LA FILOSOFÍA EN SU HISTORIA (J.F. SELLÉS)

7. Ética

7.1. La virtud. Es la pieza clave de la ética socrática y platónica. En el Menón Sócrates toma como punto de partida la ‘sequía del saber’ presente en su época de crisis: “me reprocho a mí mismo no saber sobre la virtud absolutamente nada” dirá. De la ignorancia pasa a la ironía, pues para salir de esta situación, pregunta a su interlocutor si él sabe qué es la virtud. Su contertulio, Menón, da una primera definición: “la virtud del hombre consiste en ser capaz de administrar los asuntos del Estado y administrándolos hacer bien a los amigos, mal a los enemigos y cuidarse de que a él no le pase nada de eso… la virtud de la mujer… que ella administre bien la casa conservando todo cuanto contiene y siendo sumisa a su marido… la virtud del niño, … la del hombre viejo… libre… esclavo. Y hay otras muchísimas virtudes…”. En la respuesta Menón ha descubierto que existen ‘muchas virtudes’, pero Sócrates busca lo que las aúna a todas. La segunda definición de Menón dice así: “ser capaz de mandar sobre los hombres”. Sócrates añade el adverbio ‘justamente’, pues lo contrario es la tesis propia de los sofistas. La tercera definición de Menón añade: “gustar de lo bello y poder”. Sócrates añade el ‘justa y santamente’, puesto que lo contrario es vicio. Pero con ello no se sabe todavía si la justicia es parte de la virtud o toda la virtud. Más adelante, se vuelve a la pregunta central: “¿Qué es la virtud?”. Esta cuestión implica que se busca el concepto universal respecto de este tema. Se pone en práctica la mayéutica con un esclavo de Menón para determinar si la virtud se adquiere o es innata. Se relaciona la virtud con el bien, con lo útil y con la prudencia, pero no se llega a una definición de virtud, de modo que al fin del diálogo la investigación queda abierta.

7.2. La felicidad. Del discurso se desprende que la ética que propugna Platón busca la felicidad, y que ésta no consiste sólo en el placer, sino en el recto cultivo del alma racional, pues el placer está subordinado al bien, porque éste es más amplio, y por ello la razón debe ser la que dirija los placeres, porque está abierta a todo bien. Hay, además, cierta identificación de cuño socrático entre la virtud y el conocimiento (prudencia), pues se acepta en parte la identificación socrática entre sabiduría, felicidad y vida virtuosa. El hombre virtuoso busca el verdadero bien y eso es propio de sabios. ‘El mal se comete por ignorancia’. Están apuntadas las cuatro virtudes principales: prudencia, fortaleza, templanza y justicia. El saber ético se entiende como prudencia, no como ciencia; de ahí que no sea enseñable, sino más bien autoaprendido, tanto en la teoría como en la práctica, ya sea a través de la reminiscencia o a través del favor divino. Para los sofistas la virtud es enseñable como una técnica más, como lo era la retórica, que otorga un poder práctico sobre los ciudadanos con cuantiosas ganancias económicas. Platón les reprocha su falta de virtud, tanto en ellos como en sus discípulos, y se cuestiona si verdaderamente la virtud es enseñable.

Platón compara la virtud con la ciencia, y comprueba que es distinta. Por ello, aunque la ciencia es enseñable no sabemos si lo es la virtud. Con esa duda, se presenta también la posibilidad de que se adquiera por naturaleza. La negación de esta hipótesis se expone con una multitud de ejemplos de ciudadanos concretos de su época para concluir, por inducción, que no hay ni maestros ni discípulos de la virtud. Por tanto, la virtud no es sabiduría teórica, ya que no puede ser enseñada, y nadie la posee de entrada por naturaleza. Si no es ciencia, será opinión verdadera, y ésta no es ni por naturaleza ni adquirida por aprendizaje. Resta -concluye- que la obtengamos por favor divino. Platón acepta la importancia que tiene la sabiduría en el desarrollo de la virtud, así como que la ignorancia trae consigo el vicio y la infelicidad. Pero rehúye establecer una identidad entre ambas. La virtud es fruto de un saber práctico distinto del teórico; se alcanza por un favor divino en cada caso particular, sin que pueda ser enseñada por otro con universalidad y necesidad, como en la ciencia. Sigue admitiendo un resto de intelectualismo socrático, porque reconoce que el comportamiento vicioso se debe a una carencia de saber práctico, ignorancia, que nos hace creer que son bienes lo que en realidad son males.