LA FILOSOFÍA EN SU HISTORIA (J.F. SELLÉS)

4. No esferas sino elipsis

Kepler se fijó más en la observación que en la geometría. Advirtió, por ejemplo, que la mancha de color no puede verse como una figura geométrica, lo cual significa, en el fondo, que lo físico es siempre más imperfecto que lo imaginado y que lo pensado. Lo mismo predijo de las constelaciones, a saber, que su figura cambia según el punto de vista desde el que se vea. En consecuencia, ni hay figuras absolutas ni el espacio es absoluto o perfecto. Si el espacio y sus cuerpos celestes son cambiantes, lo físico es relativo, es decir, nada de lo físico es siempre igual. Lo igual o perfecto es exclusivamente imaginado o mental, no físico. Si todo cambia, tampoco hay estrellas fijas, y así se pasa de una mentalidad aristotélica de la física, en la que se admite que los movimientos de los astros son circulares, a una mentalidad más heracliteana del cosmos. A la par, se abandona la mentalidad aristotélica de que la tierra esté en el centro y, de momento, se sienta que es el sol el que ocupa el centro.

¿Qué relevancia tiene la obra de Kepler para la filosofía? Si descubrió que ni los planetas ni sus órbitas eran esferas perfectas, y hasta el momento se consideraba que el universo debía seguir el patrón de lo esférico, porque se pensaba que la esfera es la figura perfecta y que Dios, al crear, crea lo perfecto, por tanto lo circular, desde esta nueva visión el universo ya no se podía considerar como algo perfecto. Derivadamente, si el hombre vive en el universo, tampoco aquello de acuerdo con lo cual éste vive en él, a saber, el cuerpo humano, se puede considerar perfecto. Además, si Dios crea lo imperfecto, ¿no será que su voluntad está por encima de su inteligencia? Detrás de estas sentencias aflora la mentalidad de Ockham.