s. VI), aunque consta que no fue él, la introducción de música y canto en los ritos litúrgicos cristianos (el gregoriano, que data del s. IX); en algunos países africanos, también el baile se ha introducido en esos ritos.
En otros espectáculos, incluso deportivos, se combinan igualmente una pluralidad de artes.
Notas
- 18 Ecce Homo, “Prólogo” 4, p. 17.