El ser humano es el perfeccionador perfectible; esta designación alude a la acción práctica del ser humano, y a éste como trabajador.
a) El trabajo nombra, en toda su variedad y multiplicidad, la actividad humana transitiva; es decir, la que no se queda en el interior del agente, ni sólo repercute sobre él, sino que tiene un resultado exterior. De acuerdo con él, el ser humano perfecciona el universo al habitarlo; pero también se perfecciona a sí mismo, porque con sus acciones se hace él mismo peor o mejor.
Normalmente entendemos por trabajo la actividad que ejercemos profesionalmente, a fin de ganarnos el sustento. De él se distinguen las actividades ociosas: las que realizamos para recrearnos y descansar, o aquéllas otras que hacemos porque disfrutamos con ellas. Pero, en el fondo, toda actividad humana, por gustosa que resulte, termina por cansar, o exige ciertos esfuerzos en un momento dado. Y a la inversa: en toda actividad humana podemos encontrar un sentido reconfortante y placentero.
Toda labor humana, en suma, es trabajo: porque es el ejercicio de sus acciones voluntarias; como el estudio es, en definitiva, el ejercicio de sus actividades cognoscitivas.
b) Hay un sentido objetivo del trabajo; que, como decimos, es el cultivo de la naturaleza y el desarrollo de esa cultura. Pero también hay otro sentido subjetivo del trabajo: por lo general, la adquisición de riqueza, el desarrollo de la propia personalidad, o bien la salida de alguien fuera de sí mismo o del ámbito doméstico, para introducirse en la sociedad civil, etc.
Aquí conviene señalar que hay distintos órdenes de motivación subjetiva en el trabajo. Pérez López distingue con acierto tres tipos: motivos extrínsecos a la tarea realizada, intrínsecos a ella y trascendentes incluso a la persona. Una motivación superior estimula el ejercicio de las acciones, y las dota de una consistencia más íntegra.
No siempre convienen los sentidos objetivo y subjetivo del trabajo; y, aunque la prioridad la tenga la persona, el sentido objetivo del trabajo es el que da a éste su índole propia y su adecuado peso específico; en él se aprecia también la finalidad real de las acciones humanas. Trabajar sólo por la remuneración económica, cosa frecuente hoy en día, es obrar con una motivación pobre, y que además no da mucho de sí: pues suele durar poco.
15.1. La política
a) El trabajo es la acción humana; que resulta productiva cuando versa sobre cosas, plasmando en ellas las ideas que el ser humano suscita, si son factibles en ese momento. Pero, en otras ocasiones, la acción humana versa sobre personas: a las que impera, pregunta, ruega, etc., y así dirige y gobierna. De la acción productiva se distingue entonces la acción directiva, la acción de gobierno.
La acción productiva es despótica: las cosas han de someterse a lo que el ser humano dicta acerca de ellas: no se rebelan, ni tampoco contribuyen a su ejecución. La acción directiva, en cambio, como trata sobre personas, es política, no despótica: ha de respetar la libertad e iniciativa ajenas; y además, la acción de gobierno se beneficia del parecer de quienes han de ejecutarlas, y de su experiencia en la ejecución; por eso mejora con el diálogo, a diferencia de las acciones meramente productivas, en la que no hay comunicación posible con el receptor de la acción.
Aristóteles sugiere que el gobierno de los propios sentimientos y pasiones por parte de la persona no es despótico, sino político; porque imponer rígidamente normas o principios a los afectos y estados de ánimo puede conducir a traumatismos psíquicos. Con un gobierno político de las emociones se intenta más bien aprovechar y encauzar todas las energías vitales en beneficio de la persona y de su acción.
Cuando se trata de los demás, quien ordena delega y escucha. Si lo que quiere no sólo es que las cosas se hagan, sino además que se hagan como él piensa que han de hacerse, entonces que las haga él; porque si solicita la intervención de otro, ha de respetar su libertad, su capacidad de iniciativa. Lo contrario es despotismo.
Aristóteles dividió el saber práctico del hombre en ética, economía y política. Pensaba que la ética era personal, pues dirige las propias acciones hacia su fin; y pensaba que la economía era doméstica mientras que la política pública. Lo cierto es que la ética es personal, sí; aunque también hay una ética profesional (deontología) y otra social: que examina la moralidad de las situaciones e instituciones sociales. Pero la economía y la política no se distinguen como pensaba el estagirita.
La política es el gobierno de las personas; usualmente, a ellas las representan los partidos políticos. Cuando la inspiración política se debilita se limita a la administración (básicamente de un presupuesto), es decir, a la gestión de cosas. En dicha gestión, la política se reduce a pura normatividad, con lo que aboca a la burocracia; con ésta se inhibe la dependencia de la acción política respecto de la persona.
Ciertamente, la política se debe a las personas: es acción política. No es entonces correcto atribuir el mérito o la culpa de la situación política a las ideologías, a los partidos o a las instituciones. La acción política depende de las personas que la deciden y ejecutan.
b) Las instituciones de gobierno, administraciones las solemos llamar, son cuatro: local, regional, estatal e internacional. La central hoy en día es el estado, la principal institución política; por encima de él están los distintos organismos internacionales (como la Unión europea, ONU, UNESCO, UNICEF, FAO, OMC, etc.).
Las distintas políticas cuestionan si los presupuestos del estado han de destinarse a las personas más desfavorecidas (algo propio de los partidos de izquierda) o más bien a las actividades productivas menos operantes, que reducen el bienestar de los ciudadanos (algo más propio de los partidos de derecha); a ello entienden que han de dedicarse los dineros públicos, obtenidos mediante los impuestos. Con todo, las políticas más actuales tienden ya a desdibujar la escisión entre derecha e izquierda.
Las formas de gobierno son, básicamente, monarquía, aristocracia y democracia, con sus opuestos (que son tiranía, oligocracia y demagogia), y con sus distintas variedades (timocracia, teocracia, imperio, dictadura, etc.); en definitiva, se trata de que gobiernan: uno, varios o todos los que quieren intervenir en el gobierno.
En las democracias que actualmente se imponen no sólo gobierna la mayoría (eso sólo no es democracia), sino que ha de hacerlo con respeto a las minorías, que también están representadas en los parlamentos. Tan importante es la tarea de gobierno, como la de oposición: ambas deben orientarse al bien común.
En las relaciones entre los estados, e incluso en el interior de cada uno de ellos, puede emplearse -en lugar de la política- la violencia; y, en su grado máximo, puede desatarse la guerra. Evidentemente, es un mal terrible, que acaba con la vida de los seres humanos. Por eso el pacifismo de algunos movimientos y religiones, como por ejemplo el del budismo, defiende una causa noble; aunque no siempre justificada en una visión suficiente de la persona humana.
15.2. La economía y el dinero
a) La ética trata de las acciones humanas y la política de las relaciones entre personas. El puesto intermedio de la economía anuncia que trata de las cosas -sobre todo, las acciones humanas- que median en las relaciones entre personas.
En las relaciones entre las personas media básicamente el dinero (como Mathieu afirma 19); y median también, y mediaron antes en el tiempo, el trueque y el intercambio obsequioso (como señaló Marcel Mauss); hay ciertamente una economía del don.
Además, median también la distribución de tareas; la asignación de espacios, de presupuestos y de recursos, en ocasiones –pero no siempreescasos; la selección de iniciativas; en suma, todas las cosas y acciones que intervienen en las relaciones humanas. De todas ellas se ocupa la economía.
Si la política organiza la convivencia humana, la economía se ocupa de los recursos que se emplean en ella. Se piensa que estos recursos son escasos, y que por eso hay que economizarlos; pero los recursos siempre se tornan escasos porque el ser humano siempre quiere más, y es inagotable en sus iniciativas. Con todo, como no es lo mismo ser y tener (Marcel), tampoco es lo mismo ser más que tener más. En la cumbre de todo está el ser personal, no sus tenencias.
De manera que la economía es una ciencia humanística: porque, al considerar las acciones humanas -que siempre requieren recursos y los modifican (producen, gastan, distribuyen…)-, trata al fin sobre personas; y por eso está subordinada a la política.
De hecho, tiene tres partes: la economía descriptiva, la teoría económica y la política económica. Ésta última es la principal, aunque en su base esté la teoría económica; pues dirige a su buen fin la actividad económica de un colectivo o de un país.
Como saber humanístico la economía no son matemáticas ni estadística, aunque las use con frecuencia. Pero, junto a esto, hay que reparar también en que, como contar es harto difícil, los criterios contables tenemos que pensarlos muy bien; porque la contabilidad económica a veces adopta criterios parciales, o equivocados, por diversas causas como el temor al riesgo o el miedo a la quiebra; ello produce efectos colaterales indeseados, injustos e inmotivados.
Se distinguen tres sectores en la actividad económica:
- el primario o agropecuario, que depende lógicamente de la extensión de un país (y de su tradición pesquera, como la que tienen Japón, Perú o Chile, por su fácil acceso al enorme océano pacífico);
- el secundario que es la industria (que en el s. XVIII pasó de artesanal a fabril en Inglaterra; de donde se extendió a Europa y norteamérica, y de allí al este asiático);
- y el terciario o sector de los servicios (como toda la industria del turismo, o las del ocio y de la cultura): que es el más desarrollado en los países que hoy consideramos punteros.
b) El dinero es una unidad de medida: el regulador inventado y adoptado por el ser humano, dada su universalidad, para permitir equivalencias entre magnitudes en principio diferentes, de cara a la compra/venta y a las transacciones económicas.
Hay tres formas de dinero:
- el monetario: el dinero en metálico, el que contante y sonante llevamos en el bolsillo, aunque cada vez menos (en Dinamarca o Suecia buscan ya su supresión);
- el nominal: con el que gastamos, por ejemplo, mediante las tarjetas de crédito; y que se reduce a apuntes contables que se suman y restan en las cuentas de los bancos;
- y el financiero, que es el capital: el dinero que genera dinero.
En esta autogeneración del dinero, el capital se asimila a los bienes de productividad más alta. Por ejemplo, la ganadería se diferencia de la agricultura por su superior fecundidad; ya que del campo se obtienen sus frutos, pero el mismo campo no crece, por más que consigamos implementar sus cosechas; el ganado, en cambio, además de producir los bienes que nos suministra, puesto que se reproduce, puede crecer y aumentar. En el dinero financiero este crecimiento es exponencial.
Como el dinero es un producto de la inteligencia, por su universalidad, en cierto modo goza también de la reflexividad de ésta. Porque además de permitir los intercambios, es decir, las compras, puede a su vez ser comprado; y entonces tiene su propio precio: de manera que su venta genera justamente dinero.
En El Capital Marx interpretó mal el orden entre los tres tipos de dinero, cosa lógica porque en su época el capital estaba empezando a hacerse un hueco en la estructura social; anteriormente, la usura, de la que se ocupaban los judíos, era menospreciada por considerarla moralmente mala.
Marx pensó que en la cúspide estaba el dinero nominal, almacenado en los bancos, mientras que el capital mediaba entre éste y el dinero monetario: pues era un plus de valor, la plusvalía, perteneciente al trabajador y del que se apropiaba injustamente el empresario, enriqueciendo sus cuentas indebidamente. El dinero quedaba entonces separado del hombre, como encerrado en sí mismo, en el banco; y produciendo una cada vez mayor y más injusta diferencia entre los haberes del capitalista y los del trabajador.
El pensamiento de Marx condujo a la utopía del comunismo; que, a parte de demostrarse en la práctica ineficaz, como doctrina atenta contra la propiedad privada, de la que hemos dicho que es un derecho casi natural del ser humano.
Lo cierto es que la evolución de los tiempos, y de la economía con ellos, ha enseñado que el dinero financiero está en la cúspide, por encima del dinero nominal; y que desde ella revierte sobre el dinero monetario, sobre los bienes de los que usa el trabajador, principalmente en la forma del crédito; que entonces reactiva el consumo y los otros factores relevantes de la economía.
Con todo, se distinguen, y no hay que confundir, la economía productiva y la economía financiera. Ésta está al servicio de aquélla, por la prioridad del trabajo sobre el capital que a él se ordena (el dinero es trabajo futuro); y ya que lo propio del ser humano es aportar.
En la economía productiva debe primar la oferta sobre la demanda; lo contrario subordina la iniciativa económica a su pronto éxito, y confunde el valor con el precio. Una oferta valiosa, de seguro suscitará demanda, con algo de paciencia y publicidad; y una vez estudiada su oportunidad: pues los estudios de mercado son imprescindibles.
De todas las maneras, no es deseable que toda oferta encuentre demanda; con frecuencia hay que modificar o mejorar la oferta. En su extremo, el consumismo es un defecto ético, que desorienta el ejercicio de las actividades humanas, también por impedir el ahorro y la inversión.
La diferencia entre el precio y el valor de las cosas permite separar el mercado del abastecimiento, y da lugar al mercado de valores. La iniciativa de la persona para dar valor a las cosas es insólita; y activa de manera sorprendentemente fecunda la bolsa, aunque no siempre con entero sentido económico y humano. Además, nunca puede perderse de vista el primado de las personas, pues la economía trata de las cosas que intervienen en sus relaciones; cuando ese olvido ocurre, es decir, cuando se ignora la ética, se suscitan grandes crisis financieras y económicas.
Herederos de la plusvalía mencionada son los intereses bancarios; y algo análogo a ella, como un plus-valor del trabajo -del que se apropia el estado-, son los impuestos. Con éstos se aspira a redistribuir parcialmente la riqueza, mitigando las grandes diferencias entre ricos y pobres que pueden acontecer en una sociedad; es un objetivo recto y exigible. Pero es evidente que impuestos e intereses están hoy desorbitados, llegando al punto de ser injustos; y que, por tanto, necesitan de un ajuste social.
15.3. La sociedad
a) Al considerar estos fenómenos, manifestativos de la dimensión colectiva del trabajo humano, hemos de volver nuestra mirada a la voluntad humana: al querer del yo. Porque, con frecuencia, ignoramos y nos pasa desapercibido que la voluntad no es sólo una potencia del espíritu humano, sino que tiene una dimensión social: es una vinculación colectiva.
Hay cosas (y son la mayor parte, y entre ellas las cosas más preciadas) que en vano las quiere uno solo, porque necesitan el concurso de varias voluntades. Como es, por ejemplo, la voluntad de tener un hijo; algo imposible sin el concurso de otra persona: el cónyuge.
De manera que el querer y actuar humanos tienen, inexcusablemente, un sentido colectivo. Aunque la esencia de la persona humana sea el yo, como el ser humano es siempre un ser social, cuando hablamos de la voluntad, el yo es un nosotros. Sólo así se explica completamente la acción humana.
Buber ha destacado en especial la relación yo/tú. Según lo dice, es inapropiada la consideración del yo en solitario (especialmente, decimos aquí, porque la persona es un coexistente); e inadecuada la consideración exclusiva de la relación sujeto/objeto, la del ser humano con las cosas. De ésta se distingue la relación sujeto/sujeto, que es la más importante entre las relaciones humanas, la relación interpersonal: yo/tú.
Ante el individualismo moderno, importa mucho apreciar el sentido colectivo de la voluntad y acción humanas. De acuerdo con él, la expresión correcta de dicho sentido no es ni si quiera la fórmula de Buber: yo/tú; sino más bien la fórmula yo/nosotros: nosotros, todos nosotros o muchos de nosotros, somos los que queremos y hacemos algo: desplegamos actividades y forjamos instituciones. Por lo demás, los hábitos prácticos, y los adquiridos por las potencias del espíritu, con frecuencia son compartidos por muchos, y así facilitan la convivencia y forjan la cultura.
El ser humano es un ser social por naturaleza. Pero, además -en atención a lo dicho-, es un ser esencialmente social. La sociedad humana es, por tanto, una comunidad de personas; porque la voluntad y acción humanas requieren el concurso con los demás: el yo solo no basta. Para subvenir a esta indigencia del yo, es para lo que acontece la sociedad: el ámbito de las relaciones humanas; por ser la persona un coexistente, este ámbito es sumamente importante.
La sociedad, insisto, tiene su raíz en la menesterosidad de la persona humana: que es infecunda en sí misma, y tiene que abrirse hacia fuera. Tal apertura es la exposición misma de la persona, cuando se manifiesta, a los demás: pues las manifestaciones de la persona humana están a disposición de todos. Brotan de la intimidad, es decir, de la persona; pero son manifestativas de ella precisamente porque la muestran a todos los demás, a cualquiera.
Por este mismo carácter inevitablemente social de la manifestación de la persona humana, reclamamos a la inversa, y solemos establecer, un mínimo derecho a la intimidad, a ciertos reductos de privacidad. Algo muy importante, especialmente ahora, con la televigilancia y con los llamados grandes datos (big data): esos datos ocultos que la informática permite registrar, comparar y elaborar para su uso, principalmente comercial. Como poseedores de una intimidad exclusivamente propia, todos tenemos derecho a la privacidad.
b) La familia es la primera institución social, y la que hace como de base de la entera sociedad. Por destinarse a la familia, el matrimonio no es una mera relación entre dos personas, de carácter afectivo o sentimental; sino que con él se instituye una sociedad nueva, que abarcará ordinariamente descendientes y eventualmente ascendientes, que establecerá nuevas relaciones sociales, que adquirirá propiedades, y a la que se ordenarán sus integrantes.
Obviamente, crisis del matrimonio y de la familia como las actuales, devienen crisis sociales. El divorcio introduce subrepticiamente la poligamia sucesiva, y la infidelidad; y la desestructuración de las familias suele conllevar dificultades afectivas en los hijos, pero también soledad, aislamiento y frustración en los padres. Recomponer familias quebradas, buscando acaso una segunda oportunidad, es siempre algo hacedero, aunque en ocasiones muy difícil; porque los fracasos precedentes afectan a las personas, quizá de un modo insubsanable.
Las investigaciones de Levi-Strauss sobre la ley del incesto, que parece universal en todos los pueblos y culturas, señalan no sólo que al ser humano le están vedados sus orígenes, acceder a ellos para manipularlos; sino además el sentido social del matrimonio: que -mediante los hijos- abre la familia al entrelazamiento con otras familias, para la génesis y desarrollo de la sociedad humana.
Lo cual exige finalmente el tránsito de la aldea a la ciudad, y ello comporta el paso del clan extendido a la unidad familiar ajustada; como también el comercio y el mercado: para paliar la consiguiente falta de autosuficiencia.
Cuando la comunidad formada por parentesco -la línea genealógicase ramifica y torna más compleja surge la nación (término que deriva de nacer); como subdivisión de la gran familia humana, o sea, de esa comunidad suprema que es la humanidad entera, cuya reunión sería la misma culminación de la historia.
Las naciones son relativamente independientes de su institucionalización formal, es decir, de las instituciones políticas a que de lugar. Cuando esa institucionalización se va forjando, entonces tras la institución familiar vienen las instituciones políticas, de las que ya hemos dicho algo.
En el pasado hubo otras formas de organización social: como las hordas nómadas, las tribus indias, los matriarcados centroafricanos y de algunas otras culturas, los feudos y otras sociedades menos institucionalizadas que las actuales.
Además de la institución familiar, y de las instituciones políticas, los intereses comunes de grupos de personas generan otras instituciones sociales llamadas intermedias: clubes, sociedades de diverso tipo, academias, cooperativas, sindicatos, etc. Después hay además agrupaciones y confederaciones de sociedades, dedicadas a toda la diversidad de las actividades humanas, que Scheler agrupaba en torno a cuatro valores: según su carácter económico, ético, estético o religioso.
También a esas múltiples actividades se dedican otras instituciones suscitadas al margen del poder político, que por ello hoy llamamos organizaciones no gubernamentales: ONG (como medicus mundi, harambee, save the children, etc.); muchas de ellas son muy loables, por atender necesidades y penosas contingencias sobrevenidas a las personas.
Las instituciones sociales más importantes en nuestro momento histórico son, seguramente, las dedicadas a la educación y al comercio: la universidad y la empresa; especialmente por el carácter transnacional tanto del conocimiento y como de la economía. Por eso hay que contar con ellas, y no sólo con las instituciones políticas, si queremos organizar bien la convivencia humana hoy.
c) El tejido social se multiplica con esas instituciones intermedias, y debe hacerlo además para ganar consistencia y evitar el aislamiento del individuo frente a los colectivos. Esto se torna especialmente importante a partir del siglo XX: el siglo de la multiplicación exponencial de la población mundial, que en los últimos cien años se ha incrementado de una manera extraordinaria y muy sobresaliente.
Los problemas demográficos que tal incremento ha acarreado han de resolverse con paciencia y talento; pero el control político de la natalidad, al que se recurre en ocasiones (como en China y en algunos países del tercer mundo; en cierto modo -además- obligados por las instituciones internacionales), menosprecia el altísimo valor de las personas, que son las que justamente han proliferado -por fortuna- con ese incremento demográfico acontecido. Ese altísimo valor procede de que cada persona, por tener una intimidad exclusivamente suya, es insustituible.
La explosión demográfica del siglo XX, y el incremento de los medios de comunicación y de transporte, ha provocado el encuentro entre sí de la amplia heterogeneidad de los seres humanos, algo que late bajo el fenómeno que solemos denominar como multiculturalismo. La heterogeneidad de las personas y la multiplicidad de sus culturas demanda la mutua inclusión de unas en otras; pero esa voluntad inclusiva, por respeto a las diferencias, se ha de compensar también con cierta distribución de las personas en atención a sus vinculaciones comunes (por actividades y usos del tiempo de ocio, por su diversa religión, según su distinto nivel económico, etc.).
Notas
- 19 MATHIEU, V.: Filosofía del dinero. Rialp, Madrid 1990.