ANTROPOLOGÍA PARA INCONFORMES (J. F. Sellés)

08. Mujer y varón, familia y educación – la familia

Al comenzar el estudio la II Parte del Curso, la referente a la naturaleza humana, atendimos en primer lugar a la corporeidad[1], y luego seguimos investigando el carácter distintivo de todas las funciones y facultades sensibles. Tras ello, pasamos a la averiguación de la esencia humana, atendiendo en concreto a las facultades espirituales, a saber, la inteligencia y la voluntad, así como a su posibilidad de crecimiento irrestricto: nociones de hábito y virtud. Queda por exponer, para completar este bloque de la antropología, que la naturaleza y esencia humanas admiten dos modulaciones distintas: varón y mujer[2].

Al término del Tema precedente se decía que en estado de naturaleza la voluntad es inferior a la inteligencia, pero que con la activación de ella por parte de la persona, mediante la sindéresis, la voluntad deviene más activa que la inteligencia. En esta Lección se intenta exponer algo semejante respecto de los dos tipos[3] de encarnar lo humano: mujervarón. En efecto, se intentará mostrar que si bien la naturaleza de la mujer está menos dotada que la del varón, sin embargo, debido a la mayor activación que la persona ejerce sobre la naturaleza femenina a través de la sindéresis, se activa más la esencia en la mujer que en el varón.

Una vez considerado este extremo se pasará en este Capítulo al estudio de las dos manifestaciones priorirarias de la persona humana, la familia y la educación, que son la condición de posibilidad de todas las demás, cuatro de las cuales se estudiarán en la Parte III del Curso: ética, sociedad, lenguaje y trabajo. A su vez, esas dos son también el fin de aquéllas.

  1. Distinción corpórea y psíquica

En cuanto a la corporeidad, es obvia la homogeneidad somática a pesar de las distinciones sexuales. De modo que se puede hablar de unidad de naturaleza humana en la diversidad de modos de encarnarla. Como el cuerpo es expresión de la persona, se puede hablar de comunidad de personas a través de su naturaleza. Y ello indica que la persona, también en su corporeidad, es incomprensible en soledad. De ahí el carácter complementario de la masculinidad y la femineidad.

Reparemos ahora en algunas distinciones somáticas. El cuerpo del varón es distinto del de la mujer desde la formación del embión[4]. En la embriogénesis esas distinciones se acentúan. Con el nacimiento, el cuerpo femenino es más receptivo que el masculino, por eso las niñas aguantan mejor las enfermedades que los niños. Con el desarrollo infantil y juvenil se ve que el cuerpo del varón está mejor dotado que el de la mujer en una serie de cualidades: es más fuerte, más capaz de esfuerzos físicos, de trabajos duros, etc. El de la mujer, en cambio, es más débil, o menos atlético, requiere más protección, etc. El varón es más resistente; la mujer más delicada, aunque no es recomendable que lo sea tanto como Dora, la joven esposa de David Copperfield[5]… El cuerpo del varón presenta de ordinario mayor estatura, mayor tamaño en algunas partes manifestativas centrales: las manos, la capacidad craneana, etc., y en otras que no lo son tanto: los pies, los brazos, el tórax, el cuello, etc. El cuerpo del varón está diseñado más para aportar que para recibir. El de la mujer, a la inversa. Además, el cuerpo de la mujer está, por así decir, más unido a su persona que el del varón a la suya. Por eso, la mujer tiende a juzgar las realidades sensibles más en relación con su cuerpo que el varón. Que este hecho es así parece lógico, porque si el cuerpo humano femenino está nativamente más desvalido, la persona de la mujer debe volcarse más sobre su corporeidad para protegerla que el varón sobre la suya, y eso, en la mujer, indica mayor unión con su cuerpo por parte de la persona.

También el sistema nervioso presenta distinciones entre el varón y la mujer[6]. Son distintos asimismo su modo de hablar (el de la mujer es más rápido y fluido y la voz es más cantarina y menos grave[7]), de imaginar (el del varón es más geométrico, el de la mujer más meticuloso), de percibir (el de la mujer es más panorámico y detallista), de desear, (también más puntillista en la mujer), en los sentimientos sensibles (más cambiantes en las mujeres[8]), y, sin duda alguna, son muy distintos los movimientos corporales o modos de comportarse, hasta el punto que el afeminamiento en este punto por parte del varón y el proceder hombruno de la mujer son defectos graves[9].

A nivel de la psicología el varón es más objetivo, más teórico, científico, constructor, especializado, etc. La mujer es más práctica. Respecto de las personas, suele decirse que la mujer es más intuitiva, y el conocimiento intuitivo (personal) es superior al racional. La mujer es más sensible, servicial, compasiva, sacrificada, generosa, constante, reunitiva[10], atractiva, convocadora, sistémica, circunspectiva, etc. Eso indica que las potencias espirituales humanas, inteligencia y voluntad, están más unidas a la persona, más personalizadas por tanto, en la mujer que en el varón.

En una palabra, la mujer está más unida a su feminidad que el varón a su masculinidad. Si eso es así, de ordinario, el varón conocerá mejor los asuntos teóricos, objetivos, las verdades necesarias, que la mujer, pero encontrará dificultades en asuntos más prácticos, y también en conocer y tratar a las personas, también a la persona de la mujer, a menos que sea muy fino e intuitivo. Por eso se explica que, respecto de la mujer, al varón le resulte fácil atenderla, aunque difícil entenderla. La mujer, en cambio, por ser de ordinario más intuitiva respecto de las personas, también de la del varón[11], podrá atenderlas mejor, también al varón tras intuirle, no antes, porque lo comprenderá mejor. Con todo, si le trata mal, lo desquicia[12].

Derivado de lo que precede, la mujer puede ser más humana o inhumana que el varón[13]. Si es más humana, será más madre que el padre padre, y ello no sólo en las que lo son[14]; más esposa que el esposo esposo, más hermana que el hermano hermano, más novia que el novio novio, mejor psicóloga, pedagoga, enfermera, coordinadora de actividades y de grupos de personas, etc.[15]. Es decir, que el “para” de la mujer referido a personas, y también a la persona del varón, en cualquier estado y condición, se ve más claro que el “para” del varón, con relación a personas, también con respecto a la persona de la mujer. Otro tanto cabe decir en el campo de los defectos: en los referidos a personas, los vicios de la mujer dañan más su esencia y la de las demás personas que los vicios del varón.

Además, lo propio de la mujer es la belleza, y la belleza es lo que atrae y reúne; y eso no es sólo externo, sino, sobre todo, interno[16]. La belleza es aquello que agrada al conocimiento en cualquier nivel, sostiene la filosofía tradicional[17], es decir, lo que convoca. La belleza es convocadora, no provocadora. La belleza personal aúna y ordena atractivamente a las personas hacia la propia perfección irrestricta de la intimidad[18]. Pese a ello, la mucha belleza en la mujer dura menos que la poca del varón y, desde luego, mucho menos de lo que la mujer desea: “las mujeres son como las rosas, cuya belleza se marchita y deshoja no bien ostentan su plena floración”[19]. Este extremo conviene que los varones lo tengan en cuenta antes de contraer matrimonio, no vaya a ser que se casen con una belleza extrínseca en vez de con una persona intrínseca, y que con el rápido crepúsculo de la hermosura caigan en la seducción de buscar mujeres más jóvenes, pues “la sangre de la juventud no arde con tanta inmoderación como la de la gravedad cuando, amotinada, se entrega a la impudicia”[20].

El organismo masculino y el femenino son distintos, aunque no simétricos, como tampoco lo son el varón y la mujer. En el varón no se manifiesta tanto su ser personal en su naturaleza y esencia. En este sentido se dice que el varón es más objetivo, es decir, que las facultades de su esencia y de su naturaleza dejan traslucir menos el ser que uno es. En la mujer sucede lo inverso, manifiesta más quien es ella en su pensar, en su querer, y en sus gestos. Por eso se dice que es más subjetiva, y consecuentemente, más reunitiva, es decir, tiene más en cuenta a las personas[21]. Ello indica, como se ha dicho, que en la mujer su modo de ser se identifica más con su feminidad que el ser del varón con la virilidad[22]. Y ello a todos los niveles. En efecto, eso es así, de ordinario, en la familia, en la afectividad, en el campo de las relaciones sociales, culturales, académicas, laborales, etc. Mujer y varón no son iguales en la naturaleza y en la esencia; no lo son ni corpórea ni psíquicamente. La “igualdad” es mental, no real. En la realidad no existe nada “igual”.

¿Serán acaso iguales el varón y la mujer como personas? Tampoco, porque todas las personas son distintas entre sí. No es que “la dualidad sexual distinga a la persona, configurando una persona masculina distinta de una persona femenina[23], porque sencillamente todas las personas como personas son distintas. Lo sexual parece ser más del ámbito de la manifestación que del núcleo personal. Por otra parte, suele defenderse con ahínco que varón y mujer son iguales en dignidad. Desde luego que toda persona humana es dignísima por el hecho de serlo. Ahora bien, si toda persona es distinta, lo que hay que decir es que no existen dos dignidades “iguales”, y ello también entre varones o entre mujeres. La dignidad de cada quién responderá a si es más o menos la persona que está llamada a ser, es decir, si responde más o menos al proyecto personal para el que ha sido creada.

  1. Complementariedad

La dignidad de la naturaleza del varón y de la mujer salta a la vista si se tiene en cuenta que la plenitud de lo humano, la entera naturaleza humana, no la realiza ni la mujer ni el varón por separado, sino la unión de esos dos tipos de configurar lo humano. Y otro tanto cabe decir respecto de su esencia. No se trata sólo de que la mujer y el varón sean complementarios y de que, por serlo, se presten mutua ayuda, sino de que lo humano no es tal sin lo femenino o sin lo masculino, o lo que es lo mismo, que la naturaleza y esencia humana son duales[24]. En efecto, como las acciones del varón y de la mujer admiten unas modulaciones muy distintas, y éstas no son renuentes al perfeccionamiento intrínseco de ambos, la pluralidad de matices en las acciones y en la ética de ellos enriquecen el mundo humano.

La complementariedad es solidaria de la distinción. La distinción es contraria a la igualdad. Actualmente, sin embargo, se reivindica la igualdad. Ahora bien, sólo puede reivindicar la igualdad de la mujer respecto del varón el que supone de entrada que la mujer es inferior al varón. Si de la igualdad personal se trata, ya hemos visto que hay que rectificar lo de igual, porque en rigor no se trata de que la mujer, en cuanto persona, sea igual al varón, sino de que no hay dos personas iguales, y ello ni entre los varones ni entre las mujeres, ni entre los componentes de los dos sexos. Toda persona es distinta, aunque no opuesta. Tras la creación de cada quién Dios rompe el molde.

Con todo, de ordinario no se reivindica la igual dignidad personal sino la igualdad de capacidades, oportunidades laborales, sociales, políticas, etc., y con ello se tiende a asimilar la mujer al varón. Si esa equiparación respeta la distinta dotación natural y esencial de cada quién, es correcta. En caso contrario, se deshumaniza a ambos. En efecto, tan grotesco es el anhelo de que el varón se afemine como el de que la mujer se masculinice. Pretender la igualdad de lo distinto bajo esos parámetros aboca a que cada uno de los dos pierda su propia riqueza y reciba añadidos que, más que perfecciones, son impedimentos para alcanzar la propia perfección. Varón y mujer tienen recursos distintos (los recursos de las mujeres son pasmosos para los varones, porque no son directos). Además, la perfección como personas y el destino de cada uno de ellos no puede llevarse a cabo prescindiendo, o bien en el caso del varón de la masculinidad, o bien de la femineidad en el de la mujer. Por lo demás, la conquista de la dignidad del hombre y de la mujer en cuanto personas no es una victoria moderna o reciente[25].

Cada persona humana, recordemos, es más que la naturaleza y esencia humanas. El modo distinto de encarnar la naturaleza y de activar la esencia por parte de la mujer complementa al del varón, de modo que los dos son complementarios en cuanto a la naturaleza y esencia, no en cuanto a la persona. Entre ambos forman una única naturaleza y esencia: la humana, que no es viable por separado. Si la naturaleza y esencia humana no son viables separadamente, y el obrar propio de ellas sigue al modo propio de ser de éstas, todas las manifestaciones humanas, la ética, la educación, el trabajo, la cultura, la técnica, la economía, etc., son tan propias del varón como de la mujer, si bien con modulaciones distintas.

  1. ¿Es necesaria la familia?

La familia es la primera manifestación de la persona humana, la más alta, porque en su intimidad la persona es Se propone a consideración en esta Lección el estudio de la familia como vehículo natural y esencial de acceso a ese rasgo del acto de ser personal, a ese radical personal, que es el amar (que se estudiará en el Tema 16). Conviene tomar la familia como camino de acceso al amor personal porque el amor forma la familia. El amor es el carácter personal que vincula a las personas entre sí. Sin ese vínculo no cabe familia. Claro está que se trata del amor personal, no de lo que se llama “amor” de ordinario, pues un amor que no conlleve la entrega de la persona que se es, y no se refiera a una persona como tal, es un amor que queda referido a cosas susceptibles de intercambio o compra-venta, pero “amor comprado, dale por vendido”[26]. Lo que se compra y vende se posee, no se es. La familia tiene su raíz en el orden del ser, y se manifiesta en el del tener.

Una persona aislada no sólo es absurda sino también imposible. Ahora es pertinente añadir que la negación del aislamiento se llama familia. Ello es así tanto en la vida natural, biológica, del hombre, en la esencial, como en la vida personal. En la naturaleza humana, un hombre es inconcebible sin padres, aunque, por descuido, algunos de ellos no pasen de meros progenitores. En la esencia humana, cuando más crece ésta según virtudes es cuando éstas se refieren a los demás miembros de la familia. En el acto de ser personal, el quien que cada uno es (no su cuerpo, ni sus aficiones, o su psicología, etc., sino la persona que es), no es un invento propio, ni de sus padres, ni de la biología o los biólogos, ni de la sociedad o de la historia, sino que remite a una relación familiar personal más profunda y elevada, a un Padre capaz de suscitar tantos hijos distintos, un Origen de tanta radical novedad; en suma, a una persona que no conviene soslayar. Además, cuando se forma una familia humana con una persona de distinto sexo, quien se compremete es el acto de ser ¿Por qué el hombre es capaz de familia? Porque ama. Más aún, la persona humana no sólo ama (acto de querer) o posee amor en su voluntad (virtud), sino que es amor.

El amar personal es de carácter libre, no necesitante. En una primera aproximación parece que la familia es necesaria al menos desde el plano de la biología. Por ejemplo, para que sea viable la supervivencia y el desarrollo del cuerpo humano tras el nacimiento. Sin embargo, algunos nacen sin conocer a sus padres, otros viven sin familia, y aun otros renunciando a sus padres y a su familia. ¿Es absolutamente necesaria la familia para vivir? Para sobrevivir no es necesario formar una familia. La familia humana no es necesaria sino libre. En efecto, no es obligatorio tener una familia. Nadie está forzado, por ejemplo, a casarse, ni tampoco a tener hijos, e incluso a aceptar a sus padres, pero para quien sabe que lo suyo es formar una familia y decide libremente llevarlo a cabo, es mucho mejor hacerlo que no hacerlo. Formar una familia es libre, y en el hombre siempre es superior lo libre a lo necesario. Formar una familia es, además, sumamente conveniente para quien desea mejorar en humanidad, porque cuanto más mejoran los hombres como tales es en el trato amoroso con sus familiares, más que con la sociedad[27]. También cuando más abdica el hombre de esos lazos familiares es cuanto más se envilece. Pero es pertinente insistir en que si a alguien no le acepta su familia, donde no existe aceptar, sobra el dar. Con todo, si bien sobra el dar, no sobra el aceptar. Mantener la aceptación deja la puerta abierta a que la familia le pueda volver a aceptar.

La libertad -como se verá- es un rasgo distintivo de la persona. Si formar una familia es libre, ¿no será también la familia un rasgo distintivo del ser personal? Lo investigaremos más adelante. De momento, téngase en cuenta que al margen del hombre, ninguna especie animal forma una familia[28]. La unión estable de varón y mujer vinculados por el amor y el cuidado de los hijos distingue al hombre del resto de los mamíferos superiores. Por tanto, salta a la vista que pretender igualar en esto al hombre con los demás animales no pasa de ser un mero despropósito. Serán como los animales, es decir, sin familia, los que quieran serlo, pero nadie puede negar que el que no lo quiera ser no lo será, porque el hombre es capaz de más: de familia[29].

  1. El amor: vínculo de la familia

Si el amor es un radical personal del hombre (como tendremos ocasión de estudiar al final del Curso), también es vínculo familiar. Es el origen de toda familia humana; el centro de donde ella nace. La familia natural nace del amor personal, es la primera manifestación del amor personal y se encamina al amor personal. En suma, la familia natural es manifestación de la familia personal. La persona es amor, y amar a la persona implica valorarla como quien es, es decir, por su ser[30]. Para comprender el amor personal, insistimos, conviene atender a la familia humana como vehículo natural de acceso a él, porque la familia es esa unidad amorosa en la que se ama a cada quién por ser quien es.

En la tradición literaria, los escritores no han cesado de advertirnos que “mal se compadece amor e interés, por ser muy contrario el uno del otro”[31]. Al parecer era éste un error bastante difundido; hoy día se esparcen otros. En efecto, en la actualidad muchos entienden el amor humano como deseo sexual. Pero téngase en cuenta que en este tipo de amor, “el que huye es vencedor”[32]. Otros muchos lo equiparan a las emociones sensibles, a la afectividad sentimental. Estos amores se manifiestan, sobre todo, en la juventud, pues ésta “no sabe disimular sus sentimientos”[33]. Varios lo entienden, según señaló Aristóteles, como el “querer un bien para otro”[34]. El Estagirita es de la misma opinión que aquellos que piensan que “bien ama quien nunca olvida de hacer el bien que puede”[35]. Pocos son los que vinculan el amor al juicio racional objetivo del valor que se quiere (Scheler, por ejemplo), entre otras cosas, porque, si bien antes se entendía que valor equivalía a audacia, hoy no se sabe a las claras que sea un valor. Igualmente escasos son aquéllos que dicen residir el amor en un acto de la voluntad[36]. Incluso existen pareceres que vinculan a la vez el amor a la voluntad (potencia de la esencia humana) y a la persona (al acto de ser personal)[37].

Todas esas facetas pueden ser manifestaciones más o menos intensas del amor personal. Ahora bien, el amor personal no se reduce a alguna de esas facetas o al conjunto de ellas; es una realidad superior, pues la persona es capaz de amar mucho más que lo que expresa en esas manifestaciones. Si el amor es personal, habrá que entenderlo como don sincero y generoso de sí a otra persona considerada como tal persona[38]. O también, como aceptación de una persona como tal persona. Si ese amor es personal, todas aquellas otras visiones aproximativas al amor humano anteriormente enunciadas constituyen una reducción del amor, porque todas esas son facetas de las que la persona dispone, pero no son la En ninguna de ellas el amor es personal, pues amar es la persona que uno es. Las demás sin ésta son baldías[39].

Si el amor es personal, quien ama no es algo de alguien (su voluntad, sus afectos, etc.) sino alguien. A su vez, a quien se ama personalmente no es algo de alguien (su pelo rubio, su cuerpo joven y bien formado, su belleza física, su simpatía, su ingenio, su dinero, su cultura, su capacidad laboral, etc.), o algo para alguien (regalarle unas flores, un collar o un anillo, invitarle al cine o a una pizzería, etc.), sino a alguien. Amar es dar, y no cabe dar sin aceptar. Amar no es dar o aceptar cualquier cosa, sino darse y aceptarse: otorgamiento y aceptación personales. Se trata de amar y aceptar a una persona distinta, queriendo, además, que tal persona responda cada vez más a su propio proyecto como persona irrepetible. ¿Qué se requiere para aceptar? Ante todo comprender. Si no se comprende quién es la persona a que se quiere amar, no se la puede amar personalmente. El dar respecto de un quién que se ignora es perder el tiempo. Pero a una persona no llegamos a comprenderla enteramente nunca. Sin embargo, ello no es obstáculo para que la amemos, pues si el amar arrastra al comprender hasta donde éste puede, lo que falta por comprender se puede disculpar, perdonar.

De entre las acepciones usuales de “amor”, descritas más arriba, la única no reduccionista del amor es la personal. La única actitud adecuada de trato con una persona, escribía K. Wojtyla en uno de sus primeros libros, es el amor[40], porque es la única que valora a la persona no como un medio, sino como fin, que es como se debe tratar a las personas, como ya advirtió, por otra parte, Kant[41], pero no por el motivo que señaló este filósofo, a saber, por la moralidad[42] (la ética), sino por algo más profundo (y condición de posibilidad de la ética): por ser persona. Es decir, por ser quien es (tema que alcanza la antropología trascendental, no la ética). Si la persona es amor, el amor no es medio sino fin. No se ama para algo, sino por amar, porque amar es ser feliz, es decir, es fin en sí.

Si a las personas se las valora como medios se tiende a usar de ellas, pero en esos casos no se tiene en cuenta a la persona como tal, su ser, sino determinados asuntos de la persona. Por eso, si no se ama a la persona sino algo de ella, no hay verdadero matrimonio. Para amar personalmente a una persona se requiere de cierto tiempo, pues los prontos amores románticos dejan como cadencia realistas y duraderos pesares[43]. También por ello se dan tantas separaciones y divorcios, porque no se sabe amar personalmente. Si no hay amor a la persona tal como ella es y, sobre todo, tal como está llamada a ser, no existe amor personal. Con todo, sólo Dios sabe enteramente a qué está llamado cada quién, pues es él quien llama. De modo que amar a una persona es amar para ella el proyecto divino sobre sí y, consecuentemente, intentar intuirlo, respetarlo (puesto que no coincide con el propio) y ayudar en la medida de lo posible a esa persona en orden a encaminarse en ese proyecto. Por tanto, un amor es personal si mira no sólo al es de la persona sino, sobre todo, al será. En consecuencia, un amor que no sea personal o que no sea correspondido personalmente, y abierto en orden al futuro, es mejor cortar con él cuanto antes. Como observa Tomás de Aquino: un amor referido a una persona que no tenga por objeto a la persona entera no es tal y, en consecuencia, hay que matarlo[44].

Si el amor esponsal en el matrimonio manifiesta la unidad de la dualidad de la naturaleza y esencia humanas –varón-mujer–, y a la par la comunión interpersonal propia de cada persona, lo que en ellos se une no es sólo el cuerpo y el alma, sino las mismas personas, de modo que cabe hablar de copersonas o de coexistencias. Del amor matrimonial en sus manifestaciones propias en la naturaleza y esencia humanas se ha dicho que la distinción entre varón-mujer estriba en que el varón da amor para recibirlo, mientras que la mujer recibe amor para darlo[45]. Sin embargo, la clave en ambos cónyuges a nivel personal no está en el dar sino en el aceptar. En efecto, lo primero en el ser humano (varón-mujer), también en el matrimonio, no es dar sino aceptar. Lo que se acepta, conviene insistir, no es algo de alguien, sino a alguien[46], a una persona distinta. Bien entendido que ambos son aceptación y donación, pues de lo contrario no serían personas. En su unión, lo primero en ambos no es dar, sino aceptar.

Si los dos conyuges son en primer lugar aceptar, lo son no sólo mutuamente, sino también respecto del mayor don posible: una nueva persona, el hijo. Por eso, una unión conyugal natural no abierta a los hijos no es personal, y, por tanto, no es apropiada al matrimonio. También por eso sólo puede ser matrimonio la unión que hace posible el hijo, a saber la de varón- Y además, no con cualquier varón-mujer, sino sólo con éste/a, que será padre/madre de tus hijos. Por lo demás, si se olvida esa subordinación de los padres a los hijos, comienza a aparecer a su vez la infidelidad entre los conyuges. Ese defecto afecta siempre más a la esposa que al esposo, pues si el fin de ser esposos es ser padre y madre, dado que la madre es siempre más madre (hasta corpóreamente) que el padre padre, si la esposa rechaza la maternidad comenzará a llevar con desidia la esponsalidad, asunto que, evidentemente no afecta sólo a ella sino al marido, pues “no hay carga más pesada que la mujer liviana”[47]. Ahora bien, en la culpa está el castigo, pues perder el amor de madre es perder lo mejor[48].

Lo primero de los padres respecto de la nueva persona, fruto de su unión, el hijo, tampoco es dar sino aceptar. Lo que ambos aceptan es un nuevo don personal. El hijo, a su vez, es un nuevo dar y aceptar respecto de los padres. Ahora bien, si la persona del hijo desborda enteramente la acción biológica y psicológica conyugal de los padres, hay que sostener que ambos padres son aceptar respecto de otro Dar personal superior, un Dar que otorga ese nuevo don. A la par, el hijo no se entiende sino como un nuevo aceptar y dar, desde luego en lo natural respecto de sus padres naturales[49], pero por encima de ellos, y personalmente, respecto de Quien le ha otorgado su ser personal. Como se ve, los padres sólo pueden ser buenos padres si son buenos hijos, porque aceptar un nuevo hijo, respecto del cual ellos sólo otorgan la naturaleza, es aceptar que también ellos son personalmente hijos respecto de tal Padre. A su vez, el hijo sólo será buen hijo si se parece en esa filiación a sus padres, es decir, no en que se parezca biológicamente a sus progenitores, sino en ser buen hijo de ese Padre respecto del cual tanto él como sus padres son hijos.

Por lo demás, la familia conforma un hogar, asunto bien distinto de un piso. “Hogar” indica el ámbito de lo entrañable. “Piso” insinúa más bien el lugar físico en el que se coincide, a veces porque no queda más remedio. Un riesgo que corren las parejas jóvenes es la confusión entre ambos términos. En efecto, se preocupan en exceso del piso, su ubi y su status social, de la construcción y reformas, del mobiliario y los electrodomésticos, de la decoración, etc., y menos de la intimidad personal. Como esto acapara su interés en vez atender al aceptar, al dar y al don (el hijo), aparecen los conflictos de intereses y las separaciones de bienes, de los cuales el que sale ganando es el abogado, el único que no se separa de ningún conyuge que se “divorcia”…

  1. ¿Indisolubilidad conyugal?

“Bien o mal nacido, el más indigno marido excede al mejor galán”[50]. Si la indigna es la esposa (que lo puede ser en mayor medida que el esposo), también aventaja ella más a cualquier otra romántica. Cuando esto no se entiende es porque no se sabe, o se olvida, que el matrimonio es -como se ha indicado- amor personal a una persona como tal persona, no a sus manifestaciones, que pueden estar incluso cuajadas de vicios y defectos. Si el amor no fuera personal, de persona a persona, sino sólo asunto de deseos sexuales, o de emociones, o de afectos, o de juicios valorativos, etc., sería pasajero, y pronto o tarde caería en la desilusión[51], pues todos esos elementos se refieren a asuntos temporales, cambiantes, caducos. Si eso fuera así, no sólo el divorcio, sino también las deformaciones sexuales estarían justificadas. Sin duda esas actitudes son una gran injusticia porque evaden cualquier compromiso personal. Es más, si el hombre se redujera a estas actividades y no fuera capaz de más, no tendría cabida jamás el verdadero matrimonio[52]. Matrimonio es compartir la intimidad a través de la distinción tipológica varón-mujer[53].

En cambio, si el amor es personal, dado que la persona no se reduce al tiempo físico, y dado que su irreductible valor es en cierto modo irrestricto, la indisolubilidad conyugal, por ejemplo, queda establecida. Matrimonio es la unión de cuerpo y espíritu entre varón y mujer de por vida. No hay razón ninguna para disolverlo, porque la riqueza del núcleo personal de cada conyuge, pese a las indudables deficiencias presentes en la naturaleza y esencia humanas, es inagotable, y consecuentemente, siempre se puede conocer y amar más. Además, como la persona no muere (sólo fenece su cuerpo), es explicable por qué tantos viudos/as prefieren no contraer segundas nupcias, pues es claro que el amor a la persona fallecida puede seguir vigente, aunque ahora sin comprometer directamente a la naturaleza humana.

Como la unión no es sólo corpórea sino espiritual, esa unión es como la de una fraternidad adquirida, donde cabe hablar más de hermanohermana que de varónmujer. Si la persona es un don, y si dar es correlativo de aceptar, la indisolubilidad matrimonial se justifica por la posibilidad de aceptación mientras se viva. Aunque el rechazo (que posiblemente da lugar a la separación), lo haya promovido una de las dos partes (o las dos), la otra (o las dos) no debe/n renunciar para siempre a aceptar y a ser aceptada, porque mientras se vive siempre cabe la esperanza de volver a aceptar y de volver a ser aceptado[54]. Algo similar ocurre entre padres e hijos y entre hermanos. Aunque alguno de ellos rompa con la familia, y no acepte a los demás como tales, siempre queda la esperanza de volver a ser aceptado. Con todo, en ambos casos es claro que, aunque se haya renunciado a la familia, nunca se deja de ser familia. Por tanto, la esperanza justifica la indisolubilidad. También por eso, el divorcio es un ensombrece la esperanza.

Salvando las distancias, algo similar ocurre con los amigos. Aunque la amistad se resquebraje en algún momento, siempre cabe la posibilidad de reanudarla[55]. Y cuando se renueva, se lleva a cabo con la ventaja de que ahora es más fiel. Con todo, el matrimonio vincula más que la amistad, porque enlaza dos intimidades a través de la carne. La riqueza de la comunicación depende de la riqueza de la intimidad compartida. ¿Cómo afianzar ese amor? De modo perecido a como la amistad humana crece cuando va a más, el amor personal sube de nivel y se afianza cuando va a más. ¿Cuándo va a más? Cuando es elevado. ¿Cómo elevarlo? Los cónyuges no son capaces de ese encumbramiento, pero Dios sí, si bien lo que sí pueden hacer marido y mujer es “ponerse a tiro” respecto de esa exaltación.

Si el amor es personal, dado que una persona es susceptible de ser irrestrictamente amada por sí misma, carece de sentido personal el “amor libre”, en el que sólo se quiere o desea algo de la persona (su cuerpo), no la persona. Lo mismo cabe decir respecto de la poligamia[56], porque -como se dijo- en ella el aceptar del esposo no es enterizo sino dividido, no personal por tanto, y lo mismo ocurre con la poliandría, por la misma razón, aunque todavía peor, por parte de la esposa. Todos estos son “amores” reductivos, no personales, sino que despersonalizan; contrarios, además, a esa dignidad del hombre y de la mujer tan reivindicada, porque en todos ellos uno de los miembros se erige injustamente como superior a los otros. Todos ellos conllevan además un agravante anejo: que el bien de los hijos reclama la unión, aceptación y donación, irrestricta de los padres[57] entre sí y hacía los hijos.

La índole y el fin de la familia se basan, pues, en el amor. Si la entrega es personal es entera, y conlleva, en consecuencia, la entrega del cuerpo en toda su temporalidad, porque éste es una disposición de la persona. Si eso es así, la naturaleza del matrimonio es tan duradera como la del cuerpo mismo e irrevocable. A su vez, hay que distinguir entre usar del cuerpo y usar según el cuerpo. Lo primero es incorrecto, pues usar del cuerpo según a uno se le antoje, es una ingerencia injustificable de la persona en la índole de naturaleza humana que tiene a su disposición, porque no respeta el modo de ser de ésta. Lo segundo es correcto, porque es la salvaguarda por parte de la persona del modo de ser de la naturaleza humana.

En suma, el matrimonio es esa unión personal de mutua aceptación y donación o entrega amorosa, proyectado al futuro, hasta el fin de la vida, en el que a quien se ama es a la persona, por encima de sus cualidades psíquicas, corporales, o incluso pertenencias anejas[58]. Por otra parte, y obviamente, sobre el matrimonio se asienta esa otra comunión más amplia que se establece entre los padres e hijos, entre los hermanos entre sí, los abuelos y los demás miembros de la familia.

  1. ¿Machismo?, ¿feminismo?

Sólo puede tomar partido por una de las dos alternativas quien atienda en exclusiva a la naturaleza o a la esencia humana. Pero para quién alcance el acto de ser personal, la disyuntiva está de más. En efecto, en la naturaleza, parece dominante el varón; en la esencia, en cambio, la mujer. Pero en cuanto personas: sólo Dios sabe.

Si la mujer se vuelca más sobre su naturaleza humana para protegerla es porque ésta es inferior a la del varón. Recuérdese: la realidad es distinta y la distinción es jerárquica. Con ello en modo alguno se pretende encubrir una especie de machismo antropológico, máxime en una época en que tal empeño se considera “políticamente incorrecto” (de ordinario, y paradójicamente, más para los varones que para las mujeres). No es eso encumbrar lo masculino en todo caso, porque si bien la naturaleza humana en la mujer es más débil que la del varón, sin embargo, su esencia puede ser superior, si ella se empeña. En efecto, más preocupación por parte de la mujer respecto de su naturaleza indica más capacidad de activarla; lo cual redunda en la obtención de una esencia más activa. Esto se puede comprobar en el ámbito de las potencias espirituales, y también aludiendo a la sindéresis, de donde éstas nacen, pues este hábito está más vinculado a ellas en el caso de la mujer que en el del varón. Tomemos como ejemplo las virtudes de la voluntad. Cuando la mujer adquiere fortaleza, paciencia, etc., las activa más que el varón. Por el contrario, cuando adquiere los vicios opuestos, le envilecen a ella en mayor medida que al hombre.

No obstante, por encima de la sindéresis la persona humana dispone de otros hábitos innatos superiores: el de los primeros principios y la sabiduría (atenderemos a ellos en la IVª Parte del Curso). Y por encima de ellos, no se olvide, está la persona humana o acto de ser personal. Ésos dos hábitos superiores no forman parte de la esencia humana, sino que son personales. Por ello, no se puede decir que en ellos la mujer exceda esencialmente al varón. En el caso de los primeros principios más bien parece lo contrario. Éstos guardan más distancia con la sindéresis en el caso del varón que en el de la mujer. Una vertiente elevada de la filosofía, en concreto la metafísica, depende de ese hábito. No es pues mera casualidad que esta disciplina la ejerzan mejor los varones y suelan desentenderse más de ella las mujeres[59]. Por cuanto al hábito de sabiduría se refiere, su altura hay que vincularla a la altura del ser personal, respecto del cual ese hábito es solidario. En consecuencia, la jerarquía tanto del hábito de sabiduría como del ser personal son distintos en cada quién, y dependen de la respuesta personal de cada hombre y mujer a cumplir su propia misión personal asignada por el Creador. Esto es, será más persona (acto de ser personal), y consecuentemente se conocerá más como tal persona (hábito de sabiduría), quién mejor responda a esa llamada, y ello independientemente de que sea varón o mujer.

Machismo, por tanto, no. Atendamos, pues al feminismmo. Es un hecho lamentable que la mujer haya sido relegada en la historia de la humanidad a un segundo plano, olvidadas sus peculiaridades, e incluso a veces, marginada y reducida a esclavitud (no menos penoso ha sido la esclavitud del varón en todas las épocas), seguramente porque en tal historia los valores de apertura, respeto, acogida, ternura, etc., han sido despreciados y sustituidos por los de dominio, prepotencia, imposición, fuerza, etc. También hay que reconocer que el relegar a la mujer a ese segundo plano ha sido fomentado en el pasado por una educación sectárea, por una infravaloración de la mujer en los campos laboral, social, político, económico, etc. Basta leer obras célebres de teatro, novelas, etc., para darse cuenta que hasta el s. XIX era costumbre que el matrimonio de las hijas fuese pactado de antemano por el padre, independientemente de la inclinación de la futura esposa[60], aunque tampoco faltaron desde antaño voces de protesta[61]. Obviamente esta costumbre social, tan arraigada en el pasado, no sólo es injusta sino despersonalizante. Por lo demás, no hay que argumentar mucho a favor de su inconveniencia, pues, por suerte, es un error abolido en la sociedad actual.

De todos es sabido que los tratos injustos a la mujer han sido denunciados, entre otros muchos, por un movimiento que ha venido a llamarse feminismo[62]. Sin embargo, no todas las proclamas que engloba el ideario de esta corriente son igualmente justas. Bien es verdad que desde su inicio a mediados del siglo XIX hasta hoy, ha albergado en su seno diversas variantes. Características comunes a todas ellas han sido las denuncias en torno a injusticias y discriminaciones sufridas por la mujer, la reivindicación de la mujer concerniente a la libre disposición de su cuerpo, la igualdad, fundamentalmente laboral y política, con el varón, la abolición de las valoraciones tradicionales sobre la mujer, etc. Muchas de esas denuncias son justas, y por ello atendibles. No obstante, “no es oro todo lo que reluce” en esas críticas, pues históricamente todas estas reivindicaciones han ido de la mano de un ataque directo y sistemático a la familia, porque el antiguo feminismo suponía injustificadamente que la familia era la causa que “esclavizaba” a la mujer[63]. Es históricamente explicable este error, porque una concepción equivocada acerca del núcleo personal conlleva inexorablemente un cúmulo de errores en la interpretación de las manifestaciones humanas. Afortunadamente, el nuevo feminismo ha abandonado esas viejas posiciones. Saber rectificar es gran cosa, y si se hace bien, de sabios[64].

El peligro actual, más que de machismo o el feminismo reside en el individualismo, tanto por parte del varón como de la mujer. Por lo demás, la “igualdad” que proclama este individualismo, si desconoce el ser personal, y en buena medida no respeta las ricas distinciones de la naturaleza humana, no tiene por qué desplazarse y ser copiada en el ámbito femenino. En efecto, el individualismo es cerrado, un intento de explicar a cada quién sólo desde sí, una autosuficiencia necia no falta de orgullo. En cambio, la persona es abierta, aceptante y donante, pero la aceptación y la donación se modulan de distinto modo en la naturaleza y esencia de la mujer y en las del varón. La persona no es, pues, un fundamento aislado[65].

En suma, la mujer es persona no menos que el varón, un aceptar y un dar abiertos, inexplicables sin vinculación personal a personas distintas. Si sus personas son distintas, la naturaleza y esencia de la mujer tampoco es “igual” a la del varón, porque es una realidad, y las realidades son distintas. Por tanto, lo que hay que intentar es desvelar en mayor medida la peculiar distinción de naturaleza y esencia de la mujer[66], que indudablemente admitirá más distinciones psíquicas, y de mayor riqueza, que las físicas. En este sentido, son peculiares su específica maternidad[67] y virginidad[68], en las que se manifiesta de modo especial el don de sí por amor.

  1. Sobre los hijos

Paternidad y maternidad significan primero coaceptar, y en segundo lugar, codar. Si la persona es don a la par que coexistencia, no es que la paternidad sea donación de la vida para el hijo y que la maternidad sea aceptación de la vida para el hijo, sino que ambos aceptan al hijo y, consecuentemente, se dan a él conjuntamente. Aceptar y dar también es servir; por eso acierta quien afirma que el servicio a la vida es el cometido fundamental de la familia. Los padres son para el hijo, entre otras cosas porque es más radical ser hijo que ser padre, pues la filiación es una nota de la intimidad personal; la paternidad lo es de las manifestaciones. La intimidad es fuente de las manifestaciones. De ahí que quien es mal hijo acabe siendo mal padre[69]. Por eso, lo peor que les pueda suceder a los padres es perder al hijo[70]. Sólo la supuesta familia que desconoce el infinito valor de una vida humana se retrotrae de la generación, si es que ésta está en su mano, pero ese retraimiento, por lo demás ordinariamente egoísta, no deja de ser ciego respecto del ser personal[71].

Ya se ha indicado que lo que los padres dan es la vida natural, no la vida personal de la nueva persona que viene al mundo. En rigor, la persona del hijo no la dan, sino que más bien la aceptan. Lo primero en el hombre no es nunca dar sino aceptar, y eso se ve también en la paternidad-maternidad. Lo primero respecto de la persona del hijo por parte de los padres no es otorgarle el ser personal, puesto que eso no está en manos de los padres, sino en aceptarlo como quien es. Lo segundo por parte de los padres es ir descubriendo progresivamente ese ser personal, y correlativamente, ir amándolo y educándolo en orden a esa dirección. Si los padres no confieren el ser personal, sino que únicamente otorgan su viabilidad natural al otorgarle un cuerpo humano vivo, ¿en manos de quién está ese ser? No conviene dejar sin respuesta esta cuestión, a menos que uno desee verse a sí mismo como una incógnita irresoluble a nivel personal, pues en ese caso sólo se conformaría con su sentido biológico o natural, o a lo sumo con un sentido esencial (ético, profesional, cultural, etc.). Si se concibe a sí mismo como un sin sentido personal, también verá así a los demás[72].

Está de moda atacar la vida humana no nacida o a punto de perderse por una supuesta “calidad” de la misma. Por eso se regula la natalidad y se cometen impunemente millones de abortos, se legaliza la eutanasia, etc.; y todo ello reivindicando la “dignidad” de vida. Tal tesis en economía es una pura falsedad, porque la mayor fuente de riquezas (como se verá en el Capítulo 12) son las personas. En ética tal proceder es un puro egoísmo homicida. ¿Y qué decir de ese problema en antropología? Que ese crimen destruye más a las personas que lo cometen que a las que lo sufren, pues a los abortados se les priva sólo de su vida natural, no de la personal, mientras que los abortistas intentan suicidar su propia vida personal al cometer ese acto, pues matar a alguien implica que uno se concibe a sí como no coexistente respecto de aquella persona, es decir, un no aceptar ser quien se es respecto de aquella persona distinta a quien se mata su cuerpo; es no saberse copersona o coexistencia con ella (en este caso, co-persona con la persona del abortado). Y eso, evidentemente, es la pérdida del carácter personal propio. Ahora bien, es obvio que perder la vida natural es inferior a perder el sentido personal[73]. Vale más una vida que cualquier acción humana sobre ella. Por eso sólo son lícitas las acciones sobre la vida humana que la favorezcan, que la mejoren[74]. Y asimismo, vale más una vida humana que cualquier otra realidad natural y cultural existente en el universo, pues todas ellas están en función de la vida humana y no al revés.

También está de moda hacer alusión a los “derechos reproductivos”, entendidos éstos en el sentido de hacer uso de la capacidad sexual según el libre albedrío, teniendo éste poco de libre (sólo lo liberal -otros lo llaman libertinaje, esclavitud de las pasiones en el fondo), y poco de albedrío (porque el que se deja llevar por esos derroteros frecuentemente “pierde la cabeza”, la razón, el albedrío). Además, en rigor tales presuntos derechos no son ordinariamente reproducitivos, sino “abortivos”, “contraceptivos”, “esterilizantes”, etc., y en cualquier caso viciosos (lujuria, egoísmo…). Si somos consecuentes con lo expuesto, los derechos reproductivos sólo admiten justificación siempre y cuando no entren en contradicción con el amor personal que implica la aceptación y donación personal enteras, abiertos por tanto a la transmisión natural de la vida humana dentro de la familia[75], pues sólo existe verdadera aceptación y donación personales si éstas son, a su vez, aceptación y donación respecto de la mayor aceptación y donación posibles para ellas, esto es, si no prescinden del don personal por excelencia: el hijo. Por eso el fin del matrimonio es el hijo, y todo lo demás es segundo respecto de éste.

Es tradicional admitir que el fin del matrimonio es doble: a) la procreación, y b) el amor y ayuda mutua entre los esposos[76]. Ahora bien, si el amar personal es aceptar y no cabe aceptar sin dar y viceversa, conviene añadir -como se ha indicado- que no cabe aceptar ni dar sin don. Del mismo modo que no cabe regalar y aceptar el regalar si no hay un regalo, aunque sea un libro por ejemplo, tampoco cabe aceptar y dar personales sin abrirse a un don personal. Eso es el hijo: un don personal. Se comprende así que abrirse al hijo sea el primer fin del matrimonio, porque sin la apertura a él el dar y el aceptar entre esposos no son tales, o sea, no son personales. Si el amor de los esposos es personal estarán abiertos al don por excelencia: el hijo. Bien entendido, que este fin no se reduce a engendrar, sino que comprende la generación, la crianza y la educación. En efecto, la educación, por ejemplo, es otra generación, pues consiste en ayudar a nacer la vida afectiva, la intelectual, la ética… del educando. Por ello, el hijo es, en todo periodo de su vida, ese don personal que refuerza e incrementa el dar y el aceptar de los esposos, es decir, el amor. Si el fin de los padres es el hijo, una gran pena de los padres es no poder tener hijos, y otra no pequeña es que el hijo deje mucho que desear como hijo (no en cuanto a deficiencias físicas o psíquicas, sino en cuanto a morales y personales, es decir, filiales).

Los padres lo son en función del hijo. De modo que la filiación es superior realmente a la paternidad. Con todo, existe una filiación superior a la que guardan los hijos respecto de sus padres: la que guarda cada quién (también cada padre) respecto de Aquél de quien todos son personalmente hijos[77]. Por eso, la filiación que cada quién como persona mantiene con su Origen personal es superior a la que mantiene cada hijo natural respecto de sus padres naturales[78]. Una última cuestión, cuando un hombre capta que es hijo, intuye que caben multiplicidad de hijos. Más aún, que es muy bueno que no exista un solo hijo humano, porque ninguno agota la filiación. Si ese descubrimiento lo lleva a su paternidad, advertirá que es mejor tener varios hijos, entre otras cosas, porque “quien tiene un hijo solo, hácele tonto”[79]. Esto último pertenece ya al campo de la educación, una noble dama que sin pedir honra para sí honra a quienes educa[80].

  1. La educación

Tras la familia, que es la primera, la educación es la segunda manifestación humana en orden de prioridad, de importancia. Y como la familia, la educación es condición de posibilidad de las demás manifestaciones humanas: ética, sociedad, lenguaje, trabajo, etc. En efecto, sin educación no cabe ninguna de estas otras vertientes manifestativas humanas. Por eso, las autoridades de un país que intentan controlar de múltiples modos tanto la familia como la educación, saben lo que buscan: disolver la vinculación humana.

De entre el dar, el aceptar y el don, que caracterizan al amor personal humano, lo primero de una persona humana respecto de las demás, es -como se ha indicado- aceptar. La educación es, en primer término, una manifestación de esa aceptación, pues si no se acepta no se da. La educación consiste en engendrar espiritualmente la vida humana generada biológicamente[81]. La generación, crianza y educación van, por tanto, ligadas; una continúa a la otra; mejor, una dualiza la otra. La generación está en función de la educación. La educación es superior a la generación biológica, porque implica a la mejora de la esencia humana, y es claro que ésta es superior a la naturaleza humana, que es dada por generación. Por eso también es más difícil. En efecto, es más fácil tener un hijo que criarlo y educarlo durante tantos años… Todas estas actividades constituyen además la primera función social de la familia. Por su parte, la educación personal se puede describir como aceptar a cada quién como quién es y como está llamado a ser, y correlativamente en dar a cada quién lo pertinente para que siga su propio camino personal. Esta educación, por tanto, es personal y es superior a la educación esencial y a la generación natural. En cambio, si no se conoce a cada quién personalmente, o se da a todos lo mismo, la educación no sólo es impersonal, sino también injusta. Y “aquel que niega lo que es justo/ lo malo aprueba ya y se hace injusto”[82]. La educación paterna tiene el reto de ver, por tanto, a cada hijo como un proyecto personal distinto, y educarlo esencialmente en consecuencia.

La educación consiste en dar a cada quién aquello que le ayude a personalizar su esencia, es decir, a encaminar su humanidad hacia su propio fin personal -después de haberlo conocido en cierto modo y aceptado todo lo que se puede-; a personalizar sus potencias, y a madurar su naturaleza en ese sentido. Como no hay dos personas iguales, lo nuclear de la educación es intuir quien es cada quién y para qué ha sido creado, es decir, cuál es su vocación y destino, y ayudarle en consecuencia. Educar, a nivel de naturaleza humana, es correlativo de aprender, que no es otra cosa que actualizar potencialidades personalizándolas. La familia, los padres, los dos, tienen esa responsabilidad natural inalienable[83]. Es la familia la primera escuela –en el tiempo y en importancia– en los sentimientos, es decir, de la afectividad. Por lo demás, lo que se aprende en la infancia, es más permanente[84]. También es la primera escuela de la imaginación[85]. Y, posteriormente, también de conocimientos[86], tanto objetivos (verdades necesarias y contingentes) como personales (verdades libres). Más tarde, de virtudes[87] humanas y sociales. Por último, la integración de los precedentes logros, asunto que conforma la personalidad[88] de cada quién. En suma, “a la hija muda su madre la entiende”[89], la educa y le ayuda a descubrir su intimidad personal.

Los padres son educadores por ser padres. En la primera etapa de la vida de los hijos, cualquier otra persona será educador si colabora en esa tarea de los padres y bajo su consentimiento. Cuando el hijo pueda ser autosuficiente, la educación correrá más de su cuenta, si bien la ayuda e influencia que reciba de otros educadores la tendrá mientras viva (porque siempre se es coexistencia), y mientras tanto, puede seguir aprendiendo de sus padres, si ello es posible, en especial de los temas nucleares de la existencia humana.

Querer educar es bueno, pero no suficiente. Se requiere saber Querer aprender es muy bueno, pero es mejor saber aprender. Se aprende en orden a una dirección[90]. Si esa finalidad falta, aunque el aprender sea amargura, el fruto no será dulzura[91]. Respecto de los niños, quién mejor puede saber educar son los padres, pues son los que más pueden conocer personalmente a sus hijos. A la par, saber educar es bueno, pero se requiere también querer hacerlo. Dado que ese querer se refiere a la persona, el protagonismo lo tienen de nuevo los padres, porque la familia es el ámbito natural en el que el querer es enterizo. Si la clave del educar es aceptar, el fin de la educación no puede ser sino la persona, porque aceptar lo es respecto de personas. Por tanto, el fin de la educación no estiba principalmente en otras variantes como pueden ser el incremento cultural de la sociedad, la eficacia técnica y productiva[92], la mejora del nivel de vida social, etc., porque cada persona es superior a la sociedad, a la cultura, a la técnica, economía, etc.

La primera institución, por lo demás natural, que tiene encomendada la educación integral de la persona es la familia. Ello es así -salvo casos patológicos- por motivos de amor, pues los mejores amigos, los que más aman a los hijos, son los padres; por conocimiento de los mismos; y hasta por motivos de tiempo, pues los padres conviven (o deberían hacerlo) más tiempo con ellos, en todas sus facetas, y más que los distintos educadores escolares. Todo ello repercute en beneficio de la propia educación escolar, pues ésta mejora en la medida en que mejora la familia o, visto como norma negativa, nunca podrá alcanzar su fin la educación escolar si no lo alcanza la familia. La primera escuela es la familia, y no sólo temporalmente, sino en orden de importancia. Por eso el colegio no debe ser sino una prolongación de la familia. Y sólo en la medida en que lo es, es eficaz. El colegio (o la institución escolar que haga sus veces) es dual respecto de la familia, y es mejor colegio no cuanto más inglés o matemáticas enseñe…, sino cuanto más se dualice con cada familia. La familia es raíz y fin del colegio. El colegio es por y para las familias, no a la inversa.

De lo anterior se deduce que la educación escolar no debe sustituir a la familiar, sino reforzarla y potenciarla. Por ello, en manos de los padres está el derecho de crear asociaciones educativas (guarderías, escuelas, colegios, institutos, centros de formación profesional, etc.) que refuercen e incrementen la orientación educativa que ellos llevan a cabo con sus hijos. Y como la familia es la base de la sociedad[93], y por ello del Estado, labor de éste es subsidiar las iniciativas de esas instituciones intermedias en aquellos cometidos donde no llegue la iniciativa privada. En consecuencia, si mandar es servir, el fin primario del Estado es el servicio a la familia, y el secundario, el servicio a la educación. Cuando un Estado subordina la familia y la educación a sus leyes positivas e intereses de gobierno, y no se subordina él a la familia y a la educación y a sus “leyes” naturales, está de más, porque esa actitud es injustificable (algo así como intentar basar una pirámide por el vértice).

La cumbre de la educación institucionalizada es la universidad[94]. Tampoco es misión del Estado crear universidades, sino secundariamente, pues su labor primaria es subsidiar la iniciativa universitaria privada. La universidad no se reduce a la educación sino que la desborda. Lo que la describe es la búsqueda de la verdad al nivel más elevado accesible al saber humano. El fin propio de una universidad no es enseñar a los alumnos o servir a la sociedad (asunto loable), sino servir a la verdad. El ahondar cada vez más en la verdad no se logra sólo por análisis de las diversas especialidades, sino reuniendo, es decir, con la síntesis. Por ello una universidad sin interdisciplinariedad, es decir, en la que sus diversas especialidades no estén aunadas por las humanidades (en el fondo por la filosofía, que es la única que las puede aunar y ordenar), es “pluridiversidad”, no universidad. Si la clave de la economía es la empresa, y la de la sociedad es la familia (no la política o el Estado), de la de la educación es la universidad. Esas son las tres bases de lo social. Y lo que esas tres tienen en común es la unidad, aunque ésta debe ser más estrecha en la familia.

Sin esas tres bases la sociedad se tambalea. Sin embargo, no se tambalea por igual si se daña una u otra de esas bases. La superior es la familia; en segundo lugar, la universidad, porque tras la familia lo más importante es la educación, y la cumbre de la educación es la universidad; en tercer lugar, la empresa, porque ésta se debe subordinar, por este orden, a la familia y a la universidad. En efecto, no están las tres en el mismo plano. La familia es la garantía de las demás, y a ella se debe subordinar la universidad y la empresa. A su vez, la universidad es superior a la empresa, sencillamente porque el saber es superior al hacer y a la producción, y el primero debe dirigir y orientar al segundo. Por eso la empresa se debe subordinar a la universidad, no al revés. Por la razón que precede es muy bueno que una universidad cuente con una asociación de amigos (empresarios, trabajadores, profesionales, etc.), y de antiguos alumnos, que aporten recursos para el florecimiento de la universidad que busque la verdad. Y todavía es mejor que una universidad cuente con un instituto de estudios sobre la familia que forme a las familias y a los formadores familiares en todo el mundo. ¿Se da eso de hecho hoy en día? En alguna institución, sí; en la mayor parte, no. De manera que se puede decir aquello de “discurrí por todas las más célebres Universidades sin poder descubrirla (sabiduría), que aunque muchos son sabios en latín, suelen ser grandes necios en romance”[95] (al perecer, el latín hoy lo representan las especializaciones, y el romance la filosofía).

  1. Educar y aprender

Educar es aceptar y, correlativamente, dar. Si el educar es personal, el aceptar es personal y el dar es darse. Si el que educa no acepta a cada una de las personas a quienes educa como quienes son, distintas, en rigor, no educa personalmente. A su vez, sólo tiene sentido educar si se es aceptado como una persona distinta e irrepetible. Así, un buen profesor es el que es irreemplazable. A la par, es inútil que un profesor dé mucho en una clase en la que, por lo que sea, se le acepte poco. Ya se ha reiterado que donde no se acepta sobra el dar. Para el alumno que no aprovecha la oportunidad de aceptar a quien se le entrega y lo que se le da, no pocas veces su mejor maestro es el tiempo, porque éste termina matando a todos sus malos estudiantes (coloquialmente suele decirse que la vida ya suspende bastante). Con todo, si bien antaño el sentido común admitía que “quien escucha y no aprende, será fuerza que no hable”[96], actualmente los expertos en no escuchar parecen los más dados a opinar…

Se aprende si se acepta. Si el que aprende no acepta a la persona que educa, podrá aprender ciertas nociones, pero, en rigor, no aprende personalmente, es decir, no se alcanza a conocer progresivamente como persona. De los buenos profesores se aprende más personalmente que del contenido de sus materias. A la vez, sólo tiene sentido aprender si se es aceptado. Por ello los mejores alumnos son los que se saben más aceptados personalmente por los profesores, y viceversa. En consecuencia, lo primero en la educación tampoco es dar sino aceptar. Aceptar es estar cada vez más abierto personalmente, es decir, estar abierto co-existencial, libre, cognoscitiva y amorosamente.

La educación personal favorece la elevación personal. Si bien crecer como hombre está en nuestras manos, sin embargo, ser elevado como persona no está en manos de cada quién. ¿A quién corresponde esta labor tan personal? Ya se ha dicho que quien eleva es Dios. Por eso, en rigor, Dios es quien más educa; al único que se le puede llamar Maestro. En consecuencia, quien más aprende personalmente es quien está más abierto a Dios. En segundo lugar, aprende más quien más abierto está a los demás, pues no hay realidad superior a la personal. También por ello, “quien no aprende en cabeza ajena hará aprender a los demás en la suya propia”[97]. En tercer lugar, aprende más quien más abierto está al mundo, porque el hombre también coexiste con él.

El futuro de la sociedad, de la humanidad, se juega con el futuro de la educación. Eso es así hasta económicamente, pues los países con menos renta per cápita son aquellos en que las instituciones intermedias y el Estado dedican menos recursos a la enseñanza y, consecuentemente, los países que tienen un porcentaje más elevado de analfabetismo e ignorancia en todos los órdenes, también en el religioso. También por eso, aquellos Estados que han promovido una educación institucionalizada atea o laicista son los más despersonalizados. Como la ética y el trabajo son manifestaciones en la esencia humana de la previa comprensión personal propia, tales países son los que más disfunciones laborales y sociales albergan. No se olvide que el peor enemigo del hombre es siempre la ignorancia, y la peor ignorancia es la personal. Uno sólo se sabe tal persona distinta si acepta el saber personal que Dios le revela, pues sólo Dios es quien nos enseña cuál es nuestro ser personal.

En este Capítulo es oportuno añadir que el futuro de la educación pasa por el corazón de la familia. ¿Cómo debe ser la educación? Si la educación es un dar correlativo de un aceptar, se debe educar en la responsabilidad. De modo parejo a como un buen empresario es el que sabe ofrecer lo que verdaderamente vale la pena ser ofrecido, es decir, lo que posibilita crecer en virtudes sociales, el buen educador es el que sabe ofrecer lo que vale la pena ser ofrecido y según las necesidades del educando, a saber, lo que le permita desarrollar las virtudes personales. A su vez, el mejor aprendizaje del discente lleva a educar al docente, porque a través de lo que se le enseña capta más que lo enseñado. Por el contrario, de modo parejo a como un empresario que se acostumbra a ofrecer superficialidades (preservativos, por ejemplo), aunque gane mucho dinero es un mediocre, el profesor que se habitúa a dar temas triviales, se vuelve adocenado. De manera similar, el alumno que suele pedir (aprobados generales, por ejemplo) sin ofrecer nada a cambio es ramplón[98].

Si educar y aprender son aceptar, y aceptar es amar, educar y aprender son manifestaciones del amar personal. Quien más ama es quien más educa. Quien no ame, por favor, que no eduque. Como el amar arrastra al comprender, quien más ama a las personas es el que mejor las conoce. Las conoce como las personas irrepetibles que son. Quien más ama es quien más intuye la persona que es cada quién, es decir, qué proyecto es cada quién como persona. Por eso quien más educa ayuda a descubrir el sentido de la vida de cada quién y a encauzar esfuerzos en orden a la consecución del fin propio de cada persona. Por tanto, no educan, en rigor, las instituciones políticas, enseñanzas estatales o privadas, etc., que no facilitan el descubrimiento del sentido personal de cada uno, y derivadamente, no educan, en rigor, las instituciones del tipo que sean que desprecian el valor de la vida humana en cualquiera de sus momentos, subordinando ésta a cualquier ideología (sea cívica o terrorrista), programa tecnológico, cultural, etc.

Sólo quien ama educa respetando la libertad. No impone normas o plasma ideas en los demás; no se dedica a uniformar a la gente, sino que educa según propuestas; ofrece de modo libre; habla en términos condicionales del tipo “si quieres mejorar (…)”, o a modo de preguntas: “¿te parece que esto es suficiente para ti?, ¿qué te mueve cuando buscas esto?, ¿seguro que es lo mejor para ti y para los demás?, ¿tú que harías en tal caso?, ¿Tu serías capaz de hacer mejor eso que criticas?, ¿te conformas con eso? (…)”. en rigor, lo nuestro: una antropología para inconformes. Por mucho que ame una persona humana a otra distinta, no puede amar, conocer, aceptar, dar, educar, etc., completamente a tal persona como ésta puede ser amada, conocida, aceptada… ¿Quién podrá amar, conocer, aceptar… infinitamente a cada persona? Se ofrece, si libremente se acepta, la respuesta: Dios.

***

Con esto queda suficientemente expuesto lo referente a la naturaleza humana y a los distintos modos de encarnarla: mujervarón. En la medida de lo posible se ha intentado dar razón de la vida recibida. También nos hemos adentrado a desvelar la esencia humana, es decir, la vida añadida, o sea, la progresiva activación de la esencia humana por parte de cada persona. En efecto, esto se ha abordado al explicar las nociones de hábito y de virtud, al aludir a la sindéresis, y al atender a los distintos modos de activar la esencia humana por parte de la mujer o del varón. Asimismo, al atender a la familia y a la educación. Con este tema, y por encima de las descripciones que los precedentes Capítulos nos han dado del hombre, hay que decir que éste es susceptible de las siguientes: “ser familiar”, “ser educable”. Y por encima de ellas, “hijo”.

Con todo, para explicar el desarrollo de la inteligencia, voluntad y sindéresis (que conforman la esencia humana), es pertinente atender a algunas manifestaciones humanas de primera magnitud que son segundas respecto de la familia y de la educación, pues éstas son el fruto de la activación de aquéllas. Por tanto, en la Parte III del Curso se atiende a cuatro básicas de ellas: la ética, la sociedad, el lenguaje y el trabajo, pero no para quedarse en ellas, sino para notar que éstas suponen la activación de la esencia humana por parte de la persona y, por tanto, nos encaminan en la búsqueda del acto de ser personal.

NOTAS DEL TEXTO

[1]     Convenía atender primero al cuerpo que a la distinción entre masculinidad y feminidad, porque “el hecho de que el hombre sea “cuerpo” pertenece a la estructura del sujeto personal más profundamente que el hecho de que en su constitución somática sea también varón o mujer”, Juan Pablo II, Varón y mujer. Teología del cuerpo, Madrid, Palabra, 1996, 64. Para un estudio de este tema desde la Revelación, cfr.: Aranda, G., Varón y mujer. La respuesta de la Biblia, Madrid, Rialp, 1991; Varios, Masculinidad y feminidad en el mundo de la Biblia, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 1989.

[2]     Si bien la naturaleza humana es corpórea, la esencia es psíquica. Por eso, debemos atender no sólo a las distinciones somáticas entre varón y mujer, sino también a las psíquicas de esos dos tipos humanos. Sin embargo, en todas las dualidades humanas (que son muchas), lo más importante no son las distinciones entre uno y otro de los miembros de la dualidad, sino precisamente la conjunción. Por eso, lo que aquí importa es el significado de la “y” del título de este Capítulo que une al varón y a la mujer.

[3]     La noción de tipo se emplea en varias disciplinas: psicología sociología, etc. Esas ciencias hacen referencia a los tipos ideales, es decir, a generalizaciones en los caracteres y temperamentos humanos. Ahora bien, la generalización pierde contenido real. Por eso, la noción de tipo se toma aquí en un sentido real. Indica que lo humano de los hombres está distribuido entre ellos, pero no de modo igualitario, sino según distinciones. En unos se dan más unas cualidades, y en otros se dan más otras. Por eso decía Tomás de aquino que todos los hombres se debe honor unos a otros.

      Pues bien, entre todas las distinciones tipológicas reales del hombre, la más básica es la que media entre varón y mujer. Con todo, cada mujer conforma un tipo humano distinto, y lo mismo cada varón. Cfr. Polo, L., La esencia humana, Cuadernos de Anuario Filosófico, Serie Universitaria, nº 185, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2006.

[4]     Cfr. Santiago, E., “El potencial humano de las células”, Nueva Revista, nov-dic. 2002. Cfr. en http://www.arvo.net/includes/documento.php.

[5]     Cfr. Dickens, Ch., David Copperfield, Barcelona, Ed. Juventud, 1962.

[6]     La neuróloga danesa Pakkenberg, B., tras estudiar 94 cerebros de hombres muertos entre 20 y 90 años admite que los hombres cuentan de media con 4.000 millones de células cerebrales más que las mujeres. Cfr. en este punto: Castilla, B., La complementariedad varónmujer. Nuevas hipótesis, Madrid, Rialp, 1996, 19-20.

[7]     “¿No sabes que soy una mujer? Cuando pienso tengo que hablar”, Rosalinda, Schakespeare, W., A vuestro gusto, en Obras Completas, vol. II., Madrid, Aguilar, 1974, 16ª ed., 92. “Jamás encontraréis a una mujer sin respuesta, a menos que la cojáis muda”, Ibid., 104. “A la mujer en la carta, lo que dirías en la plaza”, Correas, G., op. cit., 19.

[8]     “¡Qué fácilmente se pasan/ en afectos de mujeres/ las lástimas a ser iras, y los favores desdenes!”, Calderón de la Barca, P., El mayor monstruo del mundo, Buenos Aires, El Ateneo, 1951, 401.

[9]     “Hombre bermejo y mujer barbuda, de una legua los saluda”, Correas, G., op. cit., 394

[10]   Por ello, “en casa de tu enemigo, la mujer ten por amigo”, Ibid., G., op. cit., 309.

[11]   Seguramente eso es así porque “ella (la mujer)…, quizá más aún que el hombre ve al hombre, porque lo ve con el corazón”, Juan Pablo II, Carta a las mujeres, Documentos Palabra, n. 69, 1995, al final.

[12]   “Líbrenos Dios de venganzas de mujeres agraviadas”, Alemán, M., Guzmán de Alfarache, II, Madrid, Cátedra, 1979, 254. “No hay ira, dixo el Sabio, sobre la de la mujer, y podría añadirse ni soberbia”, Gracián, B., El Criticón, Madrid, Cátedra, 1980, 694. “Si te mandare tu mujer arrojarte de un tejado, ruégala que sea bajo”, Correas, G., op. cit., 746; “Tres cosas echan al hombre de su casa fuera: el humo, y la gotera, y la mujer vocinglera”, Ibid., 789.

[13]   Un adagio latino decía así: “mulier amat aut odiat, tertium non datur”, que los clásicos castellanos interpretaron de este modo: “En todas las cosas hay medio, si no es en la mujer, porque es extremada en querer y en aborrecer”, Correas, G., op. cit., 328.

[14]   “No se hallará una mujer/ a la que esto no le cuadre/; yo alabo al Eterno Padre/ no porque las hizo bellas/, sino porque a todas ellas/ les dio corazón de madre”, Hernández, J., Martín Fierro, Buenos Aires, Albatros, 1982, 87.

[15]   En la familia, la mujer es más esposa que el varón esposo, más madre que el varón padre, más hija que el varón hijo, más hermana que el varón hermano, más abuela, tía, sobrina, etc. En lo afectivo, la mujer es más novia que el varón novio, más amiga, más amante, admiradora, ilusionada, etc. En los otros campos, la mujer es mejor vecina que el varón, mejor ciudadana, compañera, secretaria, coordinadora, discípula, ayudante, colega, etc.

[16]   “Gurov pensó lo hermoso que es todo en el mundo cuando se refleja en nuestro espíritu: todo, menos lo que pensamos o hacemos cuando olvidamos nuestra dignidad y los altos designios de nuestra existencia”, Antón P., Chéjov, La señora del perro, en Todos los cuentos, vol. II, Barcelona, Planeta, 2002, 270.

[17]   Cfr. Tomás de Aquino, Suma Teológica, I, q. 5, a. 4 co; I-II, q. 27, a. 1, ad 3; II-II, q. 142, a. 2 co; II-II, q. 145, a. 2 co; II-II, q. 180, a. 2, ad 3; Comentarios a la Metafísica, l. 11, c. 6, n. 7; etc.

[18]   Algunos comentadores tomistas decían que la belleza es un transcendental metafísico. Aunque eso es otro asunto, lo que es claro es va después del ser, de la verdad y del bien. Si se separa y no se ordena a ellos aparece el esteticismo. La notas de la belleza, según los clásicos, son: integridad, perfección, medida y orden, claridad, proporción, armonía, etc. Cfr. Tomás de Aquino, Comentario a las Sentencias, l. I, d. 3, q. 2, a. 3 ex; l. I, d. 31, q. 2, a. 1 co; l. IV, d. 49, q. 4, a. 5c, ad 1; Suma Teológica, I, q. 5, a. 4, ad 1; I, q. 39, a. 8 co; II-II, q. 145, a. 2 co; II-II, q. 180, a. 2, ad 3; Suma Contra los Gentiles, l. 2, c. 64, n. 3; l. 3, c. 139, n. 15; Comentario al De Divinis Nominibus del Pseudo Dionisio, 1. 2; 4, 5; 4, 21;  Comentarios a la Ética a Nicómaco, l. 10, c. 3, n. 5; etc.

Por otra parte, la belleza referida a la persona es personal y añade a la belleza física la convocatoria, la reunión hacia la propia intimidad de las demás personas. “Es la capacidad de congregar”, Polo, L., “Hacia un mundo más humano”, en La persona humana y su crecimiento, Pamplona, Eunsa, 1996, 75. Cfr. sobre este tema: Urbina, P. A., Filocalía o amor a la belleza, Madrid, Rialp, 1988.

[19]   Schakespeare, Noche de Epifanía o lo que queráis, en Obras Completas, vol. II, Madrid, Aguilar, 1974, 16ª ed., 140.

[20]   Ibid., Trabajos de amor perdidos, Rosalina, en Obras Completas, vol. I, Madrid, Aguilar, 1974, 16ª ed., 183.

[21]   La mujer está más pegada a su sexo que el hombre al suyo. Debido a la menor vinculación del sexo a la persona el varón puede equivocadamente considerar el sexo como si de un objeto de uso se tratara. Por eso también si la mujer intenta tal separación entre su sexo y la persona que ella es se autodestruye más que si tal error moral lo comete el varón.

[22]   También por ello la ocurrencia aberrante de cambio de sexo se le puede ocurrir con más facilidad a un varón que a una mujer, y, de llevarse a cabo, afectará más a una mujer que a un varón.

[23]   El texto sigue así: “ésta es la posición de Julián Marías desde que escribió su Antropología Filosófica”, Castilla, B., “En torno a la díada trascendental”, en Anuario Filosófico, XXIX (1996), 2, 410.

[24]   “Femineidad y masculinidad son entre sí complementarias no sólo desde el punto de vista físico y psíquico, sino ontológico. Sólo gracias a la dualidad de lo “masculino” y de lo “femenino” lo “humano” se realiza plenamente”, Juan Pablo II, Carta a las mujeres, 29-VI-1995, Madrid, Documentos Palabra, DP-69, 152. 

[25]   “En Jesucristo no hay ni hombre ni mujer… Todos sois uno en Cristo Jesús”, Gálatas, 3, 28.

[26]   Correas, G., op. cit., 80.

[27]   El trato con la sociedad se mejora con virtudes. En el trato con la familia se añade a las virtudes que se ejercitan la mejora en amor personal.

[28]   Familia, en sentido profundo, es un sinónimo de persona, porque el ser que cada quién es no es otra cosa que sercon, esto es, ser familia. En el caso del hombre lo radical en él es ser hijo. En sentido coloquial familia es la continuación de lo que en el matrimonio se inicia. Cfr. a este respecto: Cruz, J., Metafísica de la familia, Pamplona, Eunsa, 1995.

[29]   Cfr. Agostino, F. D´., Elementos para una filosofía de la familia, Madrid, Rialp, 1991.

[30]   “Amar algo o a alguna persona significa dar por bueno, llamar bueno a ese algo o a ese alguien. Ponerse a cara a él y decirle: es bueno que existas, es bueno que estés en el mundo”, Pieper, J., El amor, Madrid, Rialp, 1972, 39.

[31]   María de Zayas Sotomayor, El juez de su causa, en Todos los cuentos, vol. I, Barcelona, Planeta, 2002, 390.

[32]   Correas, G., op. cit., 22. “Amor… no es sólo pasión y egoísmo ciego entre un cuerpo y alma de hombre y un cuerpo ya lama de mujer, sino que reviste nombres de comprensión, amistad, ternura”, Laforet, C., Nada, Barcelona, Ed. Destino, 1995, 223.

[33]   Cfr. Anton Chéjov, Un hombre irascible, en Obras selectas, Madrid, Espasa Calpe, 2001, 117.

[34]   Retórica, 1381 a 19. 

[35]   Correas, G., op. cit., 123.

[36]   De ese parecer parece el siguiente escritor: “en las mujeres el amor es una voluntad continuada, que de la vista nace y con la vista crece, y con la comunicación se cría y conserva, sin hacer elección deste ni de aquel; y la que no se guardare desto caerá sin duda”, Espinel, V., Relaciones de la vida del escudero Marcos de Obregón, en Desatinos y amoríos. Once cuentos españoles del siglo XVII, Barcelona, Muchnik, 1999, 141.

[37]   En Yepes, por ejemplo, hay una clara oscilación al respecto. Y ello en el mismo párrafo: “El amor es el uso más humano y más profundo de la voluntad. Amar es un acto de la persona y por eso ante todo se dirige a las demás personas… El amor no es un sentimiento, sino un acto de la voluntad acompañado por un sentimiento”, op. cit., 188. Sin embargo, en las páginas siguientes hay una fenomenología muy sugerente de los actos del amor.

[38]   Cfr. Wojtyla, K., El don del amor. Escritos sobre la familia, Madrid, Palabra, 2000.

[39]   Con todo, “más vale de balde hacer que de balde ser”, Correas, G., op. cit., 502.

[40]   “El amor en cuanto virtud está orientado por la voluntad hacia el valor de la persona”, Amor y Responsabilidad, Madrid, Razón y Fe, 1969, 202.

[41]   “El hombre, y en general todo ser racional, existe como fin en sí mismo, no sólo como medio (…); debe en todas sus acciones, no sólo las dirigidas a sí mismo, sino las dirigidas a los demás seres racionales, ser considerado siempre al mismo tiempo como fin”, Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres, 282-83.

[42]   “La moralidad es la condición bajo la cual un ser racional puede ser fin en sí mismo; porque sólo por ella es posible ser miembro legislador en el reino de los fines. Así, pues, la moralidad y la humanidad, en cuanto ésta es capaz de moralidad, es lo único que posee dignidad”, Ibid.,  93. Vincula, pues, Kant la dignidad humana a la moralidad, que es del ámbito de la manifestación, no a la persona, ámbito del ser.

[43]   Una pareja se enamoró súbitamente y entre ambos tramaron la fuga de sus casas y su rápido matrimonio, porque no sufrían vivir separados, pero al cabo del poco tiempo… “Su joven esposa ha empezado a pensar que es preferible ser desdichada imaginativamente que serlo en realidad; y que un matrimonio precipitadamente contraído y largo tiempo lamentado es una causa de infelicidad mucho más importante de lo que ella había calculado”, Dickens, Ch., Cosas del corazón, en Todos los cuentos, vol. II, Barcelona, Planeta, 2002, 119.

[44]   Cfr. Suma Contra los Gentiles, l. III, cap. 100. Tomás de Aquino llama a este querer amor de amistad o de benevolencia; también caridad o dilección. Cfr. Suma Teológica, I-II, q. 26, a. 1. Cfr. respecto de este autor: Urrutigoity, D., El amor, un acercamiento a la doctrina de Tomás de Aquino, Pamplona, 1996.

[45]   No sin acierto compara, pues, Tomás de Aquino la razón al varón y la voluntad a la mujer, pues la intencionalidad de esas potencias trasluce algo de las manifestaciones personales de esos dos tipos humanos. En efecto, la intencionalidad de la razón, que es de semejanza, procede dentro de sí (intra se), activando así a la voluntad, para ser luego estimulado a pensar por ella (es la mujer quien engendra un nuevo hombre), mientras que la intencionalidad de la voluntad, que es de alteridad (extra se), al ser activada por lo otro que ella (el varón fecunda a la mujer), tiende desde ella a lo que no es ella, y sólo así crece como mujer, no sólo corpórea sino también espiritualmente, pues no puede realizarse si no es dando amor a los demás.

La precedente comparación de Tomás de Aquino queda referida a las potencias espirituales (inteligencia y voluntad). Otras, como la que sigue, se ciñe más a la corporeidad: “fenomenológicamente se advierte que el varón al darse sale de sí mismo. Saliendo de él se entrega a la mujer y se queda en ella. La mujer se da pero sin salir de ella. Es apertura pero acogiendo en ella. Su modo de darse es distinto al del varón y a la vez complementario, pues acoge al varón y a su amor”, Castilla, B., “En torno a la díada trascendental”, en Anuario Filosófico, XXIX (1996), 2, 412.

[46]   El siguiente ejemplo puede ser aleccionador al respecto. Una noble y rica dama romana quiso casar con un honrado hidalgo venido a menos, pero que guardaba grandeza de alma. Como los familiares de ella receleban del casamiento a causa de la disparidad de fortunas, ésta les dijo: “De sobra sé, hermanos, que es cierta su pobreza; pero yo más quiero un hombre que necesite riquezas que no riquezas que necesiten un hombre”, Boccacio, Federigo degll Alberighi, en Todos los cuentos, vol. I, Barcelona, Planeta, 2002, 175.

[47]   Correas, G., op. cit., 570.

[48]   “Amor de madre, que todo lo otro es aire”, Ibid., 80.

[49]   En esto hay que estar de acuerdo con el poeta gaucho: “el que sabe ser buen hijo/ a los suyos parece/; y aquel que a su lado crece/ y a su padre no hace honor/, como castigo merece/ de la desdicha el rigor”, Hernández, J., Martín Fierro, Buenos Aires, Albatros, 1982, 168.

[50]   De Rojas Zorrilla, F., El rey abajo ninguno, Salamanca, Anaya, 1970, 119.

[51]   Ahí se puede aplicar este poema romántico: “Hojas del árbol caídas/ juguetes del viento son:/ las ilusiones perdidas/ ¡ay! son hojas desprendidas/ del árbol del corazón”, Espronceda, J., de, El estudiante de Salamanca, Madrid, Cátedra, 6ª ed., 1980, 64.

[52]   Cfr. Polaino, A., Familia: locura y sensatez, Madrid, BAC., 1994; García López, J., Individuo, familia y sociedad, Pamplona, Eunsa, 1990; Miralles, A., El matrimonio, Madrid, Palabra, 1997; Sarmiento, A., El matrimonio cristiano, Pamplona, Eunsa, 1997; Sánchez Monge, M., Antropología y teología del matrimonio y la familia, Madrid, Atenas, 1979; Höffner, J., Matrimonio y familia, Madrid, Rialp, 1962; Hervada, J., Diálogos sobre el amor y el matrimonio, Pamplona, Eunsa, 1975; Sarmiento, A., – Escrivá, J., Ebchiridium Familiae, Madrid, Rialp, 1992.

[53]   El anhelo de Thibon de cara al matrimonio lo formula así: te deseo una mujer con la que puedas dialogar toda la vida. Cfr. Sobre el amor humano. Introducción de Miguel Sigúan. Traducción de Pilar García Noreña, Madrid , Rialp, 2ª ed., 1955.

[54]   Aunque las legislaciones matrimoniales de derecho positivo al uso establezcan normas contrarias a la tesis arriba expuesta, es absolutamente manifiesto que no hay abogado o notario en el mundo que se precie, por prestigioso que sea, que pueda firmar un escrito en el que se diga que mientras se vive una persona no puede volver a ser de nuevo aceptada. La esperanza de la reaceptación mientras se vive es la perenne garantía de la indisolubilidad matrimonial.

[55]    Más de un caso se ha visto en que después de haber cortado “relaciones diplomáticas” durante mucho tiempo, y no responder ni siquiera a las felicitaciones navideñas, un buen día uno se encuentra con ese olvidadizo amigo (respecto del cual siempre dejó la puerta de la amistad abierta), y éste le sugiere: “¿me puedes contar aquello que me explicabas hace 25 años?”…

[56]   Esa forma de proceder del varón “va contra la dignidad humana, y descoyunta la relación del hijo con el padre. Origina un déficit básico en la educación y un problema educativo irresuelto. Es la gran justificación del matrimonio monogámico”, Polo, L., Ayudar a crecer. Cuestiones de filosofía de la educación, Pamplona, Eunsa, col. Astrolabio, 81.

[57]   Se rompe esa unidad cuando el padre prefiere al hijo, relegando al cónyuge, o al revés, cuando la madre prefiere el hijo al marido, Polo, L., op. cit. Cfr. asimismo: Isaacs, D., Dinámica de la comunicación en el matrimonio, Pamplona, Eunsa 1991; Polaino, A., -Martínez, P., La comunicación en la pareja, Madrid, Rialp, 1999.

[58]   Cfr. Burke, C., Felicidad y entrega en el matrimonio, Madrid, Rialp, 1990.

[59]   Con todo, no parece definitivo que el varón sea más metafísico que la mujer, porque en el Cielo sobra esta disciplina. Y si sobra, ello indica que el hábito de los primeros principios tiene actualmente un status pasajero. Seguramente en la vida futura ese hábito será equivalente a la sindéresis.

[60]   “¡Qué perezoso el bien/, y el mal, oh, qué diligente!/ ¡Qué mi padre, inadvertido, darme tal marido intente!”, De Rojas Zorrilla, F., de., Entre bobos anda el juego, Barcelona, Crítica, 1998, 3.

[61]   “La autoridad de padre, que es preferida/, imperio tiene en la vida/; pero no en la libertad”, Calderón de la Barca, Julia, en La devoción de la Cruz, Buenos Aires, El Ateneo, 1951, 571.

[62]   El feminismo tal como hoy se plantea antropológicamente, y en contra de lo que parece o pretende ser, es en muchos casos una infravaloración de la mujer, porque reivindica para ella papeles que son un abuso personal de su propia femineidad y minan su delicada maternidad. Cfr. sobre este tema: Navarro, A. M., Feminismo, familia, mujer, Pamplona, Eunsa, 1982.

[63]    Esta mentalidad conlleva no saber qué sea ser “señor”, es decir, qué sea gobernar en cualquier ámbito (político, social, religioso, etc.), porque mandar es siempre servir. De modo que el feminismo, que califica sin fundamento de “esclava” a la mujer en la familia, tenía, derivadamente, una mentalidad deformada (paradógicamente machista) acerca de qué sea la política, la sociedad, la religión, etc., pues no concibe esas actividades como servicio, sino como ostentación de fuerza, poder, fama, etc.

[64]    Sin embargo, en la medida en que en algunos países todavía perduren injusticias contra la mujer, algunas de las anteriores denuncias feministas deben ser atendidas, por ejemplo, las que van desde considerar a la mujer como objeto de placer, hasta cualquier tipo de opresión sobre ella. Conviene atender también a las denuncias referentes a la igualdad de oportunidades laborales, políticas, culturales, sociales, económicas, educativas, en el campo de la salud, en lo afectivo, lo ético, e incluso en lo espiritual. Ya hemos indicado que la “igualdad” es un asunto mental, por eso más que de igualdad hay que hablar de distinción en los trabajos, reparto de tareas, etc., pero sin discriminaciones. A la par, conviene ponderar su modulación propia de encarnar lo humano, su espíritu de servicio, en especial para asuntos delicados (enfermos, niños, etc.), su personal ayuda a los demás, su acogida del hombre (precisamente en esta sociedad tan tecnificada y, por ello, deshumanizada), su modo propio de educar a los hijos, su sensibilidad especial, etc.

[65]    Las denuncias que son justas deben ser atendidas, siempre y cuando no pierdan de vista que la mujer es una persona. Como se verá, persona significa conocer, amor, libertad, apertura en intimidad y en trascendencia, filiación, ser familiar, co-existencia, etc. Por tanto, una presunta “emancipación” de la mujer entendida de modo que la lleve, por ejemplo, a usar de su cuerpo como le venga en gana, que atente contra la familia, contra la maternidad, contra la apertura a la trascendencia, etc., no es ver a cada mujer como una persona sino como una “individua”. Es decir, es mera transposición al campo femenino del individualismo feroz que puede albergar el varón y que lo aísla, que dicho sea de paso, ha marcado en mayor grado a la modernidad que al denostado medievo.

[66]   Cfr. en este sentido, Stein, E., La mujer. Su papel según la naturaleza y la gracia, Madrid, Palabra, 1988.

[67]   Por ello, los derechos a los que por naturaleza está abierta la mujer (acceso a recursos, seguridad, integridad, seguridad social, etc.), como persona humana que es, se deben hacer extensibles a las madres amas de casa, puesto que tanto como personas como por su delicado trabajo, poseen igual dignidad que las demás, del mismo modo que ocurre en los hombres, sean padres o no. La petición, por tanto, de protección por parte de la justicia a las mujeres en su igualdad de oportunidades laborales, de protección de mujeres jóvenes y niñas ante determinados abusos, etc., no debe suponer una omisión de los derechos de la madre y de su trabajo en el hogar. 

[68]   La virginidad también se puede entender como una maternidad afectiva, cultural, espiritual. Repárese en el trabajo de muchas mujeres vírgenes en el campo de la promoción de la mujer, de la salud, de la educación a cualquier nivel, etc.

[69]   Recuérdese: “La que es mala hija es mala casada”, Fernán Caballero, La familia de Alvareda, Barcelona, Caralt, 1976, 48.

[70]   Ilustrémoslo literariamente: “Ver morir a un hijo es horroroso, indudablemente, pero perderlo sin saber qué ha sido de él, pensar que no se volverá a saber de él nunca, que esa pobre criatura, tan débil, tan preciosa, que se apretaba contra el corazón con tanto cariño, sufre tal vez, que os está acaso llamando sin poder socorrerle… eso sobrepasa todo cuanto pueda imaginarse; ninguna expresión humana sabría describirlo”, Ecrckmann-Chatrian, La ladrona de niños, en Todos los cuentos, vol. II, Barcelona, Planeta, 2002, 31.

[71]   También es miope si el asunto se ve exclusvamente de tejas para abajo, porque “quien hijo cría, oro cría”, Correas, G., op. cit., 683.

[72]   Ahora bien, si los demás carecen de sentido personal último para alguien, y éste tiene poder sobre ellos ¿qué impide tomarlos como objetos de uso e incluso de abuso? Detrás del abuso de las personas siempre se esconde la tiranía (feudalismo, absolutismo, totalitarismo, dictadura, nazismo, etc.) “El abuso de la grandeza viene cuando en ella la clemencia se divorcia del poder”, Schakespeare, W., Bruto, en Julio César, en Obras Completas, vol. II, Madrid, Aguilar, 1974, 16ª ed., 181.

[73]    Es más importante la vida que la calidad de la misma, porque ésta se asienta sobre aquélla y no a la inversa, al igual que sólo se nos ocurre mejorar las condiciones de la propia vivienda si disponemos de ella. ¿A quién se le ocurre pensar que puesto que quiere vivir con muebles más confortables tiene que prescindir de la casa?

[74]   Cualquier manipulación artificial de cualquier la vida humana que pueda poner en peligro su viabilidad (ej. la fecundación in vitro) es ilícita, puesto que la vida humana posee una dignidad superior a cualquier manipulación artificial sobre ella. La vida es más que los actos que de ella derivan y que las acciones que la atacan, pues estos métodos son menos valiosos que ella misma, y por eso, no es lícito atentar con ellos contra la vida o manipularla.

[75]   Las relaciones sexuales no abiertas a la procreación son contrarias al amor personal, porque implican una reducción donante de su amor, un egoísmo por tanto, porque hay algo en esa relación que se guarda, que no se entrega: la natural apertura a la paternidad responsable. Comportan asimismo una reducción en la comprensión del amor, porque la felicidad en ellas se centra en el acopio exclusivo del placer. Además, si atentan contra la vida, son más antinaturales para la mujer que para el varón, porque el fruto de la concepción, del que ella se quiere olvidar, permanece en, y coexiste con, ella.

[76]   En torno a la finalidad del matrimonio chocan la concepción clásica, defendida por autores como San Agustín o Tomás de Aquino, que mantiene que el fin principal es la procreación, con la contemporánea, protagonizada principalmente por la fenomenología, con autores como Scheler, Hildebrand, etc., que mira más a las personas que se unen, siendo el amor entre ellas el fin primario del matrimonio, Cfr. Illanes, J. L., “Amor conyugal y finalismo matrimonial (metafísica y fenomenología en la consideración del matrimonio)”, Cuestiones fundamentales sobre matrimonio y familia, Pamplona, Eunsa, 1980, 471-480. La respuesta al conflicto, tras señalar que no son escindibles un fin de otro, debe sentar que no cabe amor personal esponsal sin apertura a la paternidad o maternidad., es decir, que “el padre y la madre son-para el hijo, no al revés”, González-Umeres, L., “Ayudar a crecer”, Anuario Filosófico, XXIX, (1996), 2, 696; Arjonillo, R., Sobre el amor conyugal y los fines del matrimonio, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 1999; González Sáez, M., Sexualidad y finalidad en la perspectiva del hombre máquina, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2000.

[77]   La paternidad espiritual también está en función de los hijos espirituales. Y asimismo la unión entre los que pertenecen a unos determinados vínculos sobrenaturales está en función de que se acepten más hijos, más vocaciones. Si no hay unidad no hay vocaciones, pero el fin no es la unidad, sino las vocaciones, sencillamente porque las vocaciones redoblan la unidad.

[78]   Por eso, “siempre el provecho común de la Religión Cristiana importó más que los hijos”, Guillén de Castro, J., Las mocedades del Cid, Madrid, Taurus, 1988, 141. Correlativamente, siempre el provecho común de la religión (lease filiación) importó más que los padres.

[79]   Correas, G., op. cit., 700.

[80] “Pintó la docta academia/ al galardón, una dama/ rica, y las espaldas vueltas; dando a entender, que en haciendo/ el beneficio, es discreta/ acción olvidarse dél”, Calderón de la Barca, D. Manuel, La dama duende, Buenos Aires, El Ateneo, 1951, 445.

[81]   Cfr. Altarejos, F., Educación y felicidad, Pamplona, Eunsa, 1986; Melendo, T., Educación, familia, trabajo, México, Loma Editorial, 1995; Yarce, J., La familia y la educación, Caracas, Aise, 1978.

[82]   De Ercilla, A., La Araucana, canto XX, 30, Madrid, Cátedra, 1993, 571.

[83]   La educación nace en la familia… Se educa mejor cuando el amor mutuo de los padres crece y la unidad de los esposos aumenta… La educación se realiza mejor en familia. La normalidad afectiva, clave para la vida del hombre, se hace ahí… Los padres se educan para educar a los hijos… La educación es obra de los dos. Es tarea conjunta y complementaria. ¿En qué se cifra esa complementariedad?, ¿cuál es, por ejemplo, la misión del padre? Enseñar a jugar al hijo. Y en el juego, a ganar y a perder serenamente. ¿Y la de la madre? La de acoger, ser el lugar seguro, el refugio próximo para el hijo. Ayuda, pues, a educar los sentimientos de seguridad, confianza, consuelo. Cfr. Polo, L., op. cit., 24 ss.

[84]   “Lo que se aprende en la cuna, siempre dura”, Correas, G., op. cit., 467.

[85]   La imaginación en los niños está especialmente vinculada a la afectividad. Hay que enseñar a asociar imágenes; a tener una imaginación simbólica; a manejarse en asuntos geométicos o de álgebra. 

[86]   Un hombre debe aprender pronto la verdad. “Quien no haya visto nunca la verdad sólo creerá en el convencionalismo y en el nominalismo, también en la sofística. La verdad es lo primero que disciplina”, Ibid, n. 2.

[87]   Sin verdad no hay disciplina ni personal ni social. Pero sin disciplina no hay moral. Ibid., n. 4.

[88]   Cfr. Millán Puelles, A., La formación de la personalidad humana, Madrid, Rialp, 1989.

[89]   Fernán Caballero, La familia de Alvareda, Barcelona, Caralt, 1976, 87.

[90]   He aquí la dirección: “Hay hombres que de su ciencia/ tienen la cabeza llena/; hay sabios de todas menas/, mas digo, sin ser muy ducho/: es mejor que aprender mucho/ el aprender cosas buenas”, Hernández, J., Martín Fierro, Buenos Aires, Albatros, 1982, 197. 

[91]   Cfr. Correas, G., op. cit., 254.

[92]   La eficacia, el medir las acciones sólo por los resultados no pocas veces es manifestación de soberbia, pues “la soberbia humana se paga mucho con las demostraciones de rendimiento”, Sentencias político-filosófico-teológicas (en el legado de A. Pérez, F. de Quevedo y otros), Barcelona, Anthropos, 1999, I Parte, n. 266, 38.

[93]   Cfr. Martín López, E., Familia y sociedad, Madrid, Rialp, 1999.

[94]   Universidad es la comunidad de investigadores cuyo fin específico es incrementar en cada área el saber superior. Ese fin sólo lo pueden lograr un grupo de sus componentes: el formado por los profesores. Los otros componentes, a saber, los que gobiernan, los alumnos, y las instituciones de servicios, deben estar en función de los profesores para que se logre el fin. Cfr. Polo, L., El profesor universitario, Piura, Universidad de Piura, 1994; “Universidad y sociedad”, en Josemaría Escrivá de Balaguer y la universidad, Pamplona, Eunsa, 1993, 187-196; La institución universitaria, pro manuscripto, 1991.

[95]   Gracián, B., El Criticón, Madrid, Cátedra, 1980, 359. Por eso, también vale en no pocos caso aquello de “hablé con muchos tenidos por sabios, mas entre muchos doctores no hallé un docto”, Ibid., 360.

[96]   Calderón de la Barca, P., La devoción de la Cruz, Buenos Aires, El Ateneo, 1951, 594.

[97]    Chaucer, G., Cuentos de Canterbury, Cuento del bulero, Estella, Salvat, 1986, 99.

[98]   La tesis de la correlación entre el aceptar y el dar es válida en todos los ámbitos. Por ejemplo, en el de los hijos respecto de los padres, en el del universitario respecto de la Facultad, en el del trabajador respecto de la empresa, en el de los países subdesarrollados respecto de los pujantes y de éstos respecto de aquéllos, etc.