ANTROPOLOGÍA PARA INCONFORMES (J. F. Sellés)

12. Trabajo personal

En este Tema se debe dar razón de que el hombre es faber. Es más, es el único ser que trabaja. Estamos, pues, ante un asunto netamente humano. En efecto, Dios propiamente no trabaja (actúa, pero no trabaja); tampoco las acciones de los ángeles se pueden considerar trabajo (sus actos son inmanentes, no son acciones transitivas); y tampoco los animales en sentido estricto desarrollan un trabajo, porque con las acciones que desarrollan ellos mismos no pueden mejorar o empeorar como animales[1]. El hombre -cualquier hombre-, en cambio, mejora o empeora trabajando y, también, dejando de trabajar[2].

Por lo demás, el trabajo se debe subordinar al lenguaje, a la sociedad y a la ética, porque esas realidades son condición de posibilidad de éste. En cambio, cuando las supedita a sí, aparecen esas enfermedades tan recientes como la “profesionalitis” el activismo “yuppie”, etc. Por eso el trabajo es la última de las manifestaciones humanas que estudiamos en esta Parte III. La clave del trabajo es atravesar de sentido la acción transitiva, pero ésta adolece de sentido si se desgaja del lenguaje veritativo, de la sociedad y de la ética.

  1. El sentido del trabajo

Por trabajo no se entiende en este Capítulo esfuerzo, fatiga, penalidad, es decir, ese sentido propio de la mentalidad literaria barroca que aseguraba que “el que no quisiere pasar trabajo en este mundo, no nazca en él”[3]. No hay trabajo sin esfuerzo, pero el trabajo no implica directamente esfuerzo, fatiga, castigo, porque es claro que para muchos el trabajo es su hobby; por ejemplo, para el verdadero filósofo. El cansancio, el hastío, el agotamiento, etc., son consecuencias negativas derivadas de cualquier actividad humana debidas a que nuestra naturaleza mantiene cierta distancia respecto de la persona que somos, y no se deja vivificar por ella lo que debiera, es decir, de que no está suficientemente personalizada.

Se entiende por trabajo esa acción humana a través de la cual el hombre se perfecciona como hombre[4] a la par que perfecciona la realidad física. De ahí lo positivo del trabajo, pues sin él, el hombre no mejora en humanidad. En efecto, por una parte, trabajar es añadir al mundo más perfección de la que él ofrece. Por otra, trabajar es perfeccionarse como hombre. El hombre añade porque sobreabunda. A nivel de naturaleza el ser humano da mucho más de lo que recibe; a nivel de esencia, irrestictamente más; y a nivel de acto de ser personal, por mucho que dé no se gasta. La persona es dar. Ahí tenemos otro de los radicales personales. Se introduce el tema del trabajo para que, a través de él, que es una manifestación esencial (y habitual en todo hombre), podamos encaminarnos a conocer esa peculiar nota distintiva del núcleo personal humano, del ser, que es donante, oferente (del que se tratará edirectamente en el Capítulo 16).

Decíamos también (por ejemplo tratar del matrimonio o de la educación en el Tema 8), que la persona es aceptar. Aceptar no es pedir. Al pedir se piden cosas. Al aceptar se aceptan personas. Ahora hay que conectar aquella tesis con la que se acaba de formular sobre el dar. Si la persona es dar y aceptar, cabe preguntar qué es más en ella, una u otra. De momento puede servir esta respuesta: respecto de cosas la persona es más dar; respecto de personas es más aceptar. Ello es así porque una persona es más que las cosas. Por eso, su clave respecto de ellas es aportar. En cambio, respecto de otras personas uno no es necesariamente más y, además, se enriquece más aceptándolas que aportándoles. Es más, el aportar es segundo respecto del aceptar. Si no se acepta, sobra la entrega. Más aún, si no se acoge, no cabe entrega.

Para exponer la índole del trabajo es preciso, pues, ver el nexo de conexión de lo que el hombre hace con él mismo como persona. En efecto, al ejercer cualquier acción externa, nosotros no somos inmunes a las repercusiones de ella en nosotros. Uno mejora o empeora por dentro al actuar externamente, al desempeñar cualquier trabajo. El crecer intrínseco queda referido a la inteligencia y a la voluntad; y tal crecimiento –como se recordará del Tema 7–, son los hábitos y virtudes respectivamente. ¿Cuándo se produce ese crecimiento? Con lo que se puede llamar el “primer trabajo”. Además, este trabajo puede darse sin transformación ninguna de la realidad física, aunque acompaña siempre a nuestras actuaciones si éstas se dan. Este primer trabajo también es una donación, pues con él la persona humana perfecciona su propia esencia.

No obstante, de ordinario se entiende por trabajo el perfeccionamiento de la realidad externa mediante una serie de acciones que el hombre ejerce sobre ella, y así está bien entendido. También podemos añadir que el “primer trabajo” es la “transformación” de algo de sí, de algo del hombre por sí, por la persona. Si el hombre no pudiera perfeccionar su esencia humana por dentro, no podría disponer según su naturaleza corpórea y tampoco podría producir nada por fuera. Más aún, incluso con el trabajo externo el hombre se mejora o se empeora siempre por dentro. El hombre perfecciona, pues, no sólo la naturaleza del mundo, sino también, y sobre todo, su propia naturaleza; su esencia en mayor medida aún. El perfeccionamiento debe ser consciente de que ambas realidades tienen dueño, y de que el hombre no es su dueño sino su administrador[5]. Sólo de esa consideración nace el respeto del hombre al cosmos y a su propia naturaleza humana. El mismo hombre no es inmune a lo que él hace, sino que en su hacer a él le pasa algo en su interior. En este sentido se dice que el hombre es un perfeccionador perfectible[6], es decir, que en la medida en que él mejora al mundo se mejora a sí, y en la medida en que se mejora a sí puede mejorar al mundo; lo primero es requisito imprescindible para lo segundo.

Lo que la persona humana mejora de sí es –conviene insistir–, sobre todo, su esencia, pues las potencias de pensar y querer forman parte de ella. Puede mejorar también, pero hasta cierto punto, su naturaleza. No tiene capacidad de mejorar lo que él es, su persona, porque eso no está en sus manos, no depende de sí, es su acto de ser íntimo –dirían los clásicos–. La elevación como persona sólo es “tarea o trabajo” reservado a Dios. Por tanto, el primer trabajo de la persona humana es perfeccionar inmanentemente su esencia, aquello de su disposición que es intrínseco[7]. El trabajo es, por tanto, manifestación del dar personal, porque es un aportar actividad a lo que antes carecía de ella, y en primer lugar, es aquel dar perfeccionante que cada uno otorga a sus facultades superiores.

El que el hombre esté hecho para trabajar según el conocido texto del Génesis, es una buena descripción de la naturaleza y esencia humanas, no de la persona, y significa que el hombre debe dar, aportar perfección a la realidad perfeccionándose él mismo. La primera realidad perfectible es, como se ha dicho, su esencia, y derivadamente su naturaleza. Por eso el hombre que no trabaja miente como hombre, es decir, se deshumaniza. Esa mentira es un autoengaño. La ausencia voluntaria de laboriosidad es la mentira más básica –ontológica, diría un filósofo–, que atañe al hombre respecto de su esencia. La segunda mentira a ese nivel es el trabajar mal, la chapuza, porque con ella el hombre en vez de perfeccionarse a sí mismo se envilece.

  1. Tipos de trabajo

Hasta ahora sólo hemos aludido al perfeccionamiento intrínseco de las facultades superiores del alma: entendimiento y voluntad. Ese es el “trabajo”, el cometido, más importante del hombre, y además, la única riqueza que nos llevaremos a la tumba, porque ese tesoro no desaparece con la muerte, ya que los hábitos y las virtudes son posesión del espíritu, y éste no muere. Esa labor es un perfeccionamiento de lo inmaterial de nosotros, y esto no fenece con la muerte corporal. Los pensadores griegos clásicos no sólo se dieron cuenta de este descubrimiento, sino que lo valoraron en tan gran medida que no apreciaron de modo suficiente el trabajo en sentido práctico, corporal, es decir, el de transformación de la realidad física, asunto que ellos relegaban para los esclavos, y cuyo valor se ha recuperado más bien modernamente, según algunos –como Weber– con el protestantismo, si bien según otros –como Polo– es una neta ganancia de los cristianismo católico.

Atendamos ahora al trabajo de producción y transformación de la naturaleza externa. Para que éste sea posible requerimos del lenguaje[8]. El lenguaje es de entre lo que el hombre hace lo más espiritual dentro de lo que es de índole material, porque es lo más remitente. Con el lenguaje se enseña, se dan instrucciones, se hace posible el trabajo en común y su organización. La primera mentira aquí aparece cuando no se habla. Cuando dos hermanos, por ejemplo, no se tratan, no cabe ningún proyecto en común. La segunda, con el mal uso del lenguaje, es decir, con un uso de él que no sirve para el incremento de perfección propia y ajena. El no ser veraz destruye el lenguaje. La mentira siempre se apoya en la veracidad. La mentira total sería la completa inutilidad del lenguaje, el lenguaje totalmente carcomido. El problema del subdesarrollo no es un problema de ineptitud, sino de mentir en exceso, asunto que lleva a que nadie se fíe de nadie, es decir, a la desorganización de la sociedad, que aboca a no promover el bien común.

También inhabilita al lenguaje el uso de éste para criticar, difamar, gritar, mostrar superioridad, etc., porque en esa tesitura quien escucha tiende a dejar de hacerlo, y sin escucha de nada sirve hablar. Los historiadores se han percatado de que el trato cordial mutuo entre presidentes de naciones con idearios muy distintos e incluso opuestos, siempre ha conseguido buenos resultados. En cambio, el uso de un lenguaje político que se ceba en el vituperio personal de otros representantes estatales, de líderes políticos de otros partidos, etc. no contribuye a nada positivo y entorpece a quien así enjuicia a los demás. Eso sucede no sólo porque quien se deja atar por ese lazo cede al vicio, sino también porque esas críticas miran más al pasado y al presente que al futuro, pero si el hombre es un ser de proyectos… hay que buscar proyectos en común. ¿Y si los demás no quieren? Respetar su libertad, porque así aseguramos también que respeten la nuestra.

La segunda manifestación sensible del trabajo es la misma transformación de la realidad física. La transformamos porque no estamos satisfechos de ella, esto es, no nos conformamos con la perfección natural que posee, sino que queremos sacarle más partido. Se nos ha dado el mundo, pero no enteramente perfecto, sino abierto, perfectible. En un mundo cerrado en todas sus posibilidades el hombre no podría hacer nada; sería extraño a él y sobraría. También en un mundo tan imperfecto que no se dejase moldear por las manos humanas el hombre estaría de más. El mundo de que disponemos está bien, pero es mejorable. Por eso debemos incrementar su perfección mediante el trabajo. Como se ha dicho, la mentira aquí estriba en la ausencia de obras conducentes al trabajo personal y en común. Se trata primariamente de la pereza y secundariamente de la chapuza, de la corrupción, fraude, etc.

Todo hombre aporta más que recibe a lo largo de su vida: también los niños y los ancianos. En efecto, los niños, con su cariño, sencillez, etc., nos ofrecen la posibilidad de que los demás ganemos más por dentro, que mejoremos en nuestro saber y querer, en lo que se ha llamado el primer trabajo. Los ancianos también nos permiten crecer en ese ámbito, no sólo con su ejemplo, experiencia, consejo, etc., sino también en la oferta que nos brindan para que les ayudemos. También los jóvenes y maduros, con su vida y su trabajo, aportan más que consumen. ¿Y los que sólo buscan lo suyo y poco aportan? “A mocedad ociosa, vejez trabajosa”[9], decía el refrán; y aunque su vejez no fuese trabajosa, será lamentable, porque tarde o temprano se verá con las manos (internas y externas) vacías de buenas obras. A ese lamento personal el cristianismo añade un acento de especial gravedad, porque afirma que al final de esta vida uno será juzgado según sus obras[10].

El trabajo es dual. La acción externa de transformación transformante se dualiza con un miembro superior, el lenguaje. Éste, a su vez, con la sociedad, y ésta con la ética. De modo que sin ética no cabe sociedad, sin ésta no cabe lenguaje, y sin éste no cabe ningún trabajo productivo. Los dos tipos de trabajo productivo (es decir, el que ya no queda sólo en quién lo ejerce perfeccionándole intrínsecamente, sino que transciende a una materia exterior), coinciden con los dos posibles tipos de acción humana: a) la de relación interpersonal, que es aquélla que tiene como conectivo el lenguaje (ej. dar clase y asistir activamente a ella; dar una ley justa y obedecerla mejor o peor; colocar señales de trafico en las calzadas y respetarlas o transgredirlas, etc.), y b) la de producción, aquélla cuya conexión es la transformación sensible de un proceso (ej. fabricar tornillos con aluminio, construir muebles con madera, edificar una casa con ladrillos, etc.)[11].

El hombre puede tratar a nivel de manifestaciones con el mundo y también con las demás personas. Ello es así porque en su persona es coexistente con el mundo y con las demás personas. En efecto, la acción laboral tiene como fuente que la persona humana es un ser coexistente con el cosmos. La acción social tiene su raíz en que la persona es en su interior co-existencia con las demás personas. Suele reiterarse que el hombre es social por naturaleza. Pero puede añadirse que la esencia de cada persona (de cada acto de ser) se abre esencialmente a dos tipos distintos de esencias: la esencia del universo y la esencia de las demás personas. Respecto de la esencia del universo, la esencia humana se corresponde por medio de la praxis productiva, el trabajo. Con relación a la esencia de las demás personas en sociedad, la esencia de cada persona se corresponde, sobre todo, por medio de la praxis lingüística. A su vez, ambas se deben subordinar a la praxis ética.

Cada hombre es en su intimidad una coexistencia con el mundo y con los demás. Por eso en el plano manifestativo el hombre es un ser social por naturaleza (más aún, por esencia). Ello indica en el plano de las manifestaciones que un hombre sin trabajo y sin trato con los demás se empobrece, porque deja de perfeccionarse al mejorar el mundo, y deja de aprender de la riqueza inagotable que da cada persona por medio de sus acciones. Para aprender debe aceptar las condiciones de la naturaleza física, y también las acciones positivas de los demás. Y para aceptarlas, uno debe aceptar previa y personalmente al mundo y a los demás (a éstos, como personas). Si no los acepta, se pierde el sentido de la co-existencia. Y si éste sentido se desvanece, se imposibilita la acción laboral e interpersonal en el plano social o manifestativo[12]. ¿Y si no aceptan nuestro trabajo a pesar de que esté bien hecho? ¡Qué le vamos a hacer! No somos monedas de euros al alza que a todos parecen gustar.

La acción de producción tiene su raíz profunda en que el hombre es íntimamente coexistente con el mundo. Si el hombre se desentiende del mundo también se empobrece, aunque menos que si se desentiende de las demás personas humanas. Si el hombre no acepta el mundo, se retrotrae de perfeccionarlo, y no aporta acciones de transformación positivas, sino que es pasivo respecto de él, o aporta acciones mediocres, e incluso negativas o destructivas. Si se vuelve perezoso e irresponsable, el que más padece las consecuencias de sus omisiones y descuidos es el propio holgazán. Si comete chapuzas, él mismo se vuelve torpe e inepto. A su vez, si uno no acepta a los demás como personas de las que puede aprender laboralmente, se aísla socialmente y no adquiere virtudes sociales, de modo que también es él quien deviene el mayor perjudicado.

Además, como la acción transformadora no se da al margen de la de relación con los demás y consigo mismo, a todos afecta esta relación, a todos queda referida la acción o la omisión. Como la persona no está clausurada sino abierta al mundo, a los demás, a su intimidad y a Dios, la acción productiva se abre a tales realidades como a sus destinatarios. Y ello es así porque la acción se subordina a la persona, y ésta es coexistente con aquellas realidades. En concreto, “la acción poiética no es solamente una continuación de la naturaleza del hombre, ni un mero resultado, sino que ha de referirse a destinatarios. Éstos son: el universo material, al que perfecciona o deteriora: el actor, que se compromete en la acción y es afectado positiva o negativamente por ella; el beneficiario, que son otras personas humanas, para las que la acción es provechosa o nociva; Dios, que es quien encomienda al hombre el hacer, a quien puede –y debe– ser ofrecido, y juzga su valor en última instancia, aceptándolo o no”[13]. Obviamente, estos destinatarios no son todos iguales, sino distintos realmente; por ello, los inferiores se deben supeditar al superior.

  1. El trabajo como don. El descanso.

Nos mejoramos en humanidad con hábitos y virtudes. Los hábitos son de la inteligencia; las virtudes, de la voluntad. Mediante estas perfecciones el hombre dispone mucho mejor de esas dos potencias que antes de su adquisición y lo lleva a cabo según el modo de ser de ellas. Además, por medio de ellas puede disponer mucho mejor de su cuerpo, también según el modo de ser de éste. Ese disponer es una nota distintiva de la esencia humana, no de la persona. La esencia humana es posesiva. La persona no posee sino que es. La persona es indisponible. La esencia es el disponer. El trabajo depende de la esencia humana. Trabajar es dar en la medida en que uno dispone. Si no perfeccionáramos nuestra esencia (vida añadida), nuestra naturaleza corpórea (vida recibida) no sería capaz de trabajar.

Naturalezaesenciapersona. Lo inferior está en función de lo superior. El trabajo se incluye en la naturaleza humana, está en función de la mejora de la esencia humana, y ésta (como vimos en el Capítulo 9) en orden a la persona. No se debe trabajar por trabajar, sino para ser mejor humanamente. Y mejoramos en humanidad, personalizamos nuestra esencia, para que la persona que somos no choque con inconvenientes en nuestra esencia.

El estudio favorece los hábitos de la inteligencia, que son diversos, puesto que las parcelas de la realidad a conocer también lo son. Los hábitos son más o menos altos en la medida de los temas que se conozcan, es decir, son jerárquicos. La voluntad mejora a través del trabajo, pues merced a él adquiere virtudes referentes a uno mismo y también a los demás, esto es, virtudes sociales. Estudio y trabajo son, pues, dos realidades humanas de las cuales el hombre no debe prescindir, porque sin ellas se deshumaniza, ya que sin ellas no llega a disponer. Lo más alto de lo que se adquiere son los hábitos de la inteligencia y las virtudes de la voluntad. De ahí que el estudio amoroso de la verdad, y el trabajo constante, en el que intervienen la inteligencia como la voluntad, sean para el hombre sumamente convenientes. Daremos sólo lo que sepamos, y lo daremos según el querer con que apreciemos las realidades conocidas.

Si el mejoramiento humano corre parejo a la formación de la inteligencia y de la voluntad, y ello se apoya en buena medida en el estudio y en el trabajo, que ocupan buena parte del tiempo de vigilia de nuestra jornada, requerimos estudiar y trabajar siempre, es decir, con continuidad. La clave de los hábitos y de las virtudes es ir a más; también la del trabajo: “el agua estancada no es potable, el oficio que se estanca es peor. Y el hombre que sigue sus propias huellas, acaba donde empezó”[14]. No es pues pertinente que un hombre esté ocioso o que dedique su jornada a actividades que conlleven el descuido de la reflexión y del trabajo. Aparte de la pérdida de perfección humana que ello comporta, que es la privación más lamentable, las manifestaciones de la ausencia de investigación y de trabajo son múltiples y deplorables, también a nivel social, nacional y mundial. Además, es un asunto de coherencia, pues “si la definición de vida es el moverse, éstos (los ociosos) no tienen acción propia ni obran cosa que valga: ¿qué más muertos los quieres?”[15]. Se trata de la muerte por inanición de la esencia

Tras la adquisición del saber hay que trasmitirlo, y lograrlo de modo que sean asequibles a los demás, en breve tiempo, aquellos descubrimientos nuestros que nos hayan llevado gran número de horas de investigación o de saber acumulado tras darles vueltas a las experiencias de nuestra vida. El que sabe no se cansa de aprender; tampoco de dar, pero no trivializa lo dado, porque el don es aquello en que se ha empleado una persona y aquello que va destinado a personas. Por eso la despersonalización del trabajo es deplorable.

Un trabajo es personal cuando, al decir de Pérez López, obedece no sólo a una motivación extrínseca (remuneración salarial, por ejemplo), sino también a una motivación intrínseca (perfeccionar propia) y, fundamentalmente, a otra motivación trascendente (realizarlo por los demás, especialmente por Dios)[16]. Más aun, cabe sostener que, puesto que se trata de diversos niveles de motivación, los inferiores deben subordinarse a los superiores. Sólo concebido el trabajo como un don, como una ofrenda de sí a las demás personas, el trabajo adquiere su sentido personal. Como dar es correlativo de aceptar, el trabajo es personal si se acepta no sólo la materialidad del trabajo ofrecido, sino también al oferente. De modo que un trabajo es más personalizado en la medida en que se encomienda personalmente a una persona y se acepta personalmente de tal persona.

Sin trabajo el hombre no se consigue nada que valga la pena, ni siquiera el descanso. El descanso no se puede explicar sin el trabajo porque es dual con él. El descanso no parece menos importante que el trabajo. Ahora bien, si es distinto, habrá que preguntar  si es inferior o superior al trabajo. Aristóteles no lo duda: “no nos consagramos a una vida activa sino en vistas a tener ocio”[17]. Para el Estagirita el descanso es el fin, el para del trabajo. Por el contrario, a nuestra sociedad occidental que configura los países desarrollados, en la que prima la eficiencia productiva, le cuesta subordinar el trabajo al descanso. Mas bien le sucede lo opuesto: tiende a reducir el horario de ocio y cambia los planes de descanso en función rendir más y del éxito profesional. Son dos tesis antagónicas. Para averiguar cuál es verdadera debemos examinar más detenidamente la correlación entre trabajo y descanso. Pero previamente debemos dilucidar si existen diversos niveles de descanso.

Es manifiesto que descansar es una necesidad de la naturaleza humana. De omitirlo se puede llegar al agotamiento físico, o a algo todavía peor, a la ruina psíquica. La omisión del trabajo también es muy perjudicial para la salud física y psíquica. Las fuerzas físicas se recuperan con el descanso físico; las psíquicas necesitan divertirse, aplicarse a aficiones que atraigan y agraden. Las enfermedades en que se puede caer por exceso de trabajo son respuestas de la naturaleza corpórea humana cuando la persona quiere sacar más partido de ella que lo que ella permite. Las enfermedades por omisión de trabajo parecen todavía peores, porque no sólo perjudican a la cabeza, sino a las dos facultades superiores humanas que carecen de soporte orgánico: la inteligencia y la voluntad. Tales enfermedades se pueden llamar, respectivamente, ignorancia y pereza.

Que el descanso se predique de la naturaleza humana en su parte corpórea es, pues, obvio. Con todo, si se observa atentamente este tema se nota que el descanso en el hombre tiene un significado sobreañadido a las necesidades fisiológicas. El dormir, por ejemplo, adquiere en el hombre un significado que sobrepasa el del mero descanso corporal. En efecto, si la vida natural humana es breve, dormir para los que consideran que esta vida es la única sería una lamentable pérdida de tiempo llamada a ser restringida a la mínima expresión posible, porque las horas dedicadas al sueño no cuentan en orden a los objetivos propuestos (ejecutivos, negocios, placeres, etc.). En cambio, para los que ven la vida como un don de Dios, dormir supone una muestra de confianza y abandono en sus manos. Durante la vigilia estos últimos realizan su trabajo del mejor modo que pueden y está en su mano, y luego: ¡Dios añadirá! Un hombre se explica la índole del dormir humano porque sabe que Dios existe.

El descanso es propio de la naturaleza humana, pero ¿es también propio de su esencia? El descanso humano es radicalmente distinto al del animal. Para el hombre el descansar no tiene como fin exclusivo reponer las fuerzas, porque no es sólo físico, corpóreo, sino que implica también a lo que llamamos alma, por eso el fin del descanso es humanizarse más. En caso contrario, carecería de sentido leer buena literatura, escuchar buena música, pasear, contemplar la naturaleza y el arte, salir de excursión, viajar, etc., formas todas ellas de descansar. Además, como el hombre es social sobre todo por su esencia, los mejores descansos no los vive sólo, sino cuando se humaniza más con los demás: tertulias, charlas con amigos, desahogos, etc., siempre y cuando esos coloquios no sean superficiales o ramplones, sino amables, comprensivos, finos, entretenidos, alegres,  de temas convenientes, etc. Por eso un hombre mejora más cuanto mejores sean sus amigos.

Pero pensemos un poco más a “lo grande” y preguntémonos si el descanso es algo que sólo radica en la naturaleza y esencia humanas, o es también una realidad intrínseca a la persona. Se trata de saber si el descanso es algo de lo que el hombre dispone o algo del ser del hombre. Hay muchos modos de descasar y cada uno debe descubrir lo que más le descansa. No obstante no todas las formas de descansar son “iguales” ni están al mismo nivel. Unas descansan la naturaleza humana, otras la esencia, otras el acto de ser personal. Cansan a la naturaleza humana, físicamente la fatiga, el dolor, etc., psíquicamente la depresión, el desaliento, el aburrimiento, etc. Cansan a la esencia varias cosas: a la inteligencia la ignorancia, a la voluntad los vicios; y por encima de ellas el apego al propio yo. El yo no es la persona que somos (como estudiaremos en el Capítulo 13) sino el ápice de nuestra esencia. Si una persona se atiene a él, éste se vuelve el peor y más cansino lastre a nivel de la esencia humana, un inquilino molesto que nos acompaña a todas horas y que nos puede cargar hasta abrumarnos.

El acto de ser del hombre es persona, y el ser personal no está hecho para cansarse, pero si abdica de sí aparece un cansancio muy agudo. Lo que más cansa al ser personal humano es su progresiva pérdida, que se manifiesta en forma de tristeza. La persona que acepta su ser no necesita descansar porque es descanso. Descanso a ese nivel es paz. Paz, que es íntima e incomprensible sin trato con Dios[18]. Tampoco es apropiado decir que Dios descanse, a menos que se diga metafóricamente, sino que es descanso eterno. Si Dios es personal y es descanso, también la persona humana debe serlo al menos en proyecto, puesto que es imagen suya. Si la persona humana no está diseñada para cansarse, y es claro que algunos no se cansan de ser personas, ¿por qué la naturaleza humana no sólo se cansa sino que además muere? Porque no ésta suficientemente unida a la persona humana. ¿No sería más lógico que lo estuviera? Sin duda alguna. Entonces, ¿por qué no lo está? Porque su unión con ella está herida. ¿Por qué se ha producido tal herida? Por ninguna razón, sino precisamente por falta de ella[19]

En rigor, todo descanso adquiere un sentido distinto en cada quién según cómo éste se sepa o no, más o menos, la persona que es. Para un cristiano, por ejemplo, el descanso dominical está mucho más lleno de sentido divino que para quién no lo es. Admite, a su vez, que el descanso final, el del Cielo, sólo es para aquellos que han sabido descansar en esta tierra. No para quienes quieren descansar, puesto que eso lo persiguen la mayoría, sino para los que saben descansar de acuerdo con el ser distinto e irrepetible que cada uno es. Pero esto no es sólo cristiano, pues todo hombre está abierto a Dios. Por el contrario, para quien prescinda de Dios, no sabrá descansar según uno es, puesto que desconocerá su intimidad y el sentido radical de su propio ser y de su vida, que sólo Dios puede manifestarle, sino que descansará según él quiera o se le antoje. ¿El mejor descanso? Estar a solas con el mejor Amigo: estar a solas con Dios. En suma, saber descansar en esta vida no sólo es una necesidad para el cuerpo, sino que es pregustar o comprender que en la vida personal no cabe cansancio, y que uno está llamado a ser descanso eternamente feliz.

Ahora volvamos a la pregunta inicial de este epígrafe: ¿es el trabajo para el descanso o a la inversa? A tenor de lo expuesto, si la persona no está proyectada para cansarse, y los cansancios (tanto del ser personal como de su esencia y de su naturaleza) son carencias, consecuencias del trabajo o de la falta de éste, parece ser que el trabajo es para el descanso, aunque bien mirado, si el trabajo se pudiera personalizar enteramente, no tendría por qué fatigar.

  1. ¿Cultura o “culturalismo”?

Lo cultural es todo aquello que produce el hombre con su trabajo. Cultura es el plexo de realidades producidas por la acción transformadora del hombre. Surge de la capacidad humana de comunicar a los objetos pensados una capacidad ejecutiva. Nótese que por producidas por el hombre, las diversas manifestaciones culturales deben ser respetadas, eso sí, siempre y cuando esas manifestaciones respeten la naturaleza y esencia humanas y su crecimiento[20] (ej. la clonación no respeta la naturaleza humana, por eso esa técnica no debe ser respetada; las denigraciones en las obras nietzscheanas al judaísmo y cristianismo no respetan la esencia humana, por eso no hay que acatarlas). Si la cultura la produce el hombre, el hombre no puede ser producto de la cultura. Hacer girar al hombre en función de los parámetros culturales es claramente una muestra de despersonalización.

La cultura es un producto humano. El producto no es un objeto pensado, una idea. Sin embargo, la cultura es posible por el conocimiento según objeto, es decir, el que conoce ideas, porque tanto la configuración del producto, el artefacto, como la de la acción de fabricarlo se piensan previamente como un objeto, es decir, son pensados anteriormente por el acto de pensar. Sin pensar sería imposible construir, fabricar, elaborar productos. Producir no es ninguna operación inmanente humana (como lo es el ver o el pensar), sino un proceso histórico que promueve efectos externos al hombre. Por eso no se confunden las virtudes con los productos, con los resultados. Si así fuera, el hombre sería más perfecto como hombre en la medida en que dispusiese de más bienes culturales, lo cual es evidentemente falso. No se puede confundir la ética con la cultura. Si eso sucede se cae en la ética de situación. A los efectos elaborados por la actividad productiva humana (casas, libros, etc.) los griegos los llamaban ta prágmata, y a las acciones que permiten elaborarlos póiesis. Estamos en el ámbito de la pragmática, de aquellas acciones que tienen efecto en una realidad exterior al hombre.

Notas intrínsecas de la cultura son la multiplicidad inagotable de productos factibles y el carácter no definitivo de ellos. En efecto, podemos fabricar, por ejemplo, un bolígrafo o un ordenador, o cualquier otro artilugio para escribir, pero ninguno de ellos es culminar. Todos son posibles y ninguno es una posibilidad última. Todo lo que nos han legado nuestros antepasados que se ha recogido en la historia, es un cúmulo de posibilidades abiertas al futuro, a ser nuevamente desarrolladas por el trabajo humano, o a ser olvidadas unas para dar sólo cauce a otras. Ahora bien, sobre ninguno de esos inventos o artilugios pesa la prohibición de un ulterior desarrollo o transformación. En conclusión, la cultura es incapaz de culminación. Si el hombre esperara a culminar como hombre cediendo toda su confianza a lo cultural se frustraría, puesto que ésta no cierra y, además, por perfecta que sea, no llena los anhelos del corazón humano. La ética es superior a la cultura. Con todo, tampoco el hombre puede culminar éticamente, porque la virtud carece de término perfectivo, pues siempre se puede ser más virtuoso, es decir, crecer según virtud. Por eso la ética es para la persona, no la persona para la ética. Quien es culminar es la persona humana, y no desde sí.

El culturalismo sostiene, más o menos abiertamente, el postulado de que el fin del hombre es cultural. Empero, como se puede apreciar, este postulado es ciego en antropología, pues desconoce que el corazón humano busca una felicidad insaciable con productos culturales, por muy sofisticados, abundantes y fantásticos que sean. Otro motivo para no confundir la antropología, y también la ética, con la cultura. Por eso la antropología cultural no describe el ser del hombre, sino, a lo sumo, las manifestaciones humanas a través de los productos culturales. Las culturas han sido muy diversas a lo largo de la historia, pero el hombre es hombre a pesar de las distintas culturas, e incluso más hombre si está al margen de algunas formas culturales[21]. Es el hombre quien forma una cultura u otra, no la cultura quien forma al hombre como hombre. Entonces, ¿la cultura no humaniza al hombre? Es más bien al revés, es el hombre quien debe humanizar la cultura y quién se deja humanizar o deshumanizar por ella; es él quien se humaniza usando de unas formas culturales y rechazando otras. La cultura condiciona, no determina. Si la cultura nos formara o deformara de modo automático y necesario no seríamos ni libres ni responsables. La cultura influye cuando uno le abre las puertas de su corazón a esa influencia, y abrirlas, obviamente, es libre y responsable, antropológico.

Hoy se propende a la formación de una cultura universal con unas notas características de entre las cuales unas son positivas por humanizantes (una información mundial, un derecho común internacional, una sociedad generalizada de mayor nivel de vida, una erradicación de la violencia, del terrorismo y de las guerras, de la pobreza, de las drogas, una tendencia a la unidad idiomática, económica, etc.), y otras negativas por deshumanizantes (una uniformidad en los modos rastreros de hablar y vestir, una tendencia al esteticismo, un relativismo ético, la permisividad en torno al aborto, a la eutanasia, a la banalización del sexo, a la procacidad televisiva, etc.). Esta especie de “globalización” cultural debe ser compatible, por lo demás, con salvar las costumbres propias de los diversos regionalismos o particularismos. Sin embargo -es pertinente insistir- el hombre no se reduce a la cultura. Si eso fuera así, el hombre, cada quién, sería un producto de sus propias manos, asunto que no acaece. La cultura está en manos del hombre, no al revés; por eso podemos modificarla, y también por eso, es un deber ético fomentar los logros culturales que más humanizan y rechazar aquellos que deshumanizan. La ética rige la cultura, no a la inversa, porque la ética es inmanente y la cultura transitiva.

El hombre no es un producto. Con ello no se trata de refutar las “opiniones culturales” de nadie, sino de ampliar perspectivas sobre lo humano. Descubrir que el hombre es el origen y el fin de la cultura no es una “opinión cultural”. La base humana de la cultura es la razón, pero no cualquier uso de ella, sino su uso práctico. El hombre hace porque sabe hacer. El saber es previo y condición de posibilidad de todo hacer. El saber práctico no es un saber desvinculado de la acción, sino el saber, que si bien es previo al hacer como un boceto de la acción, acompaña a la acción misma. Antes que el artilugio real formamos el objeto pensado. Sin objeto pensado, sin idea, no cabe actividad fabril ninguna. Los medievales denominaban hábito de arte a este tipo de saber, y lo consideraban como una perfección cognoscitiva intrínseca de la inteligencia en su uso práctico, adquirida por ésta facultad por medio de repetición de actos cognoscitivos regulativos de las actividades productivas. Este saber permite introducir el objeto pensado, la idea, en la acción productiva configurándola. De este modo el actuar humano es con sentido, porque es regido por el pensamiento. No es que primero se piense y después se actúe, pues no por saber teóricamente cómo se debe actuar necesariamente se actúa luego bien. Tampoco se trata de que primero se actúe y luego se piense, es decir, proceder por ensayo y error, tesis pragmatista y de algunos científicos experimentales. Se trata más bien de que el pensamiento atraviese de sentido la acción.

Cabe pensar sin actuar, es decir, cabe pensar por pensar, por saber. También cabe el pensar derivado o extendido a la acción, ayudándola, posibilitándola. El pensar es posibilitante del hacer. Cabe también -lamentablemente en demasía- hacer cosas sin pensar demasiado, y también cabe hacer algo (tomar alcohol, dogras, ver TV, etc.) para inhibir el pensar, y con él la decisión. Cuando eso último sucede, las acciones casi siempre dan lugar a pésimos resultados. Otro motivo más para evitar la fusión pragmática entre acción y pensamiento. También por ello el hombre no es un producto cultural o del trabajo, como postulaba Marx, precisamente porque el pensar es previo al hacer, aunque luego lo acompañe atravesándolo de sentido y, asimismo, lo siga.

El hombre no se reduce a la cultura. Tampoco la cultura se reduce o absorbe en lo pensado, como podría postular algún idealista, porque no es lo mismo pensar que hacer, como no es lo mismo el pensamiento que el lenguaje, o la filosofía que la historiología. Además, para hacer cultura no se trata sólo de plasmar el objeto pensado, la forma, en una materia apta. Ello, a pesar de tener verdad, es secundario. Se trata de que el conocer dirija el hacer transformador, esto es, que dirija las acciones, los actos de la voluntad, que las dote de sentido, de verdad. Por eso, la verdad práctica no sólo se da antes de la acción como un boceto de la misma, sino también durante, como regla de constitución de la misma, y después, como ya constituida y, sin embargo, abierta a nuevas posibilidades, siempre finitas.

Lo cultural no sustituye a lo natural del universo sino que lo desarrolla. Por eso, y por ser un fruto humano, como dice un novelista, a veces es superior a los bienes de la naturaleza: “mira ese jacarandá del jardín: hoy vale porque da flor y sombra, pero mañana, cuando se muera como mueren los árboles, en silencio y de pie, nadie volverá a acordarse de él. En cambio, si lo hubiera pintado un gran artista, viviría eternamente”[22]. Desarrollar lo natural del cosmos perfeccionándolo se consigue a través del trabajo y de la técnica. Perfeccionar lo esencial del hombre, como se ha dicho, se realiza por medio de los hábitos y de las virtudes. Ahora es menester unir las dos tesis de este modo: sin hábitos y virtudes la cultura es imposible, y el fin de la cultura es crecer en hábitos y virtudes. Con todo, cabe notar que la segunda parte de esa tesis no resplandece en demasía en nuestro ámbito social.

Los hábitos y las virtudes son un modo de poseer superior a la cultura, porque éstos poseen nuestros actos, mientras que con la cultura se poseen productos, y obviamente un acto inmaterial es superior a una realidad física. Por eso los hábitos y las virtudes no se reducen a cultura, y son, además, el puente entre la persona y lo cultural. No sólo eso, pues si bien son origen o condición de posibilidad de lo cultural, también son su fin. En efecto, el orden entre los diversos modos de posesión está en subordinar los inferiores a los superiores: lo cultural a lo ético; la praxis productiva a la praxis ética. Y toda praxis a la persona humana, que más que poseer es ser.

Prescindir de los bienes de la cultura por una concepción naturalista del hombre conlleva el empobrecimiento humano (recuérdese el modo de vida de Diógenes Laercio), porque los hallazgos culturales acordes con el mejoramiento de la vida natural, temporal, humana son medios para que a través de ellos el hombre se acerque más y mejor a su fin. Los medios tomados en su conjunto son imprescindibles para acceder al fin, pero no son necesarios éstos o los otros. Es imprescindible que usemos medios, porque el hombre no es un ángel, y a pesar de que los medios son medios, sin ellos no se alcanza el fin. Esos medios pueden ser unos u otros, pero sin medios no se logra el fin. No obstante, no todos los medios acercan por igual al fin: unos más, otros menos, y aun otros entorpecen la consecución del fin, y ello más por culpa de quien usa mal de los medios o los toma como fin, que por culpa de los medios. Los medios, además, constituyen entre sí un entramado ordenado. Eso es claro, por ejemplo, en las profesiones. Todas son suficientemente distintas si bien todas tienen que ver entre sí, de modo que si nos faltaran, por ejemplo, las enfermeras, o los médicos, o los farmacéuticos, o los carpinteros, etc., el colapso social sería inevitable. 

Es manifiesta la diversidad cultural a través de la historia y de las regiones geográficas. Ahora bien, ¿todas las culturas valen lo mismo?, ¿todas ayudan de la misma manera a la perfección del hombre? Responder que no sería para un “pluralista” o un “demócrata intelectual” que usa mal de esas palabras un radicalismo prepotente, un dogmatismo, un fundamentalismo, etc. Pero ese “pluralismo” superficialmente entendido, o tal democracia, ayuna de observación, no repara en que de entre las cosas que el hombre fabrica unas son mejores que otras. Más aún, que hay pueblos y sociedades más trabajadores, menos perezosos, más ordenados, menos caóticos, etc. En consecuencia, que en ellos se puede mejorar más como hombre sin que las manifestaciones culturales sean impedimentos al respecto. En cambio, la organización de otras sociedades favorece la falta de honestidad y confianza mutua.

Por tanto, si bien es verdad que la cultura no cierra, que no hay una última manifestación cultural, también hay que tener en cuenta que es conveniente adoptar aquellas posibilidades culturales abiertas que sean más acordes con el mejoramiento humano y, a la par, rechazar las que lo impiden. En cualquier caso, no conviene olvidar que esos condicionamientos culturales ayudan o impiden crecer en humanidad, es decir, ayudan (no determinan) a educir perfección de la naturaleza y esencia humanas, pero no perfeccionan a la persona como persona, que está por encima de su naturaleza y esencia; también de los productos culturales, pues puede con ellos. La cultura recibida de las generaciones que nos han precedido, si es verdaderamente humana, es decir, si favorece el crecimiento del hombre, no debe ser rechazada. Se recoge en una tradición abierta a nuevas posibilidades. Ya no tenemos que partir de cero en todo. No hace falta volver a descubrir el motor a reacción, por ejemplo. Esta tradición se condensa y recoge en la historia. Todas esas manifestaciones retenidas abren nuevas posibilidades factivas (no meramente lógicas u ontológicas, sino posibilidades de acción) que fraguan nuevos productos que no culminan jamás.

El fin del hombre no reside en la cultura, pero tampoco en la historia, puesto que entonces no tendría fin, culminación, ya que la historia no culmina desde sí. La culminación del hombre en la historia, si se da, sólo puede ser posthistórica. Ahora bien, si no se diera, la historia sería absurda. Pero si no es absurda, existe la providencia, y ello indica que Dios interviene en la historia, y que lo puede hacer de modo pleno[23]. El fin del hombre no es cultural o histórico, porque la cultura y la historia dependen del ser del hombre y no al revés. Es el hombre el que abre unas posibilidades y cierra otras, el que encauza la historia por unos derroteros u otros, puesto que es libre. La cultura y la historia dependen de la libertad que cada hombre es, no al revés. Si el hombre es un ser de proyectos, ¿por qué se interesa por la historia? Porque es “fuente de la prudencia humana la historia y la experiencia”[24]. En efecto, la historia nos enseña a vivir mejor, a aprender la lección, a no caer en los mismos errores; en una palabra, a ser más prudentes. Y es claro que la prudencia mira al futuro.

  1. La técnica y el arte

La técnica forma parte de la cultura. Es un determinado procedimiento productivo consistente en confeccionar una serie de instrumentos usando para ello de otros (ej. construir un programa con un ordenador)[25]. La tecnología es el estudio intrínseco de los diversos instrumentos producidos por la técnica. La técnica es tan antigua como el hombre mismo, aunque en la modernidad aparece como un modo de dominar el mundo, pues va unida a la idea de progreso indefinido fraguada por Leibniz y Newton. Los modernos apostaron por el futuro, en el sentido de que cifraban el mejoramiento del hombre en el control sobre el mundo. La situación actual es un tanto distinta. Los teóricos de la ciencia actuales (Popper, Kuhn, Feyerabend, etc.) señalan que estamos en una época de crisis. Crisis significa que ciertos modos de afrontar los problemas que el hombre suscita se agotan, no son pertinentes para encarar y dar solución a los nuevos modos de vida.

Es verdad que de los tres únicos tipos posibles de actividades prácticas, ética, política y técnica, es precisamente ésta última la que está más desarrollada, pues la ética está famélica, y la política está en aprietos debido a la falta de fundamentos del orden internacional, y en muchos casos también del nacional, a la incapacidad y la corrupción de sus representantes, etc. A pesar de ser eso cierto, el mito del progreso se está derrumbando por diversos factores, como por ejemplo, la ecología, la llamada postmodernidad, etc. La visión que hoy se tiene de cifrar todas las esperanzas en lo técnico o en lo científico es para unos más pesimista que antaño, para la mayoría, más moderada y realista.

La técnica no está equilibrada con las demás disciplinas, tanto teóricas como prácticas, pues intenta subordinarlas todas a sus intereses. En efecto, los avances teóricos físico-matemáticos, por ejemplo, están en función de la construcción de nuevos aparatos con fines pragmáticos (ej. la aeronáutica, la telemática, etc.). A su vez, la ética aparece subsumida en la técnica, de tal modo que se intenta llegar a considerar como bueno lo que la técnica permita (ej. la fecundación in vitro, la clonación, etc.). También la política se subordina hoy a la técnica, y por ello viene a ser socialmente aprobado, o relevante, lo que la tecnología permita (ej. la manipulación de células embrionarias, etc.).

Ahora bien, el uso de la técnica no es siempre y por necesidad éticamente bueno, ni conveniente al orden social, porque la técnica está abierta tanto a lo bueno como a lo malo (ej. el uso de la energía nuclear se puede encauzar a repetir lo de Hiroshima o a la medicina nuclear). Si ética o política se subordinan a la técnica hemos asegurado la catástrofe, pues se sustituye lo bueno por lo útil[26]. En el fondo, la tecnología está al servicio de lo útil, pero lo útil, pese a ser un bien, no es el bien más alto. Si se considera que es el mejor bien, aparece el tecnologismo o la tecnocracia. Estas concepciones son erróneas. En efecto, aquello a lo que se subordina lo útil es mayor bien que lo útil. Lo útil es del ámbito del interés, si bien el interés se busca con vistas de otra cosa, no por sí mismo. El interés por el interés carece de interés. Además, buscar la utilidad al margen de la verdad es un sin sentido. El uso de determinadas tecnologías (ej. la producción de drogas sintéticas como divertimento, de armas bioquímicas de destrucción masiva, etc.) es negativo para el hombre y para el mundo. Esto indica que es pertinente sustituirlas por otras.

El hombre produce muchos artículos culturales. Unas manifestaciones culturales son más buenas que otras, más verdaderas, y también, más bellas. Belleza, bien, verosimilitud, son notas que miden a la cultura. Lo más verosímil es más bueno, y esto más bello. A la cultura también la mide la belleza. Bello no es simplemente lo que gusta. Se trata de no separar la belleza del bien y de la verdad. Lo mismo cabe sentar respecto de lo que se considera bueno y apetecible: sin verdad no es tal. La cultura es un bien y, asimismo, un ámbito de verosimilitud. ¿Todo es “igualmente bello? No, como tampoco toda cultura es del mismo nivel. ¿Qué mide la belleza de las hechuras humanas?, ¿acaso la opinión de la mayoría?, ¿el parecer de alguien que se considera un genio extravagante? Tal vez una respuesta más sensata fuese que las cosas humanas son más o menos bellas en la medida de su capacidad de humanizar a los hombres, y a cuantos más mejor. En este sentido una ley justa podría considerarse más bella que una pintura o una escultura. También la vida moral de una persona parece más bella que la vida desordenada de otra. Pero para captar esas bellezas hay que afinar la razón práctica y, por encima de ésta, la sindéresis. La sindéresis es el ojo moral del alma. En nuestra sociedad su mirada está bastante turbia, pero esa luz nunca desaparece del todo porque es natural, no adquirida. Perderla significaría perder el alma.

La belleza cultural es un orden de belleza, pero no el único ni el más alto. Ese nivel debe ponerse al servicio de la belleza de la naturaleza humana, como una mujer sobria subordina la belleza de un anillo a la belleza de sus manos. Tampoco la belleza de la naturaleza humana es la última palabra de la belleza, pues ésta debe servir a la belleza de la esencia humana, a la armonía de las virtudes, el modo de ser congregante o reunitivo respecto de los demás, la acogida a las personas… En efecto, la esencia humana es susceptible de ser embellecida irrestrictamente por cada persona humana, y entonces se habla de almas bellas o hermosas. Pero si cada persona es fuente de esa belleza esencial, cabe asimismo preguntar si la belleza es una cualidad inherente a la intimidad personal. En rigor, se trata de la cuestión de si la belleza es un trascendental personal. Como veremos en la última parte del Curso, el ser, la verdad y el bien son trascendentales que en la persona humana se presentan intensificados según la coexistencia, el conocer y el amar personales. Pero en esas lecciones no se aborda la trascendentalidad de la belleza personal humana. ¿Debemos hacerlo ahora? Sólo colateralmente.

La descripción medieval de belleza es “lo que agrada a la vista” (quae visa placent[27]). Si son bellas las cosas que “placen” cuando se conocen, lo que hay que advertir es que el agrado o desagrado es un sentimiento, y que los sentimientos son cognoscitivos. Como vimos, el sentimiento no es un conocimiento directo de la realidad externa, sino un conocer el estado de nuestra facultad. En efecto, decíamos que el sentimiento es una consecuencia en nuestras facultades de los actos que éstas ejercen al conocer las realidades. Conocemos esa redundancia ínsita en nuestras facultades y en eso radica el sentimiento. Como veremos en el último Capítulo, los sentimientos no son exclusivos de las facultades humanas, sino propios también de los hábitos innatos y de los radicales del coacto de ser personal (ambos asuntos, hábitos y rasgos radicales, se estudiarán en la próxima sección). Por eso es pertinente distinguir entre sentimientos sensibles, estados de ánimo de las facultades superiores, afectos que siguen a los hábitos innatos, y sobre todo, de afectos del espíritu, que son los más altos. En cualquier caso, parece que la belleza está aunada a nuestra carga sentimental.

Si lo que precede no es una tesis descabellada, se puede explicar por qué la belleza física sea más bien un propio femenino, porque la carga sentimental en la mujer es mucho más acusada que la del varón. La mujer parece mejor diseñada para conocer más la belleza sensible porque su capacidad de conocerla (sentimientos sensibles) es superior. Con todo, esto está en el plano de la naturaleza humana. Sin embargo, como se ha adelantado, no toda belleza es sensible. La de la esencia humana no lo es, y la de la persona tampoco. De modo que esos niveles superiores de belleza serán captados mejor por quienes (varones o mujeres) dispongan de virtudes más activas, de mejor sindéresis y, sobre todo, por quienes sean un espíritu más puro.

Repárese que si la belleza se conoce siempre en las diversas instancias humanas por redundancia, previo a su conocimiento se debe alcanzar el ser (o coser) de lo real, en segundo lugar su verdad (o conocer), y en tercer lugar su bien (o amar). Si se prescinde de este orden se cae en el esteticismo que, por lo demás, suele ser de bajo nivel, sensiblero. Como el hombre es la fuente y fin de la cultura, un conocimiento adecuado de la belleza cultural sólo se logra cuando uno se encuentra con la belleza, con el bien, con la verdad propios del ser del hombre. Por ello, sin una antropología personal no cabe una sólida antropología cultural. Sostener lo contrario lleva a una falta de justificación de la propia antropología cultural y del atractivo de la cultura.

  1. La economía y la empresa

Se ha indicado que si el hombre no fuera dar, no podría ofrecer dones, y de ese modo no habría trabajo. Conviene añadir que sin el trabajo en común la economía sería imposible. En efecto, la economía está a nivel de manifestación social del dar que los hombres son. También se ha indicado que el hombre es más aceptar que dar respecto de personas, pero que es más dar que aceptar respecto de cosas. Si en este ámbito el hombre es dar, la economía, más que en la demanda, se debe basar en la ley de la oferta.

Por encima del dar la persona humana es aceptar. La manifestación económica del aceptar personal es el contrato, no el dinero que se recibe. Por eso, éste debe subordinarse a aquél, no a la inversa. Los buenos profesionales son los que trabajan más por lealtad a una empresa que por las retribuciones monetarias que perciben. Sólo así se explica que cambien de trabajo y pasen a trabajar en una empresa que consideran mejor (más humana, con mayor repercusión en la confección de bien común, etc.) a pesar de que sus ingresos sean menores.

Lo propio de la economía es lograr la subsistencia en la vida natural. A ese nivel el hombre es hasta cierto punto necesitante. Puede satisfacer las necesidades porque intrínsecamente, como persona, él no es un ser necesitante, tampoco meramente subsistente, sino desbordante. El que el dar manifestativo en el hombre sea superior al recibir se ratifica por el sentimiento espiritual que acompaña a uno y otro, pues es claro que hay más alegría en dar que en recibir.

Sin libertad personal -decíamos- es imposible la ética. En este Tema hay que añadir que sin libertad tampoco cabe el trabajo, y que sin él, es imposible la economía. Por ello, las ciencias empresariales son ciencias humanas. No lo serían si las leyes económicas no estuvieran subordinadas a la libertad humana. En rigor la economía depende de la decisión humana. Se trata, pues, de ver que el hombre es un “ser económico” desde su raíz, de cómo lo es, y para que lo es. Se pretende buscar, por consiguiente, la dimensión profunda del ser humano que posibilita la economía, la esclarece y la canaliza. Dirigimos, pues, la mirada a esas manifestaciones en la esencia del hombre, visto éste como ser económico, para adentrarnos en su intimidad personal de donde aquéllas nacen. 

La economía es la ciencia que estudia los intercambios de las diversas realidades que poseen los hombres. Un hombre sólo, por consiguiente, no hace economía. La sociedad, por tanto, es imprescindible. Por ello también, la esencia humana, aún no reduciéndose a la sociedad, sin ella es incomprensible. Los intercambios humanos se deben a que el hombre tiene a su disposición diversas alternativas prácticas, es decir que las salidas, los proyectos, a realizar son múltiples y ninguno de ellos es necesario. Para encaminarse a la ejecución de una u otra posibilidad real factiva el hombre cuenta con unos determinados recursos. El asignar unos recursos para un proyecto, restándoselos en consecuencia a otro, es el motor de la economía. De la economía no dependen ni los fines, es decir los objetivos a perseguir –eso más bien es ético–, ni los recursos de los que de entrada se dispone para lograr los objetivos -eso es natural y cultural-, sino el estudio de las reglas con las que se destinan los recursos para alcanzar los fines.

Las reglas de la economía dicen cuál es el mejor modo de emplear los recursos para la realización de un proyecto -normalmente se reducen a esto: “mínimo gasto, máximo rendimiento”-, partiendo de que ese proyecto se ha previsto y decidido de antemano. Sin razón práctica no cabe descubrir alternativas, y sin ellas no caben las leyes económicas. Ahora bien, como la razón práctica debe subordinarse a la voluntad recta, la economía depende de decisiones, porque decidir es de la voluntad. Como la rectitud de la voluntad es un tema ético, la economía depende de la ética. Del diverso modo de asignar recursos a determinados proyectos surgen los precios, y en consecuencia, el dinero. Ello indica que el economista depende del que propone objetivos. Este último suele ser el empresario. De ahí la importancia capital de que los empresarios aprendan a valorar y a decidir sobre los diversos objetivos prácticos. Ese saber práctico no es económico, sino en primer lugar saber y en segundo lugar ética.

Durante buena parte de su vida el hombre recibe, es mantenido biológicamente y educado. Parece que da poco o nada (a veces sólo disgustos…). Ahora bien, el hombre radicalmente, en su ser, es dar. No es que dé cosas, sino que es un dar, un darse. Su núcleo personal, su ser, es apertura y eso significa que al abrirse a los demás se da él mismo. El niño se entrega inerme en brazos de sus padres. Los padres crecen como padres precisamente por su entrega al niño. El carácter donal de la persona también se manifiesta en la esencia humana. Cada persona otorga, da, crecimiento a su esencia a lo largo de la vida, puesto que ésta no es fija y clausurada. Ese hacer crecer a su dotación se realiza según hábitos y virtudes. Para la consecución de ese incremento interno la persona se sirve de algo externo: del trabajo. Con el trabajo el hombre no sólo perfecciona su esencia sino que también aporta de cara al perfeccionamiento de lo externo, del mundo y de la sociedad.

Con otras palabras, el hombre es más trabajador que consumidor, porque el hombre a lo largo de su existencia tiene más capacidad de aportar que de gastar. La sociedad de consumo postula que el fin del hombre es consumir. No es así; el que sólo busca consumir, el que sólo busca el placer, acaba -como dice San Agustín- estragado, porque la capacidad humana de placer es mucho más limitada que su capacidad de trabajo. Además, abocándose al placer se pierde la ilusión, la capacidad de trabajo, de cooperación fiable con los demás, de esperanza respecto del futuro, pues el disoluto centra la mirada en el presente, porque el placer se da en él. Ahora bien, no hay economía posible sin trabajo, confianza, cooperación y apertura al futuro. En este sentido, el conservadurismo es antieconómico (sirva de ejemplo la vieja URSS, los regímenes dictatoriales, etc., y de contraejemplo, el crecimiento económico de USA). Además, el crecimiento económico se produce cuanta más ilusión y confianza se pone en los diversos trabajos.

Teniendo en cuenta lo precedente, nos percatamos ahora de que la mayor riqueza de los países no hay que vincularla reductivamente a sus recursos naturales o a sus infraestructuras. Tampoco hay que ceñirla a su tecnología, sino que hay que hay basarla en las personas, en lo que cada una de ellas puede aportar[28]. Por eso, desde este punto de vista, el control de la natalidad es la negación más absurda del crecimiento económico. En efecto, las campañas de control natal han intentado ser justificadas por el motivo de evitar el problema de la superpoblación. Pero está comprobado que éste es un pseudoproblema aireado por campañas publicitarias a cargo de ciertas organizaciones que han perseguido intereses económicos con medios hedonistas. En efecto, la mayor parte del planeta está deshabitado y por cultivar. Además, por el momento, con una pequeña parte cultivada de él disponemos de provisiones en demasía para muchísimos más habitantes que en épocas anteriores, aunque el reparto de los víveres sea abusivamente injusto (ese problema no es de orden económico, sino ético). También por eso hay que educar de modo que cada persona dé de sí todo lo que pueda y no consuma o despilfarre arbitrariamente los bienes. Para educar de ese modo, el que educa debe darse. Con todo, nadie se da si no es fuerte de carácter. De modo que es indispensable adquirir la virtud de la fortaleza e instruir con talante fuerte a los demás en ella. Sembrar flojera abdicando de dar y de corregir (corregir es dar corrección) se cosecha pobreza de todo orden, económica, cultural, laboral, moral, etc.

La economía es posible porque el hombre es susceptible de posesión práctica. La economía es un modo de tener, justamente el inferior entre los posibles al hombre (el teórico, el de hábitos y virtudes, etc.). La economía es el modo de tener práctico del hombre. Es la adscripción de propiedades en relación con el cuerpo humano, absolutamente necesaria para la viabilidad de éste. Ahora bien, dado que es el modo más bajo de posesión, debe estar subordinado -como ya se dijo- a los superiores. Eso indica que es medio respecto de los otros que son fines. Si se convierte en un fin en sí (ej. capitalismo salvaje), el hombre no sólo asegura su infelicidad, porque se conforma con poseer lo de menor valor y de poseerlo endeblemente, sino que también impide el crecimiento de la economía, porque ésta incrementa en la medida en que el trabajo se convierte cada vez en más cognoscitivo, más humanizado, menos material. Tener significa ser dueño. Ser dueño de las cosas poseídas y dueño de la actividad práctica indica que tales realidades están en función del hombre y no el hombre en función de ellas. El hombre ejerce un señorío sobre sus propiedades y sus acciones.

Si sólo pudiésemos poseer según este modo, si sólo poseyésemos cosas exteriores adscritas al cuerpo, habría que darle la razón al materialismo, pero si los demás modos de poseer son posibles y superiores, porque las tenencias son más íntimas, mejores, y menos susceptibles de pérdidas, –y todo ello, como hemos visto, es posible al hombre–, habrá que considerar al materialismo como la mayor reducción antropológica posible en este campo. Ahora bien, la posesión corporeo-práctica no es nada despreciable, puesto que también ella nos distingue de los demás seres, ya que los animales, en rigor, no poseen, los ángeles no poseen según el cuerpo, puesto que no son corporales, y Dios no tiene, sino que es.

La economía pertenece al primer tipo de posesión y debe subordinarse a las demás posesiones. Si no se subordina a las ellas aparece el economicismo. El fin del hombre no es el lucro, atesorar por atesorar, negociar por negociar, sino que sacamos partido de las realidades prácticas para facilitar los otros modos de posesión (ej. hacemos libros u ordenadores para facilitar el conocimiento; construimos aparatos de comunicación para favorecer las virtudes sociales, etc.). Los otros modos de posesión no son sólo fin de la economía, sino su condición de posibilidad, su base. En efecto, sin pensar, sin posesión teórica previa, por ejemplo, no somos capaces de desarrollar ninguna actividad productiva ordenada (ej. el buen empresario no es el que se deja vencer por el activismo, sino el que dedica la primera audiencia de su día a la sopesada y paciente deliberación racional).

La economía es un medio. Si bien es un medio imprescindible para la vida humana, admite pluralidad de formulaciones. No existe una única posibilidad económica. Como no es fin en sí, es susceptible de ejercicio libre. Por eso hay que sostener, frente a los postulados marxistas, que la economía depende de la libertad humana. También por esto, “las leyes económicas no son absolutas”[29]. La libertad respecto de la economía no debe ser confundida con el libertinaje, puesto que como la economía no es fin en sí, no debe realizarse la actividad económica de cualquier manera, sino en la medida que encamine mejor los medios a los fines superiores. De ellos derivará necesariamente, pues, su legitimidad.

La empresa es la base de la economía. Es una organización de hombres; no es economía ninguna, sino la condición de posibilidad social de ella[30]. Si el hombre no es explicable sin los demás (la persona es coexistente) su economía tampoco puede ser asunto de intereses individuales. De ahí que sea la empresa y no el individuo el agente económico real. La actividad empresarial consiste en la organización de actividades prácticas, no sólo en realizarlas, sino en organizarlas. Las mejores empresas no son las que más producen, sino las mejor organizadas. Además, a la larga producirán más y asuntos mejores. La empresa es, pues, ante todo, un asunto humano, no un asunto económico o político. Y es, además, uno de los mejores factores humanizadores de la sociedad, porque ésta es muy compleja, y sólo una serie de equipos especializados en esa diversidad de problemas pueden dar solución a los mismos.

Sin embargo, para que se dé la empresa es requisito indispensable que haya mercado[31]. Donde no hay mercado (ej. en la antigua China de Mao) la empresa es precaria o inexistente. ¿Qué relación guarda la empresa con el mercado? “La relación entre la empresa y el mercado se define de este modo: la empresa está en el mercado, pero es impenetrable al mercado. Constituye una institución, un tipo de organización que no obedece a las leyes económicas, es decir, a las leyes del mercado”[32]. Los economistas estudian el mercado, incluso antes de crear una empresa (estudios de factibilidad); ahora bien, ¿estudian los economistas qué sea una empresa? Sería muy deseable. A ello se dedican recientemente los institutos universitarios de empresa y humanismo. ¿La empresa es un asunto de reglas o leyes económicas? No; es un asunto humano, y por ello, antropológico. De manera que una antropología que no tenga en cuenta que el hombre es un ser oeconomicus y que la clave de ello es la empresa no es completa.

Por otra parte, la empresa y la política también están relacionadas. Ambas son sedes de poder, y a ambas debe caracterizar la unidad en el poder, pues un poder en el que no se da unidad en el gobierno es un poder problemático; un poder que se toma a sí como problema, en vez de ser precisamente lo contrario: el solucionador de los problemas. El logro de esto, no obstante, lo tiene más fácil la empresa que la política a gran escala, pues por definición la empresa es un proyecto unitario, nacido de una comunidad de fines. En cambio, la política tal como hoy se presenta, debido a la mentalidad partidista, es un equilibrio de poderes más que una unidad en el poder. Además, la empresa es susceptible de delegar el poder mucho más y mejor entre sus miembros, de tal manera que logre la responsabilidad e iniciativa de sus trabajadores, indispensable para la buena marcha de la empresa, asunto más arduo en la política, cuya distribución del poder entre sus componentes no es fácil. En esto es la empresa quien puede dar lecciones en el futuro a los gobernantes.

El empresario es el que sabe ofrecer. La clave de la economía es, como se ha dicho, la oferta, no la demanda. El que ofrece asuntos insignificantes o superfluos a la sociedad es mediocre como hombre y como empresario. El empresario no es el que se dedica a ganar dinero, sino el que asigna dinero para la realización de un proyecto que traerá consigo nuevas y mejores posibilidades para la sociedad. Para saber ofrecer, un empresario debe saber decidir. No sólo saber (razón), porque puede quedar el proyecto inédito, pero tampoco sólo decidir (voluntad), porque no se puede decidir imprudentemente. Para fortalecer el saber práctico el mejor remedio es la formación, la enseñanza. Para fortalecer la decisión: responsabilidad. Por eso, el empresario que se precie debe buscar, por una parte, su formación personal y la de sus empleados (la inversión menos costosa de la empresa), y, por otra, no escurrir personalmente el bulto  a la par que fomentar la libertad y la responsabilidad de sus trabajadores, de modo que éstos no se consideren unos “mandados”. La capacitación de dirigentes y empleados, y el hacer la empresa propia, con la responsabilidad que ello conlleva, es garantía de eficacia. Se puede decir por eso que el cometido de un empresario es parecido al del educador, o al del líder positivo, teniendo en cuenta que en este caso el liderazgo no es individual, sino propio de una organización en la que todos sus miembros crecen.

Por su parte, lo que caracteriza a un buen trabajador es, como su nombre indica, trabajar mucho y bien. No sólo es cuestión de talento o de oportunidades, sino de trabajo libre y responsable[33]. Sin libertad la economía es precaria. La esclavitud de todas las épocas ratifica este aserto, una de cuyas últimas muestras nos la brinda el comunismo. Sin embargo, la empresa no la forman sólo los dirigentes ni sólo los trabajadores, sino unos y otros aunados bajo un fin común. Si ambos, capitán y jugadores, no son conscientes de que juegan en el mismo equipo para ganar en humanidad y económicamente, la empresa fracasa como tal. Por eso el futuro del trabajo en la empresa no hay que cifrarlo en la tecnología, que no pasa de ser un medio, sino en la intercomunicación, en el diálogo, en la organización entre empresarios y trabajadores que las nuevas tecnologías exigen.

Un empresario se debe parecer más a un maestro que a un jefe. No es superfluo reparar en la distinción entre ambas nociones. La autoridad del maestro se debe a su sólida formación, que le hace estar seguro del modo de trabajar. La del jefe, en cambio, es prestada y se ampara en la jerarquía de los puestos de mando. El primero es capaz de sacar de sus subordinados el mejor trabajo, mientras que el segundo no suscita tal crecimiento. El primero se satisface cuando sus inferiores le rebasan en algún saber, mientras que el segundo ve con recelo ese crecimiento, y si se llega a dar, le acarrea inseguridad defendiéndose de él con la autoafirmación. El primero transmite ilusión; por eso conforma equipos de trabajo y suele hacer escuela. El segundo, en cambio, se rodea de personas que no estén ni unidas entre sí ni con él para que no le hagan sombra. El primero corrige en proporción a la falta, razonadamente y no de modo humillante. El segundo, por su parte, suele corregir con pérdida de control, humillando, despidiendo, lo cual fomenta un clima de chismorrería y maledicencia. El maestro no utiliza su status en su vida de relación, es decir, tiende a ser asequible, sencillo, cordial, comprende y disculpa, tiende a ser amigo de sus trabajadores. El jefe, lo contrario, pues pretende su propio encumbramiento y para no perder su status, su actitud es defensiva respecto de los demás. El primero favorece la libertad y la responsabilidad personales. El segundo, en cambio, uniforma.

Atendiendo a la precedente relación, sería conveniente preguntarse qué modelo de patrono y de trabajadores suelen reclamar actualmente los sindicatos, para conocer si sus reivindicaciones son más o menos humanas y humanizantes. También para dilucidar si el modelo de ejecutivo que domina en nuestra sociedad es más o menos correcto. Asimismo sería factible estudiar desde esa perspectiva la mejor o peor organización humana de la amplia gama de instituciones intermedias que no son en sentido estricto empresas, como es el caso, por ejemplo, de una universidad, de una asociación cultural, etc. Pero todo ello, si bien muy humano y por ello muy interesante, desborda el presente marco.

  1. Pobres ricos y afortunados pobres

Según lo sentado más arriba, es pobre el que no saca partido de sus capacidades. De modo que tanto los que la sociedad llama ricos como los que denomina pobres pueden encuadrarse dentro de un estado lamentable de miseria humana, si esas personas no dan de sí lo que pueden y deben dar[34]. Si bien todos los hombres deben dar, puesto que son sociales por naturaleza[35], el dar de cada quién es distinto. Pretender a ese nivel el igualitarismo es la mayor injusticia, aquélla que exige y da por igual a personas desiguales. Los hombres son socialmente desiguales, y los trabajos en que se emplean también son distintos. La justicia no es exigir y dar a todos lo mismo, sino en hacerlo de modo que las desigualdades sean ventajosas para todos. Justicia es dar a cada uno lo suyo, pero no “lo mismo”, que es la mayor injusticia[36]. Y “lo suyo” de cada quién de ninguna manera se reduce sólo a lo económico. Si se cae en esta cortedad de miras, la riqueza y la pobreza materiales son inevitables.

Muchos son los que se preguntan, la mayoría de los cuales son los que lo padecen, por qué existe el subdesarrollo[37]. La respuesta, si somos coherentes con lo establecido, no puede ser más que ésta: se debe a una oferta débil y desordenada. La oferta mediocre es debida siempre a una falta de capacitación y desorden laboral. Junto a ello hay agravantes como, por ejemplo, la omisión de la justicia distributiva por parte de las minorías dirigentes del país (ej. países del Este de Europa, africanos, asiáticos, latinos, etc.). La raíz de este error reside en que las personas no dan de sí lo que pueden dar; no se trabaja en serio y ordenadamente. ¿Cómo salir del subdesarrollo? La salida de la penosa situación de los países subdesarrollados pasa por la educación, por la enseñanza, por el formar a la juventud en vistas a la confección del bien común, no del bien particular, y eso desde la infancia y durante muchas décadas. En consecuencia, un gobierno de un país en esa penosa situación que no invierte lo necesario en educación es un gobierno que no está a la altura de las circunstancias; es un gobierno del que se puede decir que desconoce qué sea el bien común. Ahora bien, como la cumbre de la educación es la universidad, y dado que ésta en esos países no dispone de recursos suficientes para superar el estado de mediocridad que padece, es absolutamente necesaria la ayuda de la empresa privada.

De modo similar, cabe preguntar también ¿por qué se han venido abajo los grandes imperios, los países más desarrollados en una determinada época (Egipto, Grecia, Roma, España, Francia, Inglaterra, Alemania, etc.)? Al leer con calma la historia de la humanidad uno se siente tentado a darle la razón a ese clásico adagio que reza así: “Más reinos padecieron y se perdieron por falta de hombres que de dinero”[38]. O de otra manera no menos clásica: “Ganar amigos es dar dinero a logro y sembrar en regadío. La vida se puede aventurar para conservar un amigo y la hacienda se ha de dar para no cobrar un enemigo”[39]. Primero las personas, luego la producción. Si se invierte formando hombres capaces, el país sale adelante. Las personas son superiores a las cosas. Se debe invertir en cosas para que crezcan las personas, no al revés. La inversión en armas, por ejemplo, no ha creado lazos de unión sino de enemistad, y ha constituido siempre un agujero negro para las economías nacionales.

No sacar partido de los ciudadanos de un país, sino fomentar que se conformen a una vida fácil, conlleva a la larga la ruina económica de ese país. Y eso es lo que sucede, a menor escala, con las empresas. Así, intentar asegurar con medios de consumo una vida fácil a los que vienen detrás es la ruina de la empresa y de sus sucesores. Por eso, empresas familiares creadas con ilusión y esfuerzo por los abuelos, los hijos tan sólo han logrado mantenerlas y los nietos las han arruinado. No hay que dar todo hecho, sino enseñar a hacer esforzadamente, despacio y acabando bien las cosas. Con esfuerzo, porque sin él nada vale la pena: lo que poco cuesta en poco se tiene. Despacio y acabando bien las cosas, porque como decía Don Quijote “las obras que se hacen apriesa nunca se acaban con la perfección que requieren”[40].

En la formación de las personas la clave son las virtudes. Ya se ha aludido repetidamente a una de ellas, la veracidad. Los economistas advierten que cuando no hay trasparencia en la política de un país la economía decrece. Para recuperar el crecimiento económico, además de no mentir políticamente, hay que restaurar la empresa, porque ésta es su base, y para fortalecer la empresa hay que fomentar la formación de sus componentes, porque ésta depende de aquélla. A su vez, para promover la instrucción de los trabajadores, hay que fortalecer la familia, porque ésta es base de la empresa. Es, por tanto, dudoso que en los países subdesarrollados, en los que está mal la economía, esté bien la familia. Es manifiesto que en ellos está mal la empresa y la educación en todos sus órdenes, pero ¿no será que la familia adolece del vínculo que le permite ser tal? Recuérdese que Aristóteles fundamenta la economía en la familia. ¿No será que el fundamento de la familia en tales lugares no es el amor que permite dar y aceptar, sino el sentimentalismo u otros nexos no vinculantes personal y responsablemente? Pero ¿acaso está bien la familia en los países desarrollados? Podría estar, sin duda, mejor. Pero su nivel económico es indicio de que la vida familiar, en general, parece estar mejor en éstos que en los países subdesarrollados. Cuando en la familia se acepta de veras, los hijos dan más. A mayor dar, mayor riqueza.

  1. El sentido de la propiedad

El hombre es el único animal que puede tener según el cuerpo, decíamos en el Capítulo 5. Señalábamos, además, que son exclusivos suyos otros modos de posesión: la de los actos de conocer, que poseen objetos, ideas, y las de los hábitos y virtudes. Ahora cabe añadir que, del mismo modo que hay jerarquía en la posesión de todas esas realidades inmateriales, también caben muchas maneras de posesión práctica. Los teneres corpóreos también son jerárquicos. El principio de jerarquía de la posesión corpóreo-pragmática lo mide la apertura de posibilidades y el fin de las mismas que cada adscripción permite.

Además, es manifiesto que el hombre no sólo puede sacar partido ordenado del mundo en vistas a su propio beneficio, sino que puede hacerlo en vistas al beneficio de los demás. No es que necesariamente esté obligado a ello, pero es evidente que lo puede hacer libremente. Ahora bien, lo que favorece la libertad es de mayor valía que la necesidad natural. Al hombre le va bien, le perfecciona, tener posesiones conjuntamente con los demás. El tener entre los hombres es mutuo (ej. uno no construye aviones comerciales, autopistas, restaurantes, etc., sólo para sí, sino para tener viajes, celebraciones, etc., con los demás). La vivienda, en este sentido es un modo de tenercon la familia. El idioma, un modo de tenercon propio de un pueblo, de una nación, de varias, etc. Las costumbres, un modo de tenercon una raza, sociedad, etc.

Todas las cosas que el hombre posee dicen relación unas con otras, como considerábamos más arriba. También advertíamos que ese nexo de imbricada dependencia, bien descrito como plexo[41] por Heidegger en Ser y Tiempo[42], es mucho más notorio en las cosas artificiales que en las naturales, pues fabricamos unos artefactos en vistas de otros (ej. el automóvil dice relación con la carretera, las señales de tráfico, el garaje, el taller mecánico, la bomba de gasolina, etc.). Por eso mismo, la propiedad privada no puede ser absoluta, porque si la absolutizamos, esos asuntos poseídos dejan de ser medios y se convierten en fines. Al dejar de ser medios deterioran el plexo y provocan disfunciones. Es buena la propiedad privada, y es buena la propiedad común, pero ni una ni otra son absolutas.

En efecto, si lo que uno poseyese fuese excluyente se romperían las relaciones de esas cosas poseídas con el resto de realidades con ellas interconectadas. La solución entre el dilema moderno propiedad privada versus propiedad pública no puede ser dialéctica sino armónica. Una propiedad privada que no favorezca el bien común sino que lo imposibilite (ej. el narcotráfico) no puede tener justificación ninguna. Y viceversa, una propiedad pública que ahogue la iniciativa privada (ej. la educación estatalista) tampoco tiene razón de ser. En rigor, una propiedad que vaya en detrimento de la libertad personal y de su manifestación ética es ilegítima[43].

En una sociedad en la que uno se apropie, incluso por robo, hasta de la respiración ajena, es difícil entender este punto. Pero uno debe darse cuenta de que al poseer en exclusividad de unos medios los degrada, puesto que ya no sirven para más; su utilidad queda acotada. El que sólo busca el bien privado no favorece el bien común e, ipso facto, los medios apropiados rinden menos, pues rinden sólo para uno, no para los demás que puedan usarlos de modo correcto. Las sociedades más cultas son a la vez aquéllas en las que el bien común les cubre las espaldas. Sin embargo, esta tesis sin educación es difícilmente inteligible y asimilable.

Una persona educada responde de los medios comunes de su sociedad, es responsable de ellos, y permite hacer con ellos la vida más grata a los demás. No arroja basuras en cualquier lugar, no quema los bosques, etc. En cambio, una sociedad maleducada nos sólo deteriora los bienes privados, sino también y con más énfasis los públicos. Los grupos marginados (o automarginados), que no se caracterizan precisamente por sus buenos modales, rompen escaparates, vehículos, contendores de basura, autobuses, no respetan las leyes justas[44], etc. La reciprocidad con ellos debe ser educativa. Pero ¿cómo educarles? A corto plazo: haciendo pagar de su bolsillo lo que han estropeado. A la larga, educándoles en las familias y en las escuelas desde pequeños en el bien común.

Suele decirse que el avaro no disfruta ni de sus propios bienes a causa de sus desmedidas preocupaciones con que los mira, y también es claro que no disfruta del bien común porque no es copartícipe de él. Respecto de él le invade la envidia, que en palabras de Tomás de Aquino es la tristeza respecto del bien ajeno; un vicio tan absurdo que al cuerdo D. Quijote le hizo exclamar: “¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes! Todos los vicios, Sancho traen un no sé qué de deleite consigo, pero el de la envidia no trae sino disgustos, rencores y rabias”[45]. No parece, pues, que la naturaleza humana esté hecha para poseer exclusivamente bienes económicos y para poseerlos en exclusiva.

  1. El hombre añade porque es donal

Vamos a la clave de nuestro tema, pues estamos ya en condiciones de abordar el fondo. El hombre es capaz de añadir con su trabajo, cultura, técnica y economía porque él es puro añadir; es donal. La generosidad no es una mera virtud de la voluntad que lleva al incremento de ésta facultad en orden a dar algo. Es principalmente el carácter del ser personal que uno es, que por ser puro ofrecimiento lleva a darse. Ser enteramente generoso es destinar libremente el ser que uno es al Amor. No serlo, es no querer destinarse; es guardarse, asunto que es también libre, aunque propio de una libertad raquítica, es decir, carente de entera apertura y de respuesta íntegra. Con esa actitud, como se ve, la propia libertad personal se encoge, se queda sin un para concorde con ella.

“Nadie da lo que no tiene” -suele repetirse-. Pero, en rigor, uno siempre puede dar porque es dar. Ese es nuestro ser nuclear, un dar que es personal, y que, por eso, no se agota dando, como no se agota el amor de un esposo a su esposa por mucho que dé. Por eso, ese otro modo de dar que es nuestro trabajo está en perfecto parangón con el dar personal que uno es y también con el Dar divino, pues tampoco su Dar se empobrece tanto al crear como al elevar a las criaturas. En este sentido se puede entender la cooperación humana en la creación divina.

Dar en el gombre es segundo respecto de aceptar. El aceptar garantiza que lo que se da no quede sin sentido. Como ninguna persona humana puede aceptar enteramente todas nuestras acciones laborales, sencillamente porque no las conoce todas y del todo, la totalidad de ellas cobran sentido sólo si son referidas a Dios y él las acepta. En contrapartida, aquéllas no aceptables por Dios carecen de sentido y son vanas. Más aún, esto que es verdad en las manifestaciones humanas es una gran verdad referido a la intimidad personal. Si la persona es un puro ofrecerse, sólo cobra pleno sentido como tal persona si se ofrece enteramente como tal y si existe una persona distinta de ella que pueda aceptarla enteramente como quién es. Obviamente ninguna persona humana tiene en sus manos este cometido. Sólo Dios puede aceptar de modo pleno a la persona humana.

Por tanto, la peor desgracia que le puede suceder a un hombre es que Dios no lo acepte. Dios no puede aceptar a un hombre como persona cuando éste ha abdicado de su ser personal. La negativa divina a aceptar a un hombre no parte, pues, de Dios, sino que depende de que cada hombre no se acepte a sí mismo como quién es. En efecto, si un hombre no se acepta, no se entrega, y si no se entrega, Dios no lo puede aceptar. Sólo se da como persona quien se acepta como quién es. Del mismo modo, sólo se da a alguien con sus obras si se reconoce y se acepta como dar. La segunda desgracia, que sigue a la precedente, estriba en que Dios no acepte las obras de un hombre. No las acepta porque son malas, es decir, carentes de sentido humano. No todas las obras son “iguales”; unas tienen más sentido que otras. En consecuencia, Dios acepta más unas que otras. Por eso, a Dios no se le pueden ofrecer chapuzas, sencillamente porque, por carentes de sentido, él, que es la Verdad completa, no las puede aceptar.

***

Si Dios no acepta a la persona humana como tal, ésta pierde su sentido. Perder el sentido personal acarrea la progresiva pérdida del carácter personal. Es como ir dejando paulatinamente de ser persona, que en el fondo es lo que tal hombre deseaba cuando libremente cerraba sus ojos a su intimidad y a su trascendencia, cuando uno libremente se guardaba y eludía la donación enteriza de su ser. Dios, que no se contradice jamás, y que durante toda la vida histórica del hombre siempre respetó la libertad tan pobre de esa criatura que, por miedo a su libertad, no se jugó enteramente su libertad de destino a la suprema felicidad, sino que la guardó egoístamente en un pañuelo y la enterró bajo tierra, al final de la vida humana, Dios sigue respetándola. ¿Qué significa que Dios respete post mortem esa libertad humana tan mostrenca? Que quien libremente no quiso nunca ser la persona que estaba llamada a ser y ahora tampoco lo quiere, Dios acepta que no lo sea. ¿Y que le pasa entonces a ese hombre? Que pierde progresivamente sin posibilidad de recuperarlo aquello que nunca aceptó ni buscó: su sentido personal. De modo que tal hombre tras vivir sin sentido personal durante la vida presente, se encuentra sin sentido personal definitiva y permanentemente.

Por el contrario, ser aceptada por Dios significa para la persona humana, sin dejar de ser la persona humana que se es, ser elevada como persona, es decir, divinizarse. La clave de la vida natural es el crecimiento; la de la personal, la elevación. La “economía” de la salvación estriba en la progresiva elevación de la persona humana. La elevación se ha dado a lo largo de la historia y se da a lo largo de la vida de cada persona humana. En la otra vida, la teología habla de glorificación. ¿Qué añade la glorificación a la elevación si ésta ya es una divinización? Puede significar esto: que Dios se da a la criatura personal de modo pleno tal cual ésta puede aceptar a Dios, no tal cual Dios puede ser aceptado. En suma, este Tema nos permite describir al hombre como “ser trabajador”, “ser lúdico”, “ser cultural”, “ser técnico y artístico”, “ser económico”, como “ser oferente” y, sobre todo, como “ser aceptable por los demás y por Dios”.

NOTAS DEL TEXTO

[1]     Así, el buey que ara no mejora como buey, como tampoco el mulo que carga mejora como mulo; ni el caballo de carreras es más caballo que ese otro en estado salvaje, ni la cacatúa que sabe andar en patinete ha desarrollado más que las demás lo esencial de su especie.

[2]      No es sólo un problema de vagancia, sino el que afecta, por ejemplo, a los jubilados. En efecto, si éstos han crecido según virtud durante tantos años de su vida precisamente al trabajar, al dejar de hacerlo, deben ocuparse de otras actividades para que su crecimiento virtuoso siga en aumento.

[3]     Correas, G., op. cit., 294.

[4]     Cfr. Polo, L., “Conocimiento y trabajo”, en Cuadernos Empresa y Humanismo, Pamplona, 8 (1988), 45-49; “El hombre en la empresa: trabajo y retribución”,  Cuadernos de Empresa y Humanismo, 32 (1990), 27-35; Melendo, T., La índole personal del trabajo humano, Ibidem, n. 21; Navarro, M., Trabajo, cuestión clave, Madrid, Palabra, 1990; Buttiglione, R., El hombre y el trabajo, Madrid, Encuentro, 1984.

[5]     El hombre no es origen de la Naturaleza. Por tanto, tampoco su dueño último. El hombre no es origen de su naturaleza. Por consiguiente, tampoco su dueño último. El autor de ambas es Dios, y por Él merecen respeto ambas realidades.

[6]     Polo, L., Ética socrática y moral cristiana, julio 1994, pro manuscripto, 14.

[7]     A esto obedece seguramente la distinción entre trabajo subjetivo y trabajo objetivo que establece Juan Pablo II: “el trabajo es un bien para el hombre -es un bien de su humanidad- porque mediante el trabajo el hombre no sólo trasforma la naturaleza adaptándola a sus propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en cierta medida se hace más hombre”, Laborem exercens, n. 9, 3. Por lo demás, -advierte el Papa- sin trabajo no hay familia “ya que ésta exige los medios de subsistencia que el hombre adquiere normalmente mediante el trabajo”, Ibid., n. 10. 2.

[8]     El lenguaje es “un descenso del conocimiento hacia la práctica. Y en este sentido es instrumental”, Polo, L., “Ser y comunicación”, en Filosofía de la comunicación, Pamplona, Eunsa, 1986, 70. Por eso, “tiene sentido decir que el lenguaje humano es efectivamente pragmático, o que hay que construirlo. El lenguaje es del orden de la poiesis. De manera que sin una voluntad de comunicación no hay lenguaje”, Ibid.

[9]     Correas, G., op. cit., 27.

[10]   Cfr. Rom., 2, 6; Apoc., 2, 23; Ibid., 14, 13; Ibid., 20, 12 y 13, etc.

[11]   Cfr. Polo, L., Ética. Hacia una versión moderna de temas clásicos, México, Panamericana, 199, c. V, 240-252.

[12]   Por eso, en las relaciones que se denominan de gobierno, cuando el que habla o manda no aprende de su interlocutor o de quien obedece, la política se convierte en economía, pues no se mira a la perfección intrínseca que cada uno puede lograr de su relación con los demás, esto es, el mejoramiento de los que hablan y escuchan, sino que se terminan buscando intereses extrínsecos materiales, y por ello, lucrativos.

[13]   Polo, L., Sobre la existencia cristiana, Pamplona, Eunsa, 1996, 179.

[14]   Lloyd Alexander, Taran el errante, Madrid, Alfaguara, 2003, 231.

[15]   Gracián, B., El Criticón, Madrid, Cátedra, 1980, 712.

[16]   Pérez López, J. A., Teoría de la motivación en la empresa, glosado por Polo, L., “El hombre en la empresa: Trabajo y retribución”, Cuadernos de Empresa y Humanismo, Universidad de los Andes, 1, 27-35.

[17]   Aristóteles, Ética a Nicómaco, l. X, cap. 7, 1177 b 4-5.

[18]   “La paz de Dios supera todo conocimiento”, Filipenses, cap. 4, vs. 7. 

[19]   A esa herida de la naturaleza (que no de la persona), como es sabido, la teología de la fe cristiana la llama pecado original, y como la naturaleza humana la recibimos en herencia por generación, todos la sufrimos. Tal mal es incomprensible, porque es el falseamiento de la naturaleza, aunque no entero. Como pertenece a la naturaleza humana se transmite a la naturaleza de los descendientes humanos, porque es ésta (no la persona) lo que se transmite de padres a hijos.

[20]   Cfr. Polo, L., Derecho de propiedad y la cultura humana, Urio, 1964, pro manuscripto. Choza, J., La realización del hombre en la cultura, Madrid, Rialp, 1990; Llano, A., Ciencia y cultura al servicio del hombre, Madrid, Dossat, 1982; Gómez Pérez, R., Raíces de la cultura, Madrid, Dossat, 1983; El desafío cultural, Madrid, B.A.C., 1983.

[21]   Los de ciudad suelen decir de la gente del campo que no son tan cultos como ellos, que carecen de sentimientos delicados, etc., Pero, precisamente por eso, “no se molestan ni ofenden por cosas que a nosotros nos molestan mucho, pero tengo entendido que son muy virtuosos. Hay quien se conforma con eso, y en realidad debemos alegrarnos de que no les afecten las pequeñeces que tanto nos alteran a nosotros”, Dickens, Ch., David Copperfield, Barcelona, Ed. Juventud, 1962, 190.

[22]   Casona, A., Los árboles mueren de pie, Madrid, Espasa Calpe, 1991, 159.

[23]   Cfr. Polo, L., “Dios en la historia: la Providencia”, Pamplona, 1995, pro manuscripto.

[24]   Sentencias político-filosófico-teológicas (en el legado de A. Pérez, F. de Quevedo y otros, Barcelona, Anthropos, 1999, II Parte, n. 754, 167.

[25]   Cfr. Dessauer, F.,  Discusión sobre la técnica, Madrid, Rialp, 1964.

[26]   Cfr. Höffner, J., Problemas éticos de la época industrial, Madrid, Rialp, 1962.

[27]   Tomás de Aquino, Suma, Teológica, I ps., q. 5, a. 4, ad 1. Para el de Aquino la belleza se convierte con el bien (“sunt idem in subiecto…tamen rationes differunt”, In de Div. Nom., c. 4, l. 5; “pulchrum convertitur cum bono”, Ibid., c. 4, l. 22).

[28]   Cfr. Simon, J., Discursos pronunciados en la investidura del Grado de Doctor “Honoris Causa”, Prof. Douwe D. Breimer (Farmacia), Emmo. y Revmo. Sr. Card. Joseph Ratzinger (Teología), Prof. Julián L. Simón (Economía), Universidad de Navarra, Pamplona, 31 de enero de 1998; El último recurso, versión española de Casas Torres J.M., Madrid, Dossat, 1986.

[29]   Polo, L., “Tener y dar”, en Estudios sobre la “Laborem Exercens”, Madrid, B.A.C, 1987, 206, reeditado en Sobre la existencia cristiana, Pamplona, Eunsa, 1996.

[30]   “Una empresa es la promoción de la actividad humana, en tanto que la actividad humana es productora”, Polo, L., “Hacia un mundo más humano”, en La persona humana y su crecimiento, Pamplona, Eunsa, 1996, 58.

[31]   “El mercado es lo propiamente económico, lo que estudian los economistas (precios, competencia, comercio interior y exterior, cómo se vende, cómo se compra, etc.)”, Polo, L., La empresa frente al liberalismo y al socialismo, Universidad de Piura, Perú, 1985.

[32]   Polo, L., Ibid..

[33]   “El talento y las oportunidades son los lados de la escalera que todos los hombres deben ascender, pero los peldaños sólo pueden formarse con afán, sinceridad y trabajo serio y honrado. Las reglas de oro de mi vida han sido siempre no poner nunca la mano en cosa alguna en que no pudiera poner mi ser entero, y no despreciar nunca mi trabajo, fuere el que fuere”, Dickens, Ch., David Copperfield, Barcelona, Ed. Juventud, 1962, 380-1.

[34]   Por esto señala Polo, L., que rico no se contrapone a pobre y viceversa. Cfr. “Ricos y pobres. Igualdad y desigualdad”, en La vertiente humana del trabajo en la empresa, Madrid, Rialp, 1990, 75-143.

[35]   El hombre es social por naturaleza porque es familiar. Sin sociedad no hay posibilidad de vínculo contractual. La división del trabajo es tan primaria como la sociedad misma. En efecto, esta división se da en primer lugar en la familia y luego se extiende a la sociedad. En la familia todos aportan, hay coordinación y colaboración, pero no igualitarismo, porque no todos saben cocinar salsa de champiñones, o arreglar el automóvil, o planchar las camisas, etc. El igualitarismo rompe la familia. Si es social, destruye la familia y la sociedad.

[36]   Por eso el comunismo, y no pocas veces el socialismo, hacen imposible la justicia conmutativa. Por otra parte, si bien el capitalismo puede respetar la justicia conmutativa, no garantiza con ello la justicia social, de modo que la desigualdad vigente se vuelve injusta. Dar, ofrecer, lo suyo de cada quien cuando se trata de una sociedad entera es mucho más que dar a un grupo o a particulares, por eso, la justicia distributiva es superior a la conmutativa. También por eso, el político corrupto es el más injusto de los hombres, porque la clave de su labor debe ser ofrecer a todos, no acaparar de todos.

[37]   El subdesarrollo es la desorganización en la división del trabajo. Los países en tal régimen lo sufren porque trabajan poco y desorganizadamente. Cfr. Polo, L., “Hacia un mundo más humano”, en La persona humana y su crecimiento, Pamplona, Eunsa, 1996, 55.

[38]   Sentencias político-filosófico-teológicas (en el legado de A. Pérez, F. de Quevedo y otros), Barcelona, Anthropos, 1999, II Parte, n. 621, 149.

[39]   Alemán, M., Guzmán de Alfarache, I, Madrid, Cátedra, 1979, 295. Y más adelante: “mejor es hombre necesitado de dineros que dineros necesitados de hombre”, Ibid., 330.

[40]   Cervantes, M. De., El Quijote, 2ª Parte, Madrid, Ed. Castilla, cap. IV, 505.

[41]   Plexo es  el conjunto de  bienes mediales, pragmáticos, interrelacionados entre sí.  Se puede distinguir entre una sintaxis pragmática y una semántica pragmática.  La primera es la conexión de medios entre sí. La segunda es la comprensión del plexo medial.  Cfr.  Franquet, M.J., “Sobre el hacer humano: la posibilidad factiva”, en Anuario Filosófico, XXIX, (1996) 2, 556.

[42]   Cfr. Heidegger, M., Ser y tiempo, ed. española traducida por Gaos, J., México, FCE., 1989, & 15, 82.

[43]   Cfr. Londoño, C.M., Libertad y propiedad, Madrid, Rialp, 1965.

[44]   “No es mucho que tenga mala condición quien no tiene buena ley”, Quevedo, F. De., Historia de la vida del Buscón llamado Don Pablos, ejemplo de vagabundos y espejo de tacaños, Madrid, Ed. Biblioteca Nueva, 1999, 122.

[45]   Cervantes, M. de, El Quijote, 2ª Parte, Madrid, ed. Castilla, 523.