LA FILOSOFÍA EN SU HISTORIA (J.F. SELLÉS)

5. Ética

Sócrates es el fundador de la ética. Es paradigmática para dar cuenta de eso su pregunta: “¿Qué es peor cometer la injusticia o padecerla?”. Platón, Gorgias, 474 c, que equivale a preguntar: ¿Quién sale más perjudicado, el que es víctima de la injusticia o el que la comete? Esta pregunta es profunda. Si no se acierta a responder correctamente, uno no sabe ética. Sócrates contestó que es peor cometer injustica que padecerla, porque quien la comete se vuelve injusto por dentro, no necesariamente quien la padece. El injusto adquiere un vicio que le deja huella en su interior. Además, si ha cometido injusticia, ya no se puede decir que sea justo. En cambio, en la víctima de la injusticia el acto injusto no repercute intrínsecamente en quien la padece. Otro tanto ocurre cuando alguien hace algo bueno a los demás: por mucho que favorezca al otro, el más favorecido es uno mismo.

Si el hombre no tuviese una voluntad susceptible de crecimiento irrestricto según virtud, o de decrecimiento paulatino según vicio, la precedente tesis carecería de sentido. Los animales carecen de esa capacidad de mejora; también de empeoramiento. Por eso no cometen mal alguno, porque no están abiertos al bien y al mal de modo libre. Mediante la virtud el hombre crece en humanidad, no como la ‘persona’ que es, sino como ‘hombre’, o sea, en lo ‘común humano de los hombres’ tal como eso común lo va matizando él. Con el vicio, se ‘deshumaniza’. Este descubrimiento socrático fue intuitivo, experiencial, pero lo hizo valer con sus explicaciones y su ejemplo. Será posteriormente Aristóteles quien le dé fundamentación teórica al decir que la virtud es lo que más intrínsecamente puede ser poseído.

La virtud es un asunto de autenticidad, porque es lo que permite que un hombre crezca como tal. Si se es hombre, hay que comportarse como tal. Comportarse como tal significa actuar según virtud, porque sólo con ésta se crece en humanidad. Esta lección socrática sigue siendo vigente para nuestra sociedad. Sócrates descubrió que todas las acciones humanas dan lugar a dos resultados: uno externo, el menos importante, y otro interno, el más importante, no sólo porque queda dentro, sino porque es inmaterial, siendo el externo material. La mentalidad productivista moderna ha olvidado el resultado superior de toda acción humana.

Con la virtud el hombre puede darse cuenta de que lo que vale a nivel humano depende de sí. No lo que vale a nivel ‘personal’, novedoso e irrepetible, porque la ‘persona’ es un descubrimiento netamente cristiano que no está en la filosofía griega clásica. Pero sí lo que vale ‘humanamente’. No son equivalentes ‘persona’ y ‘hombre’, porque la primera designa el cada quien irrepetible (el acto de ser personal creado por Dios), mientras que la segunda designa lo común de lo humano tal como está modelado –premiado o castigado– en y por cada uno (la esencia del hombre).

Si Sócrates destacó sobre todo en ética, y ésta es una disciplina práctica, y por tanto, no es de las superiores de la filosofía, ¿por qué se le considera uno de los grandes pensadores? Porque no cabe verdadera ética sin un saber superior acerca del hombre, ya que la ética es segunda respecto de la antropología. A la par, no cabe una buena antropología sin que ésta esté intrínsecamente abierta a la divinidad. Si la ética socrática es válida, es porque se fundamenta en una solvente antropología, y ésta, a su vez, en una coherente teología. La vida de Sócrates ratifica esto. En efecto, jugarse la vida por la verdad implica saber que la verdad es superior a la propia vida, pues es su norte hacia donde debe crecer internamente con la virtud. Pero nadie se juega la vida por la verdad si no se siente urgido por ella. La verdad que compromete al hombre por entero, le interpela y le dota de sentido; no es una verdad cualquiera, sino la que está por encima de la propia verdad. Por tanto, no es difícil ver a Dios tras esa exigencia. “Agradezco vuestras palabras y os estimo, atenienses, pero obedeceré a Dios antes que a vosotros y, mientras tenga aliento y pueda, no cesaré de filosofar”. Platón, Apología de Sócrates, 29 d ss.