Del ser personal brota su acción interior, y luego su acción externa. La acción humana emerge del yo; es decir, de la persona adulta, que ya dispone libremente de su inteligencia y de su voluntad. Pero luego, las acciones humanas tienen un sentido colectivo, social; pues hemos dicho que, como manifestaciones externas de la persona, quedan expuestas a los demás, a disposición pública; y también abiertas a la cooperación.
En esa medida, las obras humanas se van emancipando progresivamente de sus autores; hasta que, incluso cuando éstos al morir desaparecen de la faz de la tierra, ellas quedan como un legado para la posteridad.
La secuencia de ese despegue de las obras humanas respecto de su autor es ésta:
- el resultado de la acción humana es la obra cultural: pues se plasma en artificios, que se separan de la persona que los ha realizado.
Primero, por tanto, se da la conexión y diferencia entre acción y cultura;
- luego, la obra cultural queda, y por ser tal, a disposición social: los demás pueden beneficiarse de ella, aprovecharla y reutilizarla.
Por tanto, después está la vinculación y separación de cultura y sociedad;
- y finalmente, la progresiva separación y emancipación de las obras humanas respecto de su autor termina con la historia: es decir, con el legado que la persona humana deja tras de sí al morir.
Acción/cultura/sociedad/historia: ésta es, pues, la secuencia completa de la progresiva separación, de la emancipación de las obras humanas respecto de su autor, de su independencia respecto de la persona que las hizo posibles.
16.1. La historia
a) La condición de posibilidad del legado histórico es la misma estructura de la acción práctica humana, por estar vinculada con posibilidades factivas: posibilitantes y posibilitadas.
Consideradas estas posibilidades en general, componen un ámbito que es realmente insaturable: que nunca podemos decir acabado, cerrado; dada cualquier situación histórica, siempre es posible abrir desde ella nuevas posibilidades, en un proceso sin término; pero es posible hacerlo, porque a su vez se han heredado del pasado ciertas posibilidades ya dadas.
Este ámbito general, el de la posibilidad factiva, en el que acontece la acción práctica humana, es entonces la misma historia, considerada formalmente. Respecto del ámbito general de la historia, todas las actividades humanas prácticas son intrahistóricas, en el sentido que dio a ese término Unamuno.
Por surgir del entrelazamiento de posibilidades factivas la historia es progresiva, es decir, de suyo no termina nunca; su culminación, con la unidad del género humano, está fuera de su propio alcance. Por eso su término sólo puede ser extrínseco a ella.
Su progresividad se debe a que las acciones humanas abren nuevas posibilidades desde posibilidades previamente abiertas; y comporta que las obras hechas quedan después a disposición de los demás, independientes de sus autores, cuando éstos mueren; y de ese modo ellas son relativamente autónomas.
b) A veces nos inclinamos a pensar que -como afirma el dicho clásico- no hay nada nuevo bajo el sol, nihil novum sub sole; es decir, que en la historia todo se repite y el progreso es sólo aparente, mera variación que se reitera constantemente.
A la repetición cíclica de las cosas, a la concepción circular del tiempo, sucedió después la idea de un tiempo abierto: el pensamiento del progreso, el cambio y la variación. Pero, como ésta ha de reiterarse siempre para seguir avanzando, entonces no salimos del eterno retorno de lo mismo: no de las mismas formas, cíclicamente; pero sí de la misma imperiosa necesidad de cambiar, que se mantiene continuamente.
Ante ello, hemos de fijarnos con especial atención en la sucesión de las generaciones humanas, en la genealogía; porque lo verdaderamente nuevo en la historia son las personas que se hacen cargo de ella, y que se renuevan constantemente. La novedad es característica propia del ser personal.
c) Solemos ubicar el comienzo de la historia en Mesopotamia, unos 3000 años antes de Cristo: por el descubrimiento de la escritura (cuneiforme o jeroglífica), que permite el documento fehaciente, en el que se basa la ciencia histórica; especialmente, dicho sea de paso, se comenzó a usar la escritura para anotar las cuentas.
Y solemos dividir la historia en cuatro períodos:
- la antigüedad, que se extiende desde el comienzo de la historia hasta la caída del imperio romano (en el 476, cuando los bárbaros depusieron al emperador Rómulo);
- la edad media, que llega hasta el siglo XV: con la invención de la imprenta (en 1443) o el descubrimiento de América (en 1492);
- la edad moderna, que acaba con la revolución francesa (de 1789);
- y la contemporaneidad, que dura hasta nuestros días.
Posiblemente, las nuevas tecnologías den pie para establecer el inicio de una nueva época histórica. En efecto, han sido elaboradas en unos cien años, es decir, prácticamente en el siglo XX: desde el descubrimiento de la bombilla (Edison 1879) y el teléfono (Graham Bell 1870), hasta la constitución de la internet en 1981 (en 1984 había ya unos mil -sólo mil- computadores conectados a ella; hoy dicen que un 60% de la humanidad, unos 4.000 millones de personas, son usuarios de la red).
Ciertamente esta división de la historia es esquemática. Los italianos hablan del risorgimento (la unificación de Italia en el s. XIX) como linde de la historia contemporánea; y nosotros mismos sugerimos que el siglo XIX ya no es contemporáneo con la actualidad, caracterizada por la neotecnología. Pero, por esquemática que sea la división propuesta, interesa retenerla; porque hemos de disponer de algún criterio para entendernos. 16.2 La historia y el pasado:
a) El ser humano se hace presente el mundo que le rodea, y en presente también decide lo que quiere hacer. Además, posee un futuro al que se orienta como ser personal que es. La historia, en cambio, pone ante nuestra mirada otra dimensión del tiempo humano: el pasado.
El pasado es la obra humana privada del sentido que le dio su autor, que ya no está vivo. El pasado es, por tanto, como huérfano; por eso necesita justificación, comprensión, asimilación: descubrimiento de sus posibilidades en orden al futuro.
La hermenéutica es la actividad de la razón humana que interpreta los textos pasados (es famosa la hermenéutica bíblica de los rabinos judíos); y que también interpreta las acciones pasadas, como ha señalado Ricoeur. Se interpretan ambos, textos y acciones, porque ya no está su autor para darnos a conocer el sentido con el que se redactaron esos textos, o la finalidad con la que se hicieron dichas acciones: el sentido que tales obras tenían para su autor; y por eso, porque ya no vive su autor, nos toca a nosotros ahora descubrir su sentido, interpretarlo y aprovecharlo.
b) La historia es una situación, de acuerdo con la cual el ser humano está en el tiempo; es decir, tan sólo una situación de su libertad: que caracterizamos como un presente orientado al futuro, y un pasado por aprovechar, por comprender y justificar.
Esto no sólo se refiere a la historia de los demás, la del conjunto de los seres humanos; sino también a la historia propia, a la biografía de uno mismo: que ha de apropiarse y dar razón de su pasado; es decir, de aquellas acciones pretéritas que ya no puede cambiar, porque han escapado ya del propio dominio.
La necesidad de narrar e interpretar el pasado para establecer la propia identidad, de la que habla Ricoeur en el escrito autobiográfico Autocomprensión e historia (título particularmente significativo); o la necesidad de memoria para establecer la propia identidad del yo, que señalaron en la modernidad los empiristas y señalan hoy los psicólogos; son ambos indicativos de este lastre del pasado con el que ha de habérselas el ser humano, y que muestra la situación histórica de su libertad.
Con todo, hay que precisar, la historia es sólo una situación de la libertad humana, como aquí decimos: no el mismo ser del hombre como persona, que no es histórico sino supratemporal.
c) La historia se refiere estrictamente al pasado: pues el ser humano no se limita a orientar su presente hacia el futuro, sino que ha de contar para ello con el pasado; a ello le obliga su situación histórica. Con todo, una cosa es la idea del pasado y otra su realidad:
- La idea del pasado se reduce a ser una dimensión del tiempo pensado, o imaginado: la que genera el presente al pasar; según la línea del tiempo, el futuro, si se conquista y torna presente, pronto será a su vez pasado; lo que para un momento dado es futuro, para otro posterior será pasado. La línea del tiempo es el paso del tiempo ante la mente que lo contempla, y no viene a ser otra cosa que la misma permuta del futuro en pasado.
Es lo que ocurre con la idea del tiempo: una idea según la cual propiamente no caben ni el comienzo ni el final del tiempo: pues lo que comenzaría según esa idea es, estrictamente, sólo el pasado (el tiempo comenzaría a pasar); y lo que terminaría en tal caso es, rigurosamente, el futuro (acabado ya el tiempo).
Además, por mucho que nos hagamos presente el pasado, a lo que aspiramos con la ciencia histórica, o por mucho que intentemos hacernos con él, elevándolo a la presencia del pensamiento, el pasado queda siempre como tal, como pasado acontecido. Ésta es la diferencia entre el hecho histórico, que ha pasado, y el dato histórico, el documento: que es un pasado hecho presente.
- El pasado en sentido real no es la idea de pasado, ni el dato histórico registrado, sino algo paradójico. Pues, por una parte, ya pasó; y entonces parece irreal, por cuanto ya dejó de ser. Pero, por otra parte, es tanto más real cuanto que ya es inamovible: pues pasó lo que pasó.
Como pasado, es lo que realmente pasó; y eso es muy difícil, si no imposible, de remontar: es el lastre del pasado, que retiene y retrae la acción humana.
La condición histórica del ser humano, por eso mismo, es ineludible: la historia es inesquivable. El ser humano no puede negar el pasado, rehusarlo, librarse de él, ser su dueño, como quería Nietzsche: mediante su voluntad de poder, ceñida al eterno retorno de lo mismo.
Esto es imposible: el ser humano no puede hacerse a sí mismo, porque arranca de un punto de partida dado. Y ello comporta también que ha de contar con el pasado; porque el pasado, en cuanto que realmente pasó, es de suyo inamovible (salvo, claro está, que creamos en la redención de Jesucristo en la cruz, es decir, en el perdón de los pecados que se hubieren cometido).
El ser humano es un ser que está en la historia de modo inexorable. Como los procesos físicos no se libran de la materia, sino que la transforman, así también el curso de la historia, por mucho que avance y progrese, no se sale de ella; por eso también, la historia no culmina por sí misma.
En definitiva, la conciencia de la situación histórica del ser humano exige la comprensión del pasado, y la decidida actitud de aprovecharlo y ordenarlo hacia el destino libre de la persona.
16.3. Historia y libertad
La historia es una situación de la libertad humana: aquélla para la cual la acción práctica es problemática, con el agudo problema de la dirección de dicha acción hacia el fin del ser humano, o hacia su destino.
La historia sugiere que el destino humano está más allá del fin al que apunta su naturaleza: puesto que cuenta, además de con sus capacidades naturales, con posibilidades culturales, factivas, que –además- son de suyo indefinidas.
Es decir, la persona humana ejerce acciones que van más allá de la finalidad natural del ser humano. Lo que se aprecia –quizá- en que el curso histórico es inacabable de suyo, pues no tiene una orientación o una finalidad intrínseca; por indefinida, la historia carece de forma propia. Por eso aquí decimos que es amorfa: una generalidad indefinida, homogénea, carente de finalidad, infundada; y, en tanto que escapa de su propia culminación, a la postre absurda.
Encontrarse en una situación práctica aporética, por apoyarse en posibilidades factivas, que lastran nuestro presente, no disculpa ni exime, sino que más bien apremia con mayor urgencia, el uso personal de la libertad.
a) En la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI han brotado con fuerza distintos movimientos que apelan a la conciencia ética de las personas; especialmente los vinculados con la ecología frente a los abusos cometidos por el ser humano sobre el planeta; la ingeniería genética, en especial aplicada sobre los seres humanos, es decir, los problemas de la bioética; o la inteligencia artificial y su repercusión en la vida humana, que incluso hace soñar con el transhumanismo, etc.
No puede ser de otra manera: la técnica provoca problemas éticos porque el progreso tecnológico tiene su propio dinamismo, ajeno a la ordenación de las acciones humanas hacia su fin. La necesidad de organizar el tiempo, y no permitir que su ritmo lo marquen los avances tecnológicos, apela a la eticidad de la persona; cuyo déficit se hace patente al considerar su situación problemática-práctica en la historia.
Con frecuencia señalamos que la tecnología es ambivalente: que se puede usar de ella para el bien o para el mal. Y con frecuencia también, por ejemplo, exhortamos a empresarios e inversores a que no miren sólo a los beneficios económicos; sino que amplíen su punto de vista con una consideración ética, que atienda a los receptores de su actividad económica.
Pues lo que aquí decimos es que ésta no es sólo una cuestión moral privada, del científico o del capitalista; sino una cuestión estructural: aunque no propiamente ontológica, sino más bien histórica; en ella precisamente radica el que las acciones prácticas de los seres humanos sean históricas: en su problematicidad ética.
Estar dentro de la historia comporta de suyo un déficit ético, una aporía acerca de la finalidad de las acciones posibles a la persona, una problemática en orden al destino humano. Tal es la condición de la libertad humana: su estar históricamente situada.
b) La historia es una peculiar situación de la libertad humana justamente por ese déficit; es decir, porque compromete a la persona en la destinación de sus acciones, más allá de la guía que la orientación de una naturaleza hacia su fin le puede proporcionar. Más allá de la naturaleza humana y su finalidad, está la persona -el ser libre- y su destino: eso se muestra, y como algo difícil e irresuelto, en la historia.
La problemática que la historia plantea 20, en tanto que marco general de las acciones prácticas de los seres humanos (un marco, como decimos, aporético), es el destino que cada persona impone a sus acciones. Estar en esa situación, en la que destinarse es un problema, es lo propio de la historia, el modo como ésta enlaza con la persona humana y su libertad.
Por consiguiente, la historia, tanto o más que efecto de la libertad humana, es ocasión -obligada dada nuestra situación (y, por lo demás, en ocasiones ardua)- para su ejercicio. El ser humano se inserta en una situación histórica dada, y está emplazado por ella a usar de la propia libertad.
La neta indicación que de aquí se infiere es que la libertad humana no tiene –como dijimos- un sentido causal, un poder eficiente y efectivo sobre los acontecimientos intrahistóricos -que pugnaría acaso con el poder de la naturaleza, del destino, o de los dioses-, cuanto un sentido donal, aportante, destinal: dirigido al futuro, y no al pasado; y movido por la esperanza de aceptación, en último término, la del creador.
Notas
- 20 Cfr. sobre la historia como situación problemática, Leonardo Polo, La ‘sollicitudo rei socialis’: una encíclica sobre la situación actual de la humanidad. En “La originalidad de la concepción cristiana de la existencia”. Edición de las “Obras completas”, v. XIII. Eunsa, Pamplona 2015; pp. 255-315.